LEIF ERIKSON NO TIENE PRISA
Buenas noches nocturnas… A propósito de todo aquello que se puede utilizar a fin de llegar a un acuerdo, toda vez que hablamos de fantasmas, cabe exponer estas particularidades: tradicionalmente, se trata de un ser incorpóreo, manifestación del alma de un difunto, que entra en contacto con los vivos. En la literatura, cuando se propone como figura espectral que representa traumas, memorias, culpa o deseo, no tiene por qué tener un origen que remita al óbito de una persona. Psicológicamente, dado que exista un detonante —el duelo, la sugestión o, de nuevo, un trauma— se habla de proyección. Y si transitamos por los aledaños del esoterismo o nos adentramos en ese territorio, estaremos a la vista de conceptos relacionados con el remanente de alguna energía poderosa, con seres interdimensionales o espíritus atrapados entre distintos planos de la existencia.
Acerca de estos últimos conviene hacer una división: fantasmas inteligentes y fantasmas repetitivos: como si fueran un eco. Dicho lo anterior, si el lector acepta —como cuando abrimos una ventana para examinar un repositorio en internet y, antes de acceder a lo que fuere, se nos solicita que permitamos cierto pago (nunca nada es gratis)— prosigue la lectura, ya en régimen de pensión completa. Es decir, no me reservaré nada. Por eso voy a compartir con usted, con ustedes, algunos acontecimientos inesperados…
Leif Erikson —nada que ver con el actor y cantante estadounidense— fue un explorador nórdico, al que los historiadores consideran como uno de los primeros europeos que llegó a América del Norte. Recibió el apodo de “El Afortunado”, mas esto solo sucedió en vida. Digo que, durante el tiempo en el que formó parte de la humanidad —970 d.C.–1020 d.C.— tal vez tuvo suerte. No puedo asegurar lo contrario, pero, al acabar su existencia, la verdad es que mucho tiempo después, en términos que no significan nada para esos otros seres, la cosa cambió.
Se sabe que muchos lo han visto en distintas circunstancias. Lo han percibido como interlocutor que, a pesar de los sustos que provoca, se atiene a un empeño “evangelizador”. Si usted es de los que piensa que los antiguos vikingos usaban cascos con cuernos, si defiende usted esa idea como quien pone la mano en el fuego por la verdad que supone haber estado próximo a la rotura craneal a causa de sufrir un topetazo contra una columna sita en los soportales de la iglesia parroquial, en la que jugaba mientras sus padres de usted departían con el cura, en cualquier momento puede recibir la visita de nuestro Leif. Aunque, debí escribir, “podría”. No es tan seguro que eso ocurra porque, de acuerdo con lo que he podido averiguar, va a resultar que sí, que los vikingos, algunos vikingos, llevaban cuernos en los cascos.
El mismo Erikson, durante una de sus apariciones rutinarias, accidentalmente, se enteró de la “nueva nueva”. Los fantasmas tienen una ruta que cubrir y actúan casi automáticamente. Es decir, van al grano. Proponen con resolución que se haga lo que se ha de hacer y amenazan, en caso de manifiesto desacuerdo con eso que traen a la casa ajena. En tales casos, obran prodigios por exceso o por defecto en lo tocante a las temperaturas; envían animales en verdad fastidiosos, como los cuervos; imponen el horror mediante el crecimiento desmesurado de los cabellos o su inexplicable ausencia, y obligan al afectado a temer el uso de armas blancas surgidas de no se sabe dónde contra su persona.
No se llegó a tanto en el domicilio de Juan y Paola, quienes, además, tenían expuestos en las paredes de su hogar cascos de vikingo con cuernos. El ex explorador despertó a la pareja, recitó su mensaje y entabló un largo diálogo con los dos, porque los propietarios discutían el parecer del fantasma y este, por uno de esos azares, no tenía prisa. Luego, aunque no se han dado detalles de cómo sucedió exactamente, dado que la radio estaba conectada, vivos y espectro escucharon de la voz de uno de esos famosos locutores nocturnos que no había para tanto: algunos grupos de vikingos, tal como acababa de probarse en una excavación arqueológica danesa, llevaban cuernos en las cabezas. Bueno, en los cascos con los que se protegían…
Ahora, el fantasma de Leif Erikson vaga entre el desconcierto. Todo lo que había abrazado como verdad radicada en la experiencia quedaba en entredicho y, por otra parte, nadie, de entre las autoridades de las existencias alternativas, lo había convocado para conocer las explicaciones pertinentes o ser designado para otra misión. Es duro ser fantasma. Muy duro. Merecerían mejor sueldo. Eso creo. Y si usted también lo cree, quizá ya haya satisfecho los honorarios a los que aludí prestándome atención.
Me destoso.
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona ChatGPT y fue editada posteriormente.




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