MORRONGOS GALLEGOS Si no fuera porque las fábulas tienden a explicarlo todo una vez se ha conocido la historia que se quiso contar, me gustarían. No obstante, como tengo un superpoder —me libro de las moralejas como otros se libran del flequillo largo—, acudo a ellas según mis necesidades y estimo lo que tenga que ser al presentarlas ante otros o al admitirlas entre lo que me concierna. De esta manera, a nadie extrañará que aluda a uno de esos relatos, porque, aunque conocido, sirve a mis propósitos. Se trata de un cuento zen, de acuerdo con la opinión de algunos, en el que un samurái tiene problemas con un ratón: un compañero de estancia indeseado. Le aconsejaron tomar un gato y lo hizo. Magnífico, saludable, brioso. También algo presumido. Muy de posados y posturitas. Y el ratón recibió al nuevo con cierta tendencia a la burla: ya que se iba a divertir, que no se ahorrara en aplausos. En vista de esto, el samurái buscó un nuevo gato… este sí era un ejemplar astuto como pocos y ...