UNO A DOS El caso es que aprendió a cantar la canción de chiquilla. Y, en esos momentos, después de dar a luz, mientras tenía a su hija entre los brazos, cantaba sin parar: «Quisiera ser tan alta como la luna, ¡ay!, ¡ay!, como la luna, como la luna...» Sin embargo, nada de lo que sucedía se debió al azar. Su hija tenía la vocación de mirar a los rascacielos desde las nubes. Tal vez porque ella, la madre, era muy pequeña y porque la niña, un verdadero gigante en ciernes que hasta hacía muy poco se ocultaba en su vientre, revelaba ya sus intenciones: había nacido con una proporción de uno a dos. La madre lo comprendió desde el primer momento y no quiso que su hija se convirtiera en un monstruo de feria. Vendrían las preguntas, la extrañeza, los comentarios, las comparaciones, la codicia. Una vez, en una feria, vio a una mujer de trescientos kilos rodeada de curiosidad y espanto. No quería eso para su hija. Sabía que lo excepcional atrae primero la mirada, luego el temor y finalment...