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  CONFIAR EN QUE LOS OTROS SEAN COMO NOS INTERESA  Buenas noches nocturnas… Un bloguero se entretuvo en localizar ciento veinte términos procedentes del español relacionados con el carisma. Todos positivos. Sin una fisura, sin una debilidad. Por supuesto, son opiniones personales, las vertidas por el usuario al que aludo. Incluso, porque no me entretuve en leerlas todas, podría ser que muchas de ellas concurrieran a la vez, con razón, entre los detalles de carácter de una persona con carisma. Si es así, desde mi punto de vista, estamos hablando de una máquina. Tal vez de un dios. Si algo nos pertenece como seres humanos es la falibilidad, el error. De hecho, si se contabilizan, los fallos deben ser mucho más numerosos que los aciertos. Por eso me fascina que el planeta, nuestras sociedades, sigan en marcha. Ahora bien, el carisma supone admitir algo difuso, intangible. Ocurre con el amor y sus reversos, con la alegría e incluso con la libertad una vez esta se obtiene. Más allá...
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  AVISO DE IMPERFECCIÓN ANTICIPADA Buenas noches nocturnas… Desde que la llamada inteligencia artificial —«refrito», según el parecer de la escritora, filóloga y académica de la RAE Clara Sánchez— llegó a los dispositivos tecnológicos que manejamos a diario, todo el mundo —digo, las personas que pertenecen al grupo de los *sapiens* que habitamos el planeta— aspira a la imperfección. La autora, según se recoge en un artículo publicado por la revista de libros *Zenda*, a partir de una información facilitada por Magdalena Tsanis para la agencia EFE, asegura que: «Yo vengo de un mundo con una idea muy romántica de la literatura. No quiero escribir novelas perfectas con una máquina, quiero escribir novelas imperfectas que salgan de mi corazón». Me parece que la frase tiene una inclinación poética revenida en cuanto a la forma y chocante en cuanto al fondo. Porque «novelas imperfectas que salgan de mi corazón» es un enunciado que, si es cierto, conduce a tantos lugares como para no lleva...
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  UN DIOS EN LAS LETRINAS Buenas noches nocturnas… En un episodio —del cual no recuerdo el título— perteneciente a la serie *Star Trek: La Nueva Generación*, tres de los tripulantes de la nave *Enterprise* quedan atrapados en una estructura que recrea el contenido de una novela manifiestamente mejorable. De esta novela, el capitán Picard lee la frase de inicio —«Era una oscura y tormentosa noche»— y se lamenta por la escasa calidad. La frase aparece, por primera vez, en 1809, «entre las páginas de la novela *Una historia de Nueva York* de Washington Irving, el escritor estadounidense que alumbraría los famosos cuentos “La leyenda de Sleepy Hollow” y “Rip Van Winkle”. Pero en aquel momento nadie reparó en dicha frase ni intuyó su potencial como delatora de plumas cargadas de clichés. Veintiún años más tarde, el primer capítulo de la novela *Paul Clifford* se abría con otro anochecer pasado por aguas, pero mucho más amigo del drama y la teatralidad: 'Era una noche oscura y tormentosa...
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  ANTE TODO, CAUTELA Lo admito: cultivo la desconfianza. Leo que existe un “truco” para lograr que una fruta dulce como la sandía resulte incontrovertiblemente dulce. Y, sin llegar a discutir lo que fuere —porque ni he realizado experimento alguno ni lo haré—, dudo mucho que tal información no sea otra cosa que una maniobra encubierta de comercialidad. Es decir, congraciarse con el consumidor proponiendo una ventaja que haga irresistible, por la consecución de un secreto, la tenencia de un bien —en este caso, alimenticio— del que, por todo lo anterior, se disfrutará seguro. La difusión de truquitos, de atajos, de “vente, que nos colamos por la puerta de atrás”, al margen de todos los que se autoproclaman Robin de los Bosques, concluye en una tienda: física o virtual. Y, si es de las segundas, con el riesgo de todo tipo de abusos. Que no diré que aquellos a quienes se dirigen estas invitaciones pasemos por la vida en medio de las fragancias de lo angelical, porque los tramposos obje...
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  UNIDAD DE MEDIDA DE LA ESTUPIDEZ TODAVÍA SIN ACUÑAR  Buenas noches nocturnas… Esas cosas acerca de las que uno evita hacerse preguntas simplemente porque las desconoce. Por ejemplo, si algo ante mí obrara hasta producirme perplejidad y estuviera en compañía de otros, tal vez sintiera la necesidad de que se me administrase un pellizco: para despertar, no por otra cosa. Cuando se duerme y se experimentan acontecimientos turbadores, no viene mal la interrupción de ese tormento, sea por decisión ajena o por virtudes del azar. Por lo tanto, convencido de estar cautivo de un sueño malo, o demasiado bueno, ese aguijón de insecto, practicado mediante la presa de una pequeña porción de piel de tal forma que produzca daño, lo demando y, si despierto y la suerte me favorece, digo albricias; y si todo continúa en mi contra, ¡pies pa’ qué os quiero! Pues bien, pellizcar es tanto como pizcar, verbo del que no sabía nada: «Tomar una porción mínima de algo». Viene *pizca*, de *pizcar*, y tu...
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  UNO A DOS El caso es que aprendió a cantar la canción de chiquilla. Y, en esos momentos, después de dar a luz, mientras tenía a su hija entre los brazos, cantaba sin parar: «Quisiera ser tan alta como la luna, ¡ay!, ¡ay!, como la luna, como la luna...» Sin embargo, nada de lo que sucedía se debió al azar. Su hija tenía la vocación de mirar a los rascacielos desde las nubes. Tal vez porque ella, la madre, era muy pequeña y porque la niña, un verdadero gigante en ciernes que hasta hacía muy poco se ocultaba en su vientre, revelaba ya sus intenciones: había nacido con una proporción de uno a dos. La madre lo comprendió desde el primer momento y no quiso que su hija se convirtiera en un monstruo de feria. Vendrían las preguntas, la extrañeza, los comentarios, las comparaciones, la codicia. Una vez, en una feria, vio a una mujer de trescientos kilos rodeada de curiosidad y espanto. No quería eso para su hija. Sabía que lo excepcional atrae primero la mirada, luego el temor y finalment...