LAUREL AMARGO Buenas noches nocturnas… Ni siquiera puedo describir su aspecto, y eso que debían de estar en las proximidades. Los nombres, porque se llamaban a voces, me parecieron árabes. Pero, claro, qué sé yo. Como si dominara las lenguas de otros, yo, que apenas conozco este idioma. En fin. Eran niños, jugaban, por lo que escuché —ya que ese parlamento lo reconocí—, a las escondidas, y exageraban mucho, llamándose antes de aparecer, fingiendo sorpresa. Deambulaba, de regreso a mi puerto de partida, por las cercanías de un parque, y me dio por imaginar. No a estos chavalines de domingo, sino a otros, muy aficionados a los juegos y especialistas, sin duda, en lo concerniente a esa actividad: ocultarse cual, a veces, solo se consigue revistiéndose de negro en la noche. La verdad es que, de haberse considerado oficio, habrían recibido el trato de maestros. Pugnaban por esconderse y les llevaba horas encontrarse los unos a los otros. Eran tres. Tres inseparables y, sin embargo, a ...