ATARFE
Declaro solemnemente que, al comienzo de este comunicado, desconozco cuál es el significado de la palabra «atarfe». Lo expongo ahora porque, a continuación, haré lo siguiente: proponerle un significado, explicar por qué hago esto y, después, verificar qué se ha de entender al emplearse el término elegido.
Ustedes pueden pensar, con no impertinente criterio, que haré trampa; que me he puesto a escribir sin consecuencia alguna con lo que digo, con el propósito de producir un artículo epatante. Y debo admitir que, a menudo, soy ese tipo de impostor. Transito entre lo que conocemos como realidad y la ficción según me place, a la espera de sus demandas. Porque, ahí sí, en el caso de saber que se me pregunta por la veracidad de las cosas que comparto en esta cita diaria, no dudaré en establecer los límites adecuados y las distinciones que procedan.
No obstante, basta de divagaciones: al grano. «Atarfe» es una voz rural que se utiliza en distintos lugares de Castilla para designar el instrumento de labranza mediante el cual se amarran dos bestias de tiro para el arado. Quien dispone de un buen atarfe sabe que logrará un surco seguro, porque la fuerza de los animales utilizados para la labor se obtiene de manera unitaria. Así, no se producen desvíos a causa de que una de las dos bestias contribuya menos en la función de arrastre. Tener un «atarfe» consiste en disponer de una barra de madera, generalmente de nogal, provista de correajes para uncir a los bueyes con el propósito de que los animales permanezcan obligatoriamente a la par.
Bien. Ahora que conocen mis sospechas, y siguiendo el orden anunciado, planteo una pregunta retórica: ¿saben ustedes lo que se conoce como efecto bouba-kiki? Pues, como estaba implícito al formular la pregunta, la explicación es esta: se trata de una tesis según la cual las palabras de las que nos servimos y las figuras que evocan en nuestras mentes podrían tener una relación con el alfabeto que empleamos. Es posible que la referencia principal esté en los sonidos. ¿Podría ser que la palabra «melocotón» supusiera lo mismo en español, en húngaro, en japonés y en yoruba? ¿Pudiera ser que remitiera a idénticas formas?
Es una posibilidad científica que estudió el psicólogo alemán Wolfgang Köhler. En el año 1929, durante una estancia en Tenerife, realizó un sencillo experimento:
«Köhler reunió a un número de participantes y les pidió que asociaran dos palabras sin ningún tipo de significado en español, “takete” y “baluba”, a dos figuras distintas, una puntiaguda y otra más redondeada. Invariablemente, todos los implicados asociaron “takete” con la puntiaguda y “baluba” con la redondeada».
Y más. Estas palabras que acaban de leer, entrecomilladas, pertenecen a un artículo publicado en Xataka por su subdirector en 2021, Andrés P. Mohorte. Decir esto es poner en antecedentes a la parroquia que son ustedes e introducir lo que sigue, también parte del artículo que se acaba de mencionar:
«El ejercicio de Köhler era interesante porque ni “takete” ni “baluba” tenían significado alguno en español. La asociación de imágenes se producía así, o bien por la fonética o bien por las peculiaridades de nuestro alfabeto latino (“k” tiene una forma más puntiaguda que “b”). Desde entonces, múltiples investigadores han tratado de comprobar si el efecto, uno de los más llamativos de la lingüística, se daba también en otros idiomas y alfabetos. La respuesta es sí, aunque durante muchos años no existiera demasiado consenso sobre sus causas».
En el año 2021 se repitió este experimento «entre estudiantes estadounidenses y hablantes de tamil, una de las mayores comunidades lingüísticas de la India. El 95 % de los primeros y el 98 % de los segundos asociaron “bouba” y “kiki” a las formas redondeadas y puntiagudas, respectivamente».
Aquí la diferencia de lenguas era notable y, por lo tanto, los resultados ayudaron a afianzar lo presumido al inicio de estos estudios. Me enteré del valor de esta materia al escuchar el espacio dedicado a la ciencia en *La Brújula*, de Onda Cero, con Rafa Latorre y Alberto Aparici. Quise entonces jugar a un juego literario como el expuesto al comenzar este comunicado: tomar una palabra y que su sonoridad me propusiera un horizonte al alcance.
Ahora es el momento de que yo sepa, porque ustedes seguro que lo conocen, lo que significa «atarfe». En el diccionario, remite a «taray». Y «taray» es un «arbusto de la familia de las tamaricáceas, común en las orillas de los ríos, que crece hasta tres metros de altura, con ramas mimbreñas de corteza rojiza, hojas glaucas, menudas, abrazadoras en la base, elípticas y con punta aguda, flores pequeñas, globosas, en espigas laterales, con cáliz encarnado y pétalos blancos, y fruto seco, capsular, de tres divisiones, y semillas negras».
Pero Atarfe, que se escribe con mayúscula cuando se utiliza como nombre propio, es una localidad «situada en la parte centro-norte de la comarca de la Vega de Granada, en la provincia de Granada, comunidad autónoma de Andalucía».
¿Qué ha sucedido? Pues que mis percepciones sonoras, si pretendo barrer para mi casa, en cierto modo me proporcionan unos resultados satisfactorios. No supe dar con la definición correcta, pero las plantas dichas crecen en el campo y la localidad granadina es un enclave rural. Me apunto un triunfo, como en la "brisca" o en el "tute". Y, puesto que soy el único juez… salud.
Me destoso.
https://dle.rae.es/taray#F5P2dCv
https://es.wikipedia.org/wiki/Atarfe
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona ChatGPT.




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