CAUTELOSO PARA CONFIABLE
Buenas noches nocturnas… Tuve que replantearme varias cosas, ponerme ante el espejo, como aconseja el psiquiatra Jesús de la Gándara, e interpelarme: una manera gráfica de fomentar la conversación con ese tipo que reside dentro de mí. Porque me pareció que, entre mis contradicciones, sobresalía una que me estaba poniendo más incómodo de lo habitual.
E intentaré exponerlo de manera sencilla y rápida: dudé de la confianza, y no precisamente por su ausencia. Temí que los valores asociados a las formas en que concedemos crédito a las personas, a las comunidades, a los sistemas y a los artefactos, tal como los entendí durante años, estuvieran equivocados. No solo por el error —asunto humano cuyo valor se ha de establecer en las oportunidades de mejora que propicia—, sino por la desorientación que acontece cuando un segmento trascendental de lo que forma parte de la propia configuración se torna materia en entredicho, gravemente dañada o a punto de expirar.
Durante la escucha del episodio 155 del pódcast «Pausa» («Si no te fías de nadie, tenemos un problema»), Marta García Ayer conversó con el filósofo David Pastor Vico, autor de «Filosofía para desconfiados», y, en tanto en cuanto resultó ser una charla en la que predominaba la idea de confiar para ser mejores, sin poder negar la mayor —admito que, científica e históricamente, se puede decir que la confianza entre seres humanos ha reportado prosperidad—, experimenté justo lo contrario de lo que se me proponía.
Debo decir que prefiero administrar la confianza, ser extremadamente crítico con el prójimo y, sin ser suspicaz a ultranza, e intervenir en la vida dando mejor un paso atrás antes de dirigirme hacia el horizonte.
Entonces, ¿qué me estaba pasando? Pues esta mañana he conseguido ofrecerme una respuesta convincente. Lo que ocurre conmigo es que siento recelos obvios ante el entusiasmo ajeno. Es decir, soy refractario a la comunicación de los arrebatos por algo que se piensa, se hace o se tiene. De inmediato calculo la presencia de los intereses que puedan existir tras esas emanaciones y me pongo en guardia. Me inclino a pensar en el proselitismo, en la publicidad o en la propaganda. Incluso en aspectos poco edificantes de los valores identitarios.
Es, por tanto, esta advertencia de peligro lo que me distancia de, en este caso, los más amables supuestos de colaboración, sobre todo si quienes me sugieren un cambio de actitud hablan desde la presunción de lo inmaculado. Si se me muestran ejemplos de perfección, solo de maravilla, algo no va bien. Todas las cosas tienen sus inconvenientes, incluso las mejores. De esto deduzco que la verdad acerca de lo que sea ha de incluir la cara menos gustosa, la que da problemas o puede originarlos.
Soy una persona que necesita del control para no caer en el miedo, en las angustias —de esto hablaba también de la Gándara en el pódcast del que tomé la referencia dispuesta al inicio de este comunicado, distinto al del filósofo y la periodista—, y la experiencia me dice que la selva es magnífica siempre y cuando se tenga en cuenta que en esos territorios naturales residen ejemplares de la fauna que se alimentan de lo que puedan cazar, o que el campo es canela en rama, a pesar de los mosquitos y otros seres que se dedican a lo suyo. Con ese mapa completo, uno puede orientarse y entender lo que tiene delante.
Así que mi problema no era con la confianza, sino con la transmisión de valores, con la consideración de la excelencia, dando por sentado que, como también pasa por el excusado, no hace falta hablar de deposiciones. Toda vez que, antes, durante o después de una fiesta, alguien, hospitalario y emocionado, habla de ese lugar y de lo que allí se hace sin una razón que lo respalde —porque no se tienen palabras—, sé que hay cosas de todo ese sistema que no figuran bajo el foco. Y, como tal cosa es muy común —ya lo dije antes—, me distancio, reduzco mi empatía y reclamo toda serie de pruebas.
No me hace invulnerable ni me evita caer en contradicciones, claro, pero, si un día me atraganto con una espina, no será porque no me haya abstenido de comer ciertos pescados o por no haber exigido que los que se me sirvieran estuvieran limpios, cual si la pieza a degustar nunca las hubiera tenido.
Pues ya está. Ya lo dije.
Me destoso.
https://www.youtube.com/watch?v=JXUqlURz44E
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona GEMINI.




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