APRENDER
Buenas noches nocturnas... Todo comenzó con una lectura. «Gastar bien», un artículo publicado en El Cultural, revista ahora vinculada con El Español, que lleva la firma del filósofo, escritor, dramaturgo, conferenciante y director de la Fundación March, Javier Gomá. En la citada pieza, Gomá explica una idea del dinero, consistente en la virtud de llegar a disponer de esa riqueza y, sin embargo, la paradoja, evidente a su parecer, de desprendernos de ella en condiciones propias de gente sin mucho tino. Asegura, por tanto, que gastamos mal. O que se debe aspirar a gastarlo mejor. Si, en las adecuadas condiciones, ninguna a la par de la deshonestidad o el crimen, conseguir dinero es visto como ejemplo de esfuerzo y capacidad de gestión- póngase, claro, también, el talento- si esos capitales nos importan tanto, desprendernos de ellos debiera ser algo realizado con maestría, con idéntico afán. Deduzco de todo esto, o, más bien, examino la razón y recalo en otras proximidades, y digo que hay personas, siempre, en posesión de informaciones, de conocimiento relevante, más enriquecidas que la media. Por poco que sea. Y lo interesante, para cada uno de los aún a la zaga, es obtener las destrezas necesarias para localizar su paradero y, si no directamente, al compartir sus obras, averiguar aquello todavía ignoto, inasible para quienes no demostramos recelo a la hora de alcanzar nuevos y más apropiados estándares. Por ejemplo. Gastamos en alimentación. Y gastamos en gastronomía. Son cosas distintas. En el primer caso, el placer resulta secundario. En el segundo, podemos hablar incluso de arte. Pues bien. No basta con sentarse a una mesa y solicitar los manjares de la vida. Hay que actuar en ese caso, como se ha establecido que merece la pena, cuando uno se enfrenta a tales presupuestos. Estaremos gastando mejor nuestro dinero, con más provecho, si aunamos calidad y formas. Calidad del producto, calidad de las personas y gusto por la delectación consciente: disponer de lo más preciado y recibirlo de una manera exquisita. Ahora bien. Esto también es un negocio. Guillermo Alonso, en El País, escribe acerca de la proliferación de usuarios con cuenta en Instagram dedicados a difundir como se deben hacer las cosas, en tanto ha llegado el momento de dar lo mejor de uno. Dar lo mejor de uno, cuando se está en el umbral que, una vez superado, permite acceder a esa clase de suculencias tan gratificantes. Por lo visto, hay varias personas dedicadas a esta labor. Seguramente, ganando algún dinero. Si son ciertas algunas de las cifras que he leído, desde luego. Pero, sabrán estas personas cómo gastar esos ingresos obtenidos gracias a su trabajo, ¿lo sabrán? Algunos desde luego que sí. Otros, oiga, expertos en todas las materias, no existen, y como no existen, cabe pensar en la necesidad que puedan tener de encontrarse con aquellos, tal vez en mantillas respecto de las costumbres de gala durante un banquete y sobradamente avezados en lo que a gasto inteligente pueda concernir. Si unos y otros se arrimaran, me apuntaría, como observador, a una de esas mesas. Tal vez aprendiera algo. Porque esta es la cuestión, aprender algo más. Y hay mucho, mucho que aprender. Esta es la cosa. Aprender y no dejar de ejercitarse en lo aprendido. Una vez aprendí la palabra y la dejo justo antes del punto y final. Por eso, me destoso.







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