IRSE CON GLORIA
Buenas noches nocturnas... Es imposible recordar las palabras exactas. Es imposible para mí. Sin embargo, recuerdo que, durante uno de los diálogos de la película «El Señor de los Anillos: las dos torres», el rey Théoden de Rojan, interpretado en el cine por el actor Bernard Hill, muerto en mayo de este año, afirma que dará a los suyos el final más épico que pueda recordarse. Es decir: si estamos perdidos, que se sepa lo que llegamos a hacer antes de abandonar este mundo. Es una posibilidad. Irse con gloria. Pero allí estaba. Una persona, una mujer, firme, en pie, sobre un terreno rocoso, en apariencia hostil, puede que volcánico, sosteniendo con ambas manos, sobre su cabeza, un paño magnífico, movido por el viento, lo que da idea de pujanza de los elementos y dominio de parte de quien se expone a sus embates. La imagen de una promesa efímera, mas, indiscutible. Grandeza, sin duda. Claro. Y, aún otra: pues el terreno invita a pensar en un conflicto todavía por resolver, nadie sabe si en sus primeras instancias o si a punto de llegar a las últimas, se escenifica, de este modo, la capacidad de un individuo o de todo un grupo para enfrentar la adversidad y, de ocurrir lo menos deseado, resurgir y triunfar. Mucho símbolo. Mucha trascendencia. Y escaso presupuesto. Así que, cuando la avisaron de que habría un descanso, porque se iba a modificar el emplazamiento, a causa de un asunto de luces y salpicaduras de agua, como estaba realmente cansada, cansada del rodaje, de la noche sin sueño, del disgusto y la frustración, pues, su «casi» tuvo a bien demostrar las dotes como actor dramático, deudoras del arrebato trágico de los que no saben contenerse, dotes necesarias para hacer una salida ruidosa y demasiado afectada, exigió un baño en una piscina de gelatina. En casos así, ninguna otra cosa la satisfacía. Un largo y relajante baño en una piscina llena de suavísima gelatina. Los directores de cine y los de teatro con los que trabajó durante sus años de meritoria y ya después, grandes hombres y mujeres, una vez consagrada, entendieron perfectamente esa necesidad suya. Y no encontraba razones para que estos avezados maestros de la publicidad, un poco pesados, todo hay que decirlo, no fueran a comprender, del mismo modo, que una chica necesita algunas cosas. En concreto, un baño en una piscina de gelatina. Nada más y nada menos. No encontraba razones, pero ellos se encargaron de hacerla ver que estaba en un error. Que si la gelatina es pegajosa, que cuesta deshacerse de ella un tiempo del que no se disponía, que encontrar la textura idónea a la temperatura más razonable requería de un equipo de modelado y transformación costoso y fuera del alcance de los servicios de logística, que, como ya había comprobado, además a esas horas de la tarde, solían abundar los insectos y en combinación con su capricho la fiesta podía acabar muy, muy mal, y, lo más importante: estaba despedida. Por suerte, con lo filmado hasta ese momento, se entrenaría a un ingenio digital, una inteligencia generativa, capaz de hacer lo mismo y con una presencia mejor. Al fin, la letra pequeña de su contrato, no impedía que hicieran lo que habían hecho. Eso sí, en el finiquito, como gesto de buena voluntad, se incluiría un pase por 10 baños de gelatina en el centro de ocio o belleza de su gusto. La vida moderna. El mejor final o el menos malo. Me destoso.
La imagen pertenece a Dmitriy Ryabov y aparece en:







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