DE LA TRENZA
Buenas noches nocturnas... En la radio, un hombre habla de vinos y cuenta una historia. Se parece mucho a otro relato que contó. Entonces, era acerca del encuentro, también, con una mujer que conoció en el pasado. Una mujer con la que compartió muchas cosas y con la que había perdido contacto por una serie de circunstancias originadas en la pereza, tal vez, tal vez en un olvido: producto de las ocupaciones personales y de los intereses divergentes. Tal vez. Sin embargo, había vuelto. Por correo electrónico recibió, de su parte, un mensaje invitándole a acudir a una galería de arte en la que iban a exponer copistas de grandes obras. A algunos ya los conocía, los habrán visto, por ejemplo, en el Museo del Prado. Ocurrió que, al igual que prende la llama, si lo que se quiere es fuego, hay que alimentar la hoguera. Antes de tomar la decisión, todo estaba ya resuelto: ¿cómo prescindir de una cita con la mujer de la trenza mejor disfrutada del mundo? Tenía que reconocer que todo lo demás, su aspecto, sus intereses, sus actividades profesionales, su condición social- o sea: su estado- difícilmente podrían coincidir con los rasgos y detalles que estaban alojados en su mente. Pero ese testigo de cabello abrazado mediante hebras retorcidas merecía la pena. Una vez en el lugar, a la hora exacta, entró en solitario y dedicó parte de su tiempo a examinar a la concurrencia. Muchas facciones afines. Personas del mundillo, que se dice, pero nadie, nadie, ante quien pudiera haber dado cuartel a la sospecha. Fue cuando estimó que lo mejor era preguntar. Ella era su referencia, su antecedente. Así que buscó entre la concurrencia a quien pudiera estar al tanto de lo necesario para sacar adelante un evento de esta envergadura, y preguntó. El hombre en cuestión, muy simpático, se ofreció a encontrar a esa dama. Y lo perdió de vista por un buen rato. Enseguida, mientras esperaba, conversó con algunos de los artistas, de sus admiradores y de los que, por unas razones o por otras, estaban allí para lograr que el dinero se moviera, a su favor. Ante una fascinante reproducción de "Impresión, sol naciente", de Claude Monet estuvo departiendo con una feriante de artesanía habitual de los mercadillos medievales acerca de esos parajes desaparecidos a los que se puede retornar mediante la ventana que supone estar ante un cuadro. Decía que es posible asomarse, incluso recrear con la mente sonidos y aromas. Desaparecidos, añadió, porque, aunque se nos pudiera conducir al mismo lugar utilizado como modelo y comprobar que existían las mismas cosas que entonces, como todo cambia, nada es como fue. Se tratará de sutilezas, admitía, pero es inevitable. Nada, nada, se puede vivir dos veces. Aspiramos a repetir, a tomar ese manjar que un día degustamos y nos pasamos la vida buscándolo sin éxito. Está bien, claro. Nos fortalece ese dinamismo, nos propone una actividad gracias a la que vamos descubriendo otras cosas a buen seguro alejadas del horizonte percibido. Al poco regresó el «explorador» encargado de avizorar si entre aquellos que compartían impresiones estaba la dama misteriosa. Regresó con malas noticias. Bueno, en realidad, sin noticias. Contando con ese rasgo físico como único detalle desde el que comparar identidades, se podía hacer lo que se hizo: preguntar vanamente. ¿Esperanzas? Aún, una última chispa: una mujer, de una estatura parecida, de una complexión similar, con trenza... y nada más. Otra ausencia. Otra, ¿seguro? No había reparado en «Femme avec tresse», la reproducción del cuadro de Pablo Picasso situada por los galeristas para formar parte de la colección presentada durante la convocatoria a la que asistía, en cuyas inmediaciones apuraba su desconcierto. Sucedió cuando la noche languidecía, estaba tornándose más negra, impenetrable, densa. Y el narrador, en la radio, experimentaba los mismos efectos. Se iba desvaneciendo. La voz se encaminaba al susurro y, como era previsible, después, a la intrascendencia. Supongo que me contagié. Di comienzo a una maniobra automática mediante la que me desligaba de mí mismo, cual si mudara la piel y me fuera a otro lado, dejando, no obstante, constancia de lo que había sido, de lo que había hecho, de lo que dejé pasar. La mecha de la vela dejó de arder, se hizo humo y sobrevino la última negrura. Sin aviso de final ni títulos de crédito. Ni para destoserme me dio.
La imagen aparece en:
https://es.wahooart.com/@@/8XYPAZ-Pablo-Picasso-Mujer-con-trenza





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