PONZOÑA CON LAZOS



Buenas noches nocturnas... Estos días, como bien sabemos tras invertir cierta parte de nuestro capital en lo que diré, son fechas para adquirir bienes y servicios conseguidos para proporcionárselos a otras personas. A fin de designar este proceder existe un verbo: regalar. Ofrecemos en propiedad algo sin solicitar nada a cambio. De hecho, aunque hay personas que regalan para recibir regalos y quienes solo hacen regalos si antes los han recibido, en puridad lo suyo es conducirse con altruismo. Pero, al margen de esta ceremonia, también del consumo, hablando de regalos, me interesan aquellos con apellido. Concretamente, los regalos envenenados. Por ejemplo, la manzana que la madrastra de Blancanieves, disfrazada de anciana, entregó a la hermosa muchacha para causarle todo mal. Eso dice el cuento. O el Caballo de Troya. Estratagema ideada por Ulises, el mítico Odiseo, que ustedes conocerán detalladamente como lectores que son de La Ilíada, La Odisea y La Eneida. Bien. Emilio del Río, doctor en Filología Clásica por la Universidad Complutense de Madrid, profesor, radiofonista, autor de libros y realizador de pódcast, lo recordaba así en un fragmento perteneciente a una publicación de la que era red social Twitter el 7 de enero de 2020: «Timeo Dánaos et dona ferentes: "Temo a los griegos incluso cuando traen regalos" dijo Laoconte a propósito de un "regalo" que dejaron los griegos a las puertas de Troya, mientras se retiraban». Así pues, los regalos envenenados triunfan porque bajamos la guardia lo suficiente para convertirnos en seres vulnerables: no cabe en nuestra cabeza sospechar de quien nos procura placer. Tal vez porque confundamos el gusto con la felicidad, cosa no del todo acertada. Tal vez porque advirtamos en ese rasgo una prueba de conciliación, la antesala de algo que necesitemos, a fin de establecer aquellos principios que se corresponden con las formas de pensar que dominen en nuestro entendimiento. Porque creamos que un beso siempre es amor –que se lo digan a Judas y Jesús– y acostumbramos a denominar aprecio, respeto, deferencia, a lo que se nos concede, como ese «obsequio» de la mitología, cuando los griegos y los troyanos se la jugaban a vida o muerte. Nuestras creencias y no nuestras dudas, paradójicamente, nos llevan al error. Lo que pudiera facilitarnos una vida consolidada, si permanentemente inalterable, si a toda costa inamovible, si nunca puesto en cuestión, es la segunda puerta de la casa en la que residimos, tan difícil de guardar, como proponía el clásico. Así que hay que tener cuidado con los bombones, a menudo rellenos de sustancias que alteran nuestros sentidos e incluso nos llevan al silencio de la tumba, en cuanto que otros, de los que no desconfiamos y nos los ofrecen, actúan con malicia y los manipulan. ¿Cabe desconfiar de los bombones? ¿Es legítimo sospechar de todo el mundo? Podría decir, desde mi punto de vista, que sí. Que es una precaución relacionada con la más elemental de las formas de supervivencia. Pero, debo conceder, al mismo tiempo, que es una manera de existir bastante precaria, enloquecedora. Hay que disponer de unos márgenes. Verificar las cosas conociéndolas. Por lo tanto, el aprendizaje que no cesa, es un propósito ineludible. Puede que, en algunos casos, estar enterado de ciertos asuntos, procure sinsabores y dolor. Puede. Sin embargo, saber que existe un virus que te puede matar, identificarlo, hacer todo lo posible para conocer la naturaleza de ese tu enemigo y, a partir de esto, combatirlo con eficacia, es algo solo posible, si se aprende, si se progresa. Sin dejar de lado, la base anterior, la historia, la ciencia desde donde parte todo... Siempre recuerdo que, una vez, fui víctima. Lo digo porque existe una experiencia navideña, una experiencia propia, de la que no daré cuenta, porque lo he hecho en diversas ocasiones y tengo la sensación de repetirme. Fui víctima una vez, probablemente bastantes más –ahora soy incapaz de aludir a otros casos y tampoco me esforzaré en hacerlo– probablemente más, digo, ya que mis luces son las que son y, espero que sí, tengo tiempo por delante para ser «arrasado» de nuevo, suponiendo que tal acontecer merezca adjetivos como ese entrecomillado del que me acabo de servir. El regalo envenenado fue aquella promesa de dominio sobre la salud y las adversidades que la falta de ella pueden acontecer recibida por Anakin Skywalker, luego traicionada y origen de su transformación en la ira tiránica y asesina de Darth Vader. De una mitología a otra, la cinematográfica, para concluir el día. Me destoso.


https://x.com/emilio_delrio/status/1214491847885754369



La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona Microsoft Designer.





Selección gráfica del día...

IDÍGORAS y PACHI en El mundo 23 de diciembre de 2024



CAÍN en La Razón 23 de diciembre de 2024



JL MARTÍN en La Vanguardia 23 de diciembre de 2024



Selección de contenidos...

Primera:

Why Worry Chet Atkins Mark Knopfler & Everly Brothers

En el Canal jean-marie Chaussadas

https://www.youtube.com/watch?v=oIiXoo6TSBs



Segunda:

Roy Orbison - You Got It

En el Canal Marcos Gandelini

https://www.youtube.com/watch?v=F33syPvFLjI



Tercera:

Bryan Ferry - Don't Stop The Dance

En el Canal 1957People

https://www.youtube.com/watch?v=A8UWMFV7ONE

















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