ENSEÑAR AL QUE NO SABE
Buenas noches nocturnas... La ignorancia, en algunos casos, genera una industria: la de enseñar al que no sabe. Y parece lo correcto. Somos mejores personas cuando insistimos en aprender. No garantiza nada acerca de nuestra conducta, pero, a buen seguro, las posibilidades de refinar el producto de lo que nos sirve y de lo que satisface o no al mundo que nos rodea, se acrecientan. Es verdad que muchas personas, sin conocimientos reglados, están a la par del más sabio de los seres en cuanto a materias prácticas de la vida. Por tanto, formarse es una excelente idea. Un ingreso patrimonial que renta de una manera o de otra. No una bendición mágica, no un recorrido que empodera a las personas, término bastante feo porque lo que hace poderoso a los seres solo vale si la criatura que se sirve de esa fuerza conoce cómo gestionar lo adquirido, sino una senda para administrar el talento y la sensibilidad de tal manera que, al cabo, existan el menor número posible de faltas a las que regresar con vergüenza. Está aquello que nos permite subsistir, lo que nos ayuda a progresar desde el punto de vista del confort y lo que trasciende a esos recursos. De esto último es de lo que estoy hablando, aunque voy a dejar de hacerlo de inmediato. ¿Por qué? Por lo que decía en un primer momento, cuando aludí a la industria de enseñar al que no sabe. ¿Qué sucede con esto? Pues que, como en cualquier otro orden de la vida, tal vez porque creemos saber y sabemos muy poco, los listos despliegan sus tenderetes y los disfrazan. Montan, en el mercado, un algo con la apariencia de otra cosa y, como funciona, se perpetúan. Por ejemplo, tal y como leo en un artículo de Cristina F. Pereda en EL DIARIO.ES, tal y como interpreto aquello de lo que informa, quienes se dedican a facilitar las recetas que creen oportunas cuando se persigue el abandono de una vida en la que abundan los insensatos efectos del consumismo y el desorden que conlleva. Publican libros, dan conferencias, imparten talleres, seguramente venden textiles, cartelería, accesorios... Sus seminarios no terminan nunca. Sus ofertas no descansan. Quieren ser tenidos en cuenta y no les importa si repetimos o no. La cuestión es hacer caja. Que nos quedemos con sus cantinelas y con sus productos. Por duplicado, incluso. Por triplicado. De hecho, a un libro le seguirá otro, a una conferencia, la siguiente, y así. Más madera. Nuevos pedidos para abastecer todas las tiendas, las que usted y yo visitaremos, donde se nos indicará que ese producto es sensacional, idóneo, asequible, recomendable, ¡barato! Y lo compraremos. Y lo llevaremos a casa. Y nos daremos cuenta de lo muy "capitalistones" que somos, de lo mucho que gastamos y, por eso mismo, regresaremos a la fuente a tomar el agua de la salvación. Este es el ciclo. Empieza y acaba en el mismo sitio. Y nunca nos satisface. Para eso está destinado. Porque nos conocen bien... De modo que, si hemos de pensar en acercarnos a cualquier sector de la enseñanza, que los maestros hayan adquirido maestría y reputación por el ejemplo que puedan dar. No por los males que conocen existentes y por asegurarnos que nos librarán de ellos con el contenido de este frasquito que, además, contiene una loción maravillosa contra la caída del cabello. Y que sí, que caemos en el pozo de la desmesura. Un pozo con la boca muy ancha, con el vientre muy ancho y sumamente resbaladizo como para remontar de una manera cómoda. Pero, oiga, decoro, ¿no? Me destoso.
https://www.eldiario.es/era/no-encontramos-manera-efectiva-despojarnos-cosas_1_11951096.html




Comments
Post a Comment