HACER LO QUE SE DICE QUE SE HARÁ
Buenas noches nocturnas... En una web, cuyo objeto se desvelará casi inmediatamente, puede leerse: «Se basa en la importancia que concedemos en nuestra sociedad a actuar de forma coherente con los valores y principios que afirmamos mantener, y de forma congruente con cómo lo hemos hecho en situaciones anteriores. También en la tendencia que tenemos a mantener un compromiso previamente adquirido». Y se refiere al principio de cohesión. Para quienes, desde el mencionado sitio, proponen algo útil a la hora de lograr objetivos de ventas, esto es muy valioso. Es decir, vale la pena mostrar admiración por quienes demuestran actuar como han dicho que lo harían: palabras refrendadas por las acciones. El respeto por aquellos que, sabiendo rectificar cuando entienden que se han equivocado, cumplen con su palabra. Algo no precisamente común. Por ejemplo, según «el informe Sostenibilidad y Consumo 2024 realizado por el Observatorio Cetelem, que sitúa en un 53% los consumidores que pagarían más por estas opciones, siendo los más jóvenes los que destacan por encima de la media», aumenta el número de comensales que aceptan hacer un mayor gasto a fin de contribuir a opciones predominantemente sostenibles. Un estudio al que se hace referencia en la publicación LA CLIMATERÍA, patrocinada por Coca Cola, Comunidad por el Clima y Hostelería de España. O sea, partes bien interesadas en sacar adelante su producto, consiguiendo una etiqueta prestigiosa, como lo es hoy en día, revestirse con los hábitos de los que abogan por un planeta sano y solvente. Que no digo que hagan mal, ni me propongo desacreditar los datos que se ponen de manifiesto. Afirmo, eso sí, que es muy sencillo contestar a una encuesta. Responder a las preguntas que se nos hacen es como despegar en un cohete Saturno para llegar a la órbita de la Luna y elevar la voz como tenor desafinado: salvo que se tengan abiertos los sistemas de comunicación con la Tierra, nadie escuchará nada. Bueno, tal vez esos extraterrestres que, según algunos, vienen acompañándonos desde antes de que se edificaran las pirámides. Lo digo porque me parece una ociosidad con escaso objeto, un esfuerzo inútil, puesto que no exige compromiso. Cualquiera dice lo que le dé la gana, y listo. Entonces, de acuerdo con estas hipótesis, extrapolar unas intenciones como consecuencia activa se queda en tendencia, y las tendencias, ya se sabe, son producto de alguna manipulación. Nos imitamos, desde luego, pero tiene que haber alguien sobre el pedestal ante el que nos postramos para colegir que aquello que viste, aquello que hace, aquello que usa, aquello que dice o aquello que excluye, es lo ideal para nosotros, sus siervos. A esto hay que hacerle tanto caso como a tantas cosas que se exponen para ver si, a fuerza de tenerse ante las narices, nos entran por los ojos y terminamos deseándolas, no porque tengan valor alguno. Eso de pagar más nos disgusta profundamente, salvo en el caso de que nuestros ingresos, precisamente, nos predispongan a realizar un consumo privativo: el que hacen los que pueden permitirse gastos fuera de lo común. Y no veo yo a los jóvenes, esos que abrumadoramente desean comprarse una casa, siquiera acceder a un alquiler digno, locos por dejarse la pasta en un bar coqueto, «cuqui», «gastroloquesea». No acabo de imaginármelo. Mis neuronas se niegan. Aducen sobreexplotación. A ver si va a resultar que, ahora, por fin, más de la mitad de las personas que, además de ir a bares correctos e incorrectos, en todos los demás aspectos de la vida, se han vuelto unos escrupulosos observadores de los estándares de conservación de la naturaleza. Pero, bueno. Otro día. Y mañana sábado. Me destoso.
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona IDEOGRAM y fue editada después.




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