LOS DERECHOS NO NECESITAN NEONES
Buenas noches nocturnas... Como en tantas ocasiones, reacciono tarde. ELLA me proporciona novedades y yo me desentiendo. Me habla de la llamada «Moda inclusiva». Expreso algún sonido vocacionalmente burlón y deambulo en búsqueda de otros materiales. Sin embargo, he aquí que retorno a la señal porque no encuentro otra veta mejor. O sea, me desdigo de mis apreciaciones iniciales. Mi cerebro, a esa velocidad con la que se emplea cuando quiere, hizo ver a los sistemas que domina, lo cargante que es la inclinación comercial y política, a etiquetar las cosas para sacar un determinado rédito. Total, una más, respondieron los subordinados del ingeniero encefálico. Pero, caray, es que este es un domingo sin otra chicha que la nieve en algunos lugares porque ha regresado el frío. La chicha, porque servidor es carnívoro y herbívoro: a veces durante la misma sesión. Puedo autopercibirme como quiera. Así que, tras otorgar los créditos de este comunicado, o de su origen, a quien en verdad corresponden, ropita de laborar y a la faena... Moda inclusiva. O sea, moda. El apellido, la etiqueta, viene para resolver unos principios no del todo claros, y trasmitirlos con economía y sobreentendidos. Ya saben ustedes lo que significa el verbo incluir. Y conocen el empleo de «inclusivo», el término para calificar aquello que tiene la virtud y la capacidad de incluir. ¿A quiénes? A los que, en anteriores rondas no se tuvo entre los de la partida. Por ejemplo, regresando a la moda, las damas, a veces poco más que adolescentes y aún menos, triunfan como modelos, siempre y cuando cumplan con determinados requisitos de belleza. Una de esas condiciones es la de ser delgadas, rectilíneas. Pues bien, la industria textil ha decidido que hay que hacer ropa muy cara para delgados y para gordos. ¿Para qué conformarse solo con una parte de la tarta? Pero, aquí viene la maniobra de ilusionismo, fíjense amigos, y amigas que, si decimos «moda inclusiva» estamos refiriéndonos a señoras -porque suelen ser señoras casi siempre- señoras de evidente sobrepeso. La inclusividad supone, en este caso, el respeto por la intervención de este público profesional -el de los rollizos y rollizas- en las pasarelas del mundo. Y, puesto que las cosas son como decimos que son, aquello verificable como propio de un orden cual el descrito, alcanza una calidad superior. Un nuevo precio. Es como el ecologismo o la alimentación sana: los beneficios que suponen a medio y largo plazo, han de sacrificarse durante el ahora a costa de soportar unas tarifas inasumibles para las economías modestas. Y, no se olvide: esta realidad, más vistosa socialmente, más cerca del lujo o residiendo en la misma pompa, cuenta con la anuencia y la instigación política. Lo inclusivo, parece imposible de parar porque las fuerzas económicas y el poder han dado su visto bueno... ¡sin haber pedido perdón antes! Porque estos dos factores, estos que tan alegremente nos invitan a incluir entre los nuestros a otros, primos terceros o cuartos, habituales de mesas supletorias, cosa que no es falsa, han observado las mismas reticencias que todos podamos haber tenido, anteriormente. Lo que pasa es que, ahora, salen con unas galas distintas y dando a entender que es eso lo que vistieron siempre. Mucha cara dura. Demasiada, por más que los muchachos empleen esta palabra como en los años ochenta, en sentido superlativo, cosa que tengo anotada tras asesorarme visitando los depósitos de sabiduría que ELLA misma dispone dentro de sí. Demasiada, ya que, al fin, todo es una cuestión de dinero. Si tienes parné, dispondrás de sastre y de modista y te harás la ropa a medida; si eres gordo, vivirás hasta que te mueras y te apañarás, se ponga como se ponga el mundo. Como si los gordos se hubieran originado todos en los diez o quince últimos años. Y los obesos, pobres, vivían y viven igualmente vestidos. Sin glamur, claro. Pero esto, otra vez llamo la atención, es cosa de tener o no una cuenta corriente rebosante de números satisfechos. Pero he visto que también hay «danza inclusiva» y no sé cuantos otros inclusivos industriales se estarán dando a conocer, pertenecientes a tan pujante familia. De hecho, si mañana me dicen que me van a admitir en un programa de visibilización inclusiva porque soy feo, y los feos también merecen un lugar en el carricoche de la vida, les diré que llegan tarde. Que feo he sido siempre y he podido disfrutar de muchas cosas. Entre los otros feos y entre los guapos. Y si hubo injusticias y si las hay, no se arreglan con etiquetas, sino con derechos. Con derechos que, simplemente, se ejercen. Los derechos no necesitan neones. Y si los necesitan, pues otra derrota más. Ah, y a otra cosa que casi es lunes. Me destoso.
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona ARIA





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