USTED NO ES DE AQUÍ
Buenas noches nocturnas… Los turistas tienen mala prensa en la actualidad. Probablemente no por su condición, sino por su número. Sea como fuere, declarar que se hace turismo o darlo a entender puede ser interpretado como la inoportunidad del agente nocivo destacado sobre un territorio, cuando proporciona ostensibles avisos de la inmediata aplicación de todas sus negatividades. Los turistas, hoy, además de una fuente de ingresos indudables —motivo por los que se tolera y alienta su presencia—, responden al retrato del capitalismo voraz y constituyen un ejemplo de presencia extranjera, a buen seguro origen de suspicacias. Dicho esto, como no se va a dejar de ir a los sitios ni es admisible gestionar la propia vida conforme a los dictados de los juicios ajenos, convendría que, siendo forastero allí donde uno se encuentre, obre con tal pericia como para que los residentes descarten, por irrelevancia, todo aquello vinculado a usos y costumbres. Por ejemplo, cabe evitar ser oveja dentro del rebaño e ir junto con el pastor porque, aunque eso pueda protegernos y ordenarnos e incluso podría beneficiarnos de cara al gasto que suponga la excursión prevista, tiene los efectos de la cartelería luminosa: “Allí van”, dice la gente. “Allí van, ya ha llegado otro autocar repleto, u otro tren, u otro crucero”. Así que, cuantos menos, mejor. Hecha esta observación, tiempo. Un turista que no quiere parecer turista ha de estar entrenado. Los gestos más habituales de un turista al aire libre, por ejemplo —hacer fotografías, contemplar edificios o monumentos, orientarse, hacer comentarios y valoraciones, adquirir productos— deben ser materia cuyo valor principal se beneficie de la repetición previa hasta adquirir una soltura que se asemeje tantísimo al proceder de cualquiera en casi todos los sitios. El turista que ha ensayado su comportamiento en la sociedad a la que desea conocer puede triunfar. Esto es más difícil con el lenguaje, con los idiomas. Sin embargo, casi siempre se detecta al turista por sus actos, por cómo deambula, por las cosas de su interés… Hay que pensar que los residentes están acostumbrados a lo que ven. Es su día a día. Por lo tanto, nada les extraña. Son conscientes de los bienes y curiosidades de su entorno, saben del mucho o poco valor, pero el asombro o el examen detenido no entra en el repertorio de comunicación del que hagan gala. Así pues, tiempo de preparación lejos del objetivo. Una vez en tierra a conquistar, tiempo para reconocer las costumbres elementales de los pobladores con quienes uno está a punto de encontrarse. El atuendo es importante a este respecto. Si vamos a una ciudad grande, puede que se trate de una urbe cosmopolita y ninguna de las prendas que aguarden turno en nuestro ropero choquen, pero también es importante evitar susceptibilidades en este orden. La exhibición de complementos, incluso las herramientas habituales —un teléfono, un mapa, una cámara fotográfica— o se utilizan sin que parezca que se está recurriendo al auxilio de los desamparados, o proponen una flecha que apuntará a los usuarios acusándolos de pertenecer a esa controvertida tropa. Elegir los sitios adecuados para resolver aquellos imprevistos que pudieran surgir, porque es imposible sortear todas las adversidades, tiene el provecho inmediato de volvernos invisibles. Que no parezca que nos hemos perdido. Y si es así y no nos queda otra que solicitar la ayuda de los residentes, conviene hacerlo de un modo tal que no trasciendan nuestros secretos. Por otra parte, a la hora de acudir a los sitios que puedan interesarnos, es trascendental apartarse de aquellos cuyas connotaciones turísticas sean evidentes. Las señales que suponen una llamada para el público foráneo son muy claras y, en cuanto se divisen, deben ser sorteadas con decisión y soltura. Hay que cuidar la palabra de igual forma que lo hacen los servicios de inteligencia de los ejércitos en tiempo de guerra. Si la visita es de dos a cuatro personas —todo lo demás es multitud—, haber elaborado un código para comunicar hasta las más ínfimas cosas es muy práctico. El ejemplo a utilizar son los adolescentes. Por ejemplo, los chicos y las chicas, sirviéndose de la misma palabra, pueden proporcionar información de muy distinta índole, sirviéndose de las inflexiones y la tonalidad. Decir “tía”, si el destacamento de turistas secretos en acción está compuesto por personas que nacieron mujer o se autorreconocen como hembras, es magnífico. Decir “tía”, y solamente eso. No hay que dedicar horas al aprendizaje de términos extraños, solo entrenar las particularidades dichas. Además, rejuvenece mucho. Me destoso.
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona ChatGPT.




Comments
Post a Comment