ESCENA DE JUBILADO CON PERRO
Buenas noches nocturnas… Llega la fecha de su emancipación del mundo, es decir, al tanto de los días que le quedasen, ya sin la obligación de ir a trabajar, se propuso algunos cambios. Entre ellos, actuar como hacían otros de su condición, para concluir si estaba equivocado o acertaba con respecto a algunas costumbres propias de ese período de la existencia. La mudanza principal, la de evitarse una organización de la rutina a partir de las exigencias laborales, acontecía por sí misma, así que no contaba. Comenzó un periplo por distintas administraciones a fin de solicitar un surtido de beneficios y derechos, también signo de haber emprendido el camino cuesta abajo. Y una vez satisfechos todos los rituales —pues muchas personas de su edad adquirían mascotas—, mejor adoptar, como recomiendan los interesados en estos temas, estuvo meditando qué sería mejor: gato, perro, canario, tortuga… Los perros, ya se sabe, son leales compañeros. Son capaces de seguirte a todas partes, incluso al baño, incluso a la cama. Son partidarios del ejercicio y los dueños se convierten en magníficos atletas, quieran o no quieran. ¿Y sus simpáticos ladridos? Por cualquier razón, en cualquier momento… Necesitan, eso sí, hasta pañales. Obligan a un extra de limpieza porque parecen chanchos. Y salen por un ojo de la cara. Los gatos pueden estar solos. Quieren estar solos. Están solos. Entonces, ¿qué objeto tiene hacerse acompañar por un gato? Además, son contradictorios. No te quieren, pero si te quieren, ha de ser de inmediato. En el momento. Viven su encierro como una película de aventuras y no hay nada que permanezca a salvo de sus caprichos. ¿Y las alergias? ¿Y la arena de playa? Porque si no es de playa —del Caribe— no está contento. Los canarios… los canarios cantan. Y cantan muy bien, según dicen. Y no tienen empacho en demostrarlo. A un artista no se le puede someter, así que, probablemente, cantan cuando quieren. Y quieren demasiadas veces. Cierto que sus necesidades escénicas son modestas. Que los recursos alimenticios y la limpieza tampoco exigen tanto, pero no pagan, a cambio, con mimos de can o de felino. Y las tortugas. Las tortugas. ¿Dónde está mi tortuga? Es una maestra del silencio, una diosa de lo sosegado, aunque, siempre que se la requiere, llegue tarde. Por razones obvias, no pueden hacer monerías, ni se dan a las *performances*, de modo que tener una tortuga, casi, es como compartir la vivienda con un pedrusco. Por tanto, se decidió por el perro. Al fin, de acuerdo con la directiva de asemejarse a lo que hacían otros jubilados, era lo más conveniente. Una vez con el animal en casa, intentó comunicarse con él. Debía conocer las reglas y aprender algunas cosas básicas para que la convivencia que se iniciaba en tales instantes se desarrollara sin obstáculos ni se produjeran malos entendidos. Había estudiado manuales para intercambiar pareceres con este tipo de simpáticas criaturas y contemplaba cuanto material en vídeo estuvo a su alcance a fin de estar a la altura. Un día, como estaba permitido soltar a los perros en los parques, conforme a la normativa municipal —supusiera o no malestar para otro tipo de transeúntes ociosos—, decidió jugar con su nuevo compañero, instruyéndole previamente. Llevaba consigo una pelota de tenis. Habló con el chucho para que se enterara de lo que iban a hacer. Hizo que escuchara la respuesta de ChatGPT a la consulta de lo que era una pelota como la elegida y, ya seguro de que estaba hecho todo lo que había que hacer, envió la bola al quinto pino. Esperaba que el animal saliera corriendo en busca de la esférica promesa. Pero no. Tuvo que ser él quien se desplazara, se dispusiera a retroceder y repitiera la maniobra completa varias veces. El perro, en su sitio. Mirando atentamente. Quieto. Fue cuando el jubilado, comprendiendo todo lo que pasaba y verdaderamente exhausto, sacó su billetera. Miró a los ojos al perro, que lo miraba a él, y preguntó: “Si te doy 50… 100, ¿vas?”. Y el perro, entonces, seguramente satisfecho con la suma, echó a correr a toda velocidad. Me destoso.
La imagen pertenece a la obra del dibujante chileno Karlo Ferdon
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