EULOGIO, POR PARTIDA DOBLE
Buenas noches nocturnas… De vez en cuando, en la vida de cada uno, puede aparecer un Eulogio. Un Eulogio de quien no diré sus apellidos. No se me permite. Muchos, al conocer los detalles de su vida, piensan en don Eulogio Varela, gaditano nacido en El Puerto de Santa María en 1868: ilustrador, pintor y escritor vinculado al modernismo. Así que nada más puedo decir. No, porque algunos hechos de su vida, que ahora empiezan a conocerse, al existir esta paridad confusa a la que acabo de referirme, podrían originar un incremento de los malos entendidos, muy perjudiciales para el buen nombre del ilustre artista andaluz al que acabo de citar. Porque este otro, de quien estoy hablando, también nació en Cádiz, en las mismas fechas, y se educó entre talleres de artesanos ebanistas, maestros del retablo y dibujantes de prestigio. Casi al momento, comenzó a experimentar una indisimulada fascinación por las formas curvas, los rostros en sombra y los motivos vegetales. Esto lo condujo al estudio del dibujo ornamental y la pintura alegórica. Y lo llevó a Madrid. Porque en Madrid se está más cerca de todo. En la capital de España pretendía abrirse camino y crecer. Pero no iba a ser fácil. Los comienzos nunca lo son. Y si son fáciles, no son comienzos. Son continuaciones. Cosas de caballeros y damas respaldados por la fortuna. Y, como prueba de todo esto, a diferencia de Varela, con quien, por las coincidencias hasta ahora detalladas, suele confundirse, valga atender, según documentos que se publicarán dentro de poco, a un macabro periodo de su vida. Un tiempo en el que, a causa de las previsibles dificultades económicas, tuvo que hacer lo que había que hacer para salir adelante. No otra cosa que la oportunidad de aceptar una serie de encargos artísticos, financiados por una funeraria. Se trataba de decorar el interior de sarcófagos destinados a recibir los cuerpos de cadáveres de personas que, en vida, estuvieron sobrados de dinero. Multimillonarios, magnates, aristócratas, herederos, quinielistas… Obras personalizadas y, por tanto, piezas únicas, consistentes en escenas simbólicas, motivos esotéricos, retratos velados, caligrafías decoradas y paisajes de ultratumba. En algunos casos, motivos religiosos a imagen y semejanza de distintas confesionalidades. Lo mejor de esto es que, aunque este Eulogio mío, cobró gran parte de su trabajo a unos precios ridículos, los contenedores de su obra temprana no llegaron a entregarse en ningún caso. A los empresarios la jugada les salió mal. No se sabe si por impericia mercadotécnica o por otras razones de competencia ahora indeterminadas, aunque se espera que pueda llegar a saberse una vez se estudie la documentación que se ha ido encontrando. Los ataúdes se almacenaron y, si no todos, algunos se han podido recuperar. Quienes los han visto, aseguran que tienen un estilo similar al de las obras tempranas de Eulogio Varela, pero, sin duda ninguna, son las artes de un imitador. De alguien que deseó salir adelante pretendiendo ser otro. De hecho, en este punto acaban las coincidencias con el Varela verdadero. Este, el gaditano de marras, el auténtico, en 1898, comienza su colaboración con la revista *Blanco y Negro*, convirtiéndose en uno de sus artistas más relevantes y duraderos y llegando a publicar más de 1000 ilustraciones. Fue profesor de la Escuela de Artes y Oficios de Madrid. Sus herederos donaron gran parte de su obra a su ciudad natal, donde, en 1980, se le tributó un homenaje. Entre sus obras literarias destacan: *Temas de composición decorativa*, *Tratado de perspectiva* y *La letra y su teoría constructiva*… En fin, estas cosas de la vida. Uno está tan tranquilo viendo pasar el verano, y se presenta un Eulogio. O dos. Me destoso.
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona ChatGPT.




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