INVENTARIO DE PAISAJES QUE NO NECESITAN DENOMINACIÓN
Buenas noches nocturnas… Acabo de recibir la autorización pertinente. Me permitirá ofrecer el relato de los acontecimientos más importantes de la mañana. El visto bueno llega de la mano de mi propio ser, por cuanto es tradición repartir el tiempo de la vida de tal forma que se proporcione a los interesados —me refiero a los varios que residen en mí— posibilidades ciertas de esparcimiento, siempre que no molesten el plan diseñado para la jornada.
Debo decir que no termina de asomar el sol. Es preciso que lo asevere de esta manera, aunque me valga de una expresión equivocada, por rapidez y facilidad. Así nos entendemos todos antes. Lo correcto, ya se sabe, es referirse a la interposición de las nubes, que son las que, dependiendo de su densidad, ocultan en parte la luz proveniente de nuestra estrella. Esto supone aproximarse a la realidad con cierto grado de detalle. Además, debe existir un exceso de nubes, de material gaseoso sobrante: un remanente que procede de fenómenos atmosféricos adversos sucedidos en otras localizaciones, en combinación con polvo sahariano, del que atraviesa el estrecho.
Por lo tanto, en contra de los deseos de quienes acuden a las playas para exponerse a la radiación solar más intensa, se impone lo gris. Hay sombra generalizada. Las nubes amagan con dejar algún resquicio, pero, de momento, no hay otra valoración que hacer. Se ha de calificar en grado de tentativa.
Aquí hago una pausa para recordar a los lectores que lo que despachan es una crónica elaborada a tempranas horas del día, no una retransmisión. Dicho esto, prosigo.
A consecuencia de la falta de sol sin interposiciones, y del avistamiento del molusco pendenciero —protagonista del mes en estas costas— se retrasa el aluvión de veraneantes, y la arena puede apreciarse en su casi totalidad.
ELLA, antes de ocupar un sitio estratégico cerca de las aguas, me ha explicado lo del bicho. Este “dragón como-se-llame”, obra en contra de los sujetos próximos a su afán de criatura marina, dependiendo de la dieta. Al parecer, si devoró medusas conocidas como “carabelas portuguesas” —otros seres urticantes y venenosos— procurará daños evidentísimos; de haber desayunado medusas denominadas “de huevo frito”, pasa con ellas como con las mariposas cuando están desplazándose: estas vuelan y los otros nadan. Lo hacen porque es la razón existencial de estos animales.
Cosa distinta a la actividad de los sapiens, pues estamos menos interesados en practicar la natación. Un día como este, martes, en todo caso, se observan inmersiones alocadas a las que sigue el retorno fuera de las aguas con la misma explosividad sin objetivo de antes. Con todo, hay una ola alta —nada que invite a contactar con avezados surfistas— aunque la mar no está revuelta. No se ven embarcaciones por el horizonte ni se tienen noticias de submarinos, ingenios extraterrestres ni criaturas cuyas evoluciones solo puedan ser contenidas mediante la comparecencia profesional de una patrulla de superhéroes.
Todo transcurre con abulia. Por suerte, en “equis”, una usuaria —que dice que es usuaria— recomienda lo siguiente: “No viajéis, los paisajes no os necesitan…”. Como no tengo otra cosa que hacer, respondo: “La ausencia de observadores, por suerte para los paisajes, acaba con su existencia. La oruga o el olmo viven igual sin ser catalogados como pertenecientes a lo que quiera que sea un paisaje”.
Desde mi punto de vista, los paisajes son un concepto cultural. Identificamos un entorno al que podemos aludir mediante el sentido de la vista, del olfato e incluso del tacto, y establecemos que se trata de un conjunto de cosas que forma parte de la unidad organizada conforme al interés que tengamos: unas veces agradable, otras molesto y tantas veces insignificante. La fauna y la flora están a otras cosas. No sé qué opinarán las piedras, las sales, las partículas suspendidas en el aire. Luego entrevistaré a quien corresponda.
Me destoso.
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona FREEPIK




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