LOS COSTALEROS NO TEMEN AL ALGORITMO
Buenas noches nocturnas… Hay un periodista que inicia su intervención mirando a la cámara —al menos durante las escasas ocasiones en que lo he visto— como si de verdad estuviera tratando asuntos inaplazables. Tiene una intensidad que repele. Sobresalta como descarga de artillería en un templo a la hora de misa. Por eso no sé si lo que cuenta es cierto o no. Descarto todo trato con su modo de informar porque propone una incómoda oferta antes siquiera de llegar al quid.
Supongo que se debe a estrategias comunicativas capaces de dar sus frutos. Como aquellas originadas en la presunción de que, los informados, con un buen susto, tornamos a ser ovejitas algodonosas y remisas a saltar la cerca. Es célebre la mancha de sangre que se sitúa sobre el mapa de España en verano para indicarnos que, efectivamente, hace calor. Hace calor. Y es culpa de cada uno de nosotros. Porque somos votantes incapaces de encontrar la opción adecuada a la hora de confiar en una formación que defienda activamente la lucha contra el cambio climático.
Hace más calor que años atrás —o menos, según el lugar—. Y sí, existe el cambio climático. Ya lo sabemos. Como también parece de dominio público que asustarnos con el apocalipsis cada vez que se nos facilitan datos acerca de la actualidad surte los efectos de pregonar la llegada del lobo. Como se dice tantas veces y no sufrimos la dentellada, terminamos por hacer caso omiso a las alarmas. Eso hacemos.
Y cuando llegue el día en el que, como siempre temieron en la aldea gala de Astérix y Obélix, se caiga el cielo sobre nuestras cabezas, el tinte colorao y las palabras engoladas de malos presagios darán, igualmente, lo mismo.
A ver, si vamos a descubrir ahora el uranio. Sabe el fumador que se envenena. Sabe el alcohólico que se suicida. Sabe el alpinista que puede despeñarse cualquier día. Y todos, advertidos como están, hacen lo que hacen, probablemente en menor medida que lo hicieron. Porque las cosas cambian. Cambian como lo han hecho mediante la tecnología.
Este también es un cambio que asusta. Una variación a la que le han salido sus sacerdotes. Unos, apóstoles de la tecnología, incapaces de ver las cosas al margen de las pantallas. Otros, activistas de la negación y heraldos de la mala nueva.
A estos últimos, aunque con menos ferocidad, deben abonarse quienes facilitan las noticias en la revista National Geographic. Lo digo a tenor del repaso que dan a un estudio publicado por Microsoft, empresa que ha considerado las profesiones a las que afectará la implementación de las llamadas inteligencias artificiales.
De momento se salvan todas aquellas que tienen que ver con el esfuerzo físico, ya que se exceptuó lo referente a este tipo de ocupaciones. Es decir: los cazadores de serpientes, quienes se dedican a talar árboles gigantes dentro de la espesura de bosques remotos, los costaleros de la Semana Santa —aunque estos, con sufrir, ya tienen bastante—, recolectores de sal sin maquinaria en salinas tórridas, pescadores con arpón al estilo Moby Dick, domadores de caballos salvajes, jinetes de rodeo y matadores de toros en plaza; constructores de muros de piedra seca, porteros de discoteca en zonas conflictivas o transportistas de hielo en enclaves tropicales, seguirán ganándose las habichuelas —o lo que coman— en lo que trabajan hasta ahora, a no ser que desistan o reciban una proposición de esas que no se pueden rechazar.
Como tantas veces en la historia, se gesta la oportunidad de ir dejando de lado aquello para sustituirlo por esto otro o de abandonarlo sin más compromiso. Esto es así. ¿Acaso se han perpetuado las costumbres de nuestros abuelos? La respuesta parece clara.
Además, siempre hay ocasiones laborales a estrenar. Pondré algunos ejemplos de los que tengo noticia al repasar cierta parte de los contenidos del diario El Mundo, hoy: probador de playas, DJ’s de piscinas, reportero de festivales de música, coctelero, catador de helados, monitor de actividades acuáticas, socorrista o agente de viajes. Todo para amigos, amigas y amigues.
En fin. Otro día les contaré la historia de aquella persona que tiene un billete de lotería. Un billete de lotería que está premiado. Un billete de lotería del que sabe todo el mundo. Un billete de lotería que no se cobrará jamás, aunque todos, familiares y amigos, lo sepan y nada perturbe el feliz acontecer de sus vidas.
Me destoso.
https://www.elmundo.es/viajes/el-baul/2025/08/07/688b161be85ece826b8b4570.html
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona COPILOT




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