PASAR AGOSTO
Buenas noches nocturnas… No sé hasta qué punto tomarlo en serio, pero conforme a publicaciones que estuve examinando, existe una leyenda que se cuenta en Perú, indicativa de la mala fama que se atribuye a la fecha del 24 de agosto. Según parece, ese día —jornada en la que la Iglesia Católica honra a San Bartolomé— el diablo sale de su infernal morada para aterrorizar a las gentes.
La historia remite a un episodio sucedido hace mucho, mucho tiempo, en el valle de Chicama, entonces —desconozco lo que sucede en la actualidad— una próspera región del país sudamericano que mencioné. Un territorio del que era dueño el santo, también llamado Natanael. Satanás, que como Dios todo lo tiene presente, celó de estas riquezas y retó al propietario: disputarían una carrera, y quien triunfara se quedaría con todo.
San Bartolomé aceptó, y en la fecha citada comenzaron la carrera. Pero no las tenía todas consigo. Al ver que Belcebú iba a lograr la victoria, rezó. Se detuvo con la esperanza de recibir ayuda divina y, al poco, animado por un resurgimiento físico sobrenatural, saltó un río de lado a lado. Lucifer, en cambio, al intentar imitarlo, cayó al agua y se ahogó.
Por eso, siete días antes de que finalice el octavo mes, el emperador del averno emerge del interior de la tierra, causando accidentes y desgracias a quienes se crucen en su camino.
Aquí va otra historia. Se refiere que, según una estimación originada en Portugal durante la época de las grandes navegaciones, agosto era considerado el mes del disgusto. Las carabelas partían durante este periodo del año, y las novias —y esposas— de los marineros temían por el regreso de sus hombres. De hecho, evitaban casarse por esas fechas.
Son dos particularidades negativas, creo yo que sin fundamento por formar parte de la superstición general, pero que reflejan ciertas penalidades que pueden acontecer en este segundo gran mes del verano. Todo esto surgió mientras pensaba en la conveniencia de abstenerse de ciertas acciones o de iniciar negocios entre San Severo y San Ramón Nonato.
A las inclemencias del calor extremo se suma la falta de actividad en parte del tejido económico y la realidad estadística de los divorcios que se “cocinan” durante el estío y emergen a partir de septiembre. Dicen los expertos que las vacaciones “ayudan” al fin de los romances, porque la coexistencia —bastante limitada en otras estaciones— obliga al contacto y a la manifestación en crudo de las diferencias o problemas que se arrastren.
En cualquier caso, tampoco estoy seguro de que esta explicación resulte del todo admisible, ni encuentro objeciones de peso mediante las que discutir el asunto.
Lo que sí tengo es una última —por esta vez— referencia adversa acerca de lo que puede suponer algo más de una treintena de días como los que estamos certificando en lo tocante a su fin. En Chile, durante la época colonial, se creía que agosto era un mes peligroso para la salud, especialmente para las personas mayores, por las bajas temperaturas y las enfermedades respiratorias. No hay que olvidar que, en esa parte del mundo, es invierno cuando en el hemisferio norte es verano.
De aquel entonces quedó este refrán que comparto: “Julio los prepara y agosto se los lleva”.
Por cierto, en los parajes aludidos se dice —en este mismo sentido— “Pasar agosto”. Una expresión que desconocía y que suelo adoptar para responder cuando se me pregunta “cómo va”, cambiando el apellido. Es decir, pasar es siempre pasar, aunque sea agosto, abril o noviembre.
Como fuere, dentro de unas horas, ya solo quedarán 24 de este largo horno vacacional. ¡Estupendo!
Me destoso.
https://universal.org.uy/agosto-el-mes-del-disgusto/
https://www.quepasasalta.com.ar/cultura/hay-que-pasar-agosto-mito-o-realidad/
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona FREEPIK



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