LA COPIA MALA
Buenas noches nocturnas… Me ha sobrepasado un ciclista. Paseo y lo observo mientras se aleja por el carril más distante de mi posición. Interpreto que sufre un impertinente dolor de muelas. El dolor no se desea y, cuando llega, se activan todas las estrategias conocidas para desterrarlo. Digo, no obstante, que sus gestos apuntan a eso: una afección que requiere asistencia. Es probable que pedalee hacia un centro de salud o servicio de urgencias. Eso creo en un primer momento.
Sin embargo, me doy cuenta de que he sido demasiado rápido en mis dictámenes. ¿Acaso es esta la única posibilidad? ¿Es imposible que se valga de una sola mano para sostenerse, en parte, sobre el manillar y dirigir la máquina, y que, en lugar de aplicarse la mano libre contra el carrillo, esté sosteniendo un teléfono por el que habla?
Reflexiono. Unos segundos más tarde comprendo que, desde luego, me he apresurado. Esta explicación gana verosimilitud. Es una característica humana muy habitual emprender actividades que, además de peligrosas para uno mismo, implican grave riesgo para los demás y constituyen alguna falta o delito. Sin duda, eso es lo que ha ocurrido ante mis ojos.
Tanto es así que me reconvengo. Tomo nota mental para concederme el tiempo necesario y concluir con acierto mis apreciaciones. Es una debilidad mía. Este territorio, como el cuerpo humano, revela su fragilidad en cada paso.
Si las ciudades o los pueblos se asemejaran a un organismo humano, podría decirse que la falta de público en calles y plazas representa una desventaja. Esto se comprende con claridad si consideramos que, todos, tras habernos alimentado, hacemos la digestión. Es un momento significativo. De hecho, nuestros organismos funcionan de tal manera que gran parte de la sangre que abastece de oxígeno y nutrientes a los tejidos se destina a esa tarea.
Ese fenómeno ocurre en lugares como este por el que paseo, a unas horas en las que las terrazas de bares y cafeterías rebosan de residentes y visitantes ávidos de saciarse. Consumen y se complacen. Al final, menos, porque hay que pagar.
En cualquier caso. La localidad ha trasladado gran parte de sus efectivos y recursos a las cercanías de la mar. Esto fomenta la indefensión del resto de los barrios. Los delincuentes —esas criaturas patógenas que forman parte de ese organismo vivo que es un grupo humano— saben lo que ocurre. Saben que tienen sus oportunidades.
Disponen de un tiempo tasado. Depende del apetito de los ausentes, de las ganas de abrir la jornada con monólogos y diálogos, de la necesidad de sol y de brisa. En fin, de lo que se entretengan hasta que regresen a sus domicilios.
Como son profesionales —aunque los aficionados, seguramente, comienzan haciendo lo mismo— conocen la media. Aplican a sus actos el sentido práctico de las cosas. Están persuadidos de hacer bien lo que deben hacer (mal para los perjudicados, claro) y lo hacen en el menor tiempo posible. De ahí sus éxitos.
No nos gusta decirlo, pero esta gente tiene talento. Adquiere pericia. Y, por oposición, saca adelante para su provecho lo que otros expusieron como bienes propios.
Se equivocan quienes examinen mis palabras y deduzcan afinidad alguna por los malhechores. Estaría tirando piedras contra mi propio tejado y causándome averías. No.
Ocurre que, al igual que un experto relojero arma un reloj mediante el engranaje de infinitas piezas, otro lo desmonta con idéntica precisión. Lo hace para conseguir, con ese acto, una fracción —convertible en dinero— de lo aparentemente seguro. Y no puedo dejar de certificarlo.
Son unos indeseables, pero ahí están. Descendientes de otros seres humanos. La copia mala.
Me destoso.
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona GEMINI y fue editada después.




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