LA JOYA EN LOS OJOS DE LOS INVIDENTES
Buenas noches nocturnas… Entre las muchas cosas que no tengo —y, más concretamente, aquellas que constituyen el caudal de lo que ni necesito ni creo que vaya a necesitar nunca— están las joyas. Las joyas se pueden intercambiar por dinero o por cualquier otra clase de bienes. Son muy apreciadas, puesto que se realizan con piedras preciosas y metales de gran valor, por lo que quienes disponen de una joya se garantizan determinado poder adquisitivo.
En fin, ¿para qué explicarme más? Se trata de algo que conocen muy bien.
Dicho esto, queda claro: no tengo piezas de orfebre ni me presento ante los demás con la intención de sorprender al prójimo como lo hacen los escaparates al paso del consumidor. Carezco de voluntad exhibicionista y, como mi posición en la pirámide de la sociedad está situada en alguno de los resquicios existentes en la base de la representación geométrica utilizada para que se comprendan las jerarquías del poder, se espera de mí que evite molestar al mundo con mensajes de notoriedad.
Porque las joyas se adquieren —o son propiedad de alguien sin haber pagado dinero para conseguirlas— con el fin de mostrarlas. Un anillo, una cadena, un broche, unos gemelos, un alfiler, unos pendientes… todo para que otros lo vean y reconozcan en el usuario los signos de la posición que ha alcanzado entre sus iguales dentro de la comunidad, y comprendan que ese artículo a la vista subraya la importancia de la persona, sus valores, su razón estética y su belleza.
Así que los tenientes de este tipo de propiedades han de acudir a donde fueren con el firme propósito de encontrar luz y artistas: estos últimos, capaces de oficiar como notarios de la opulencia.
Así que nadie me busque por las joyerías.
Encontrar el cofre del tesoro —como hacen tantas veces en las ciudades, territorio por el que se reparten excavaciones sin fin— no estaría mal, siempre y cuando aparezca el mejor postor y satisfaga los dividendos equivalentes a la cantidad repartida en doce mensualidades que se necesita para disfrutar de una vida holgada de jubilación desde la cuna.
Por supuesto, no va a ser.
Ocurre que he leído un comentario acerca de ciertas celebridades que dicen amarse, y hay un anillo de por medio al que se tasa en millones, como para comprarse un club de fútbol. De ahí que pensara en las joyas. Y en lo que no necesito.
Se estime lo que se estime —errará quien me ponga como ejemplo “de quiero y no puedo” y, por lo tanto, da la espalda— el billete de lotería premiado, en un precioso marco con sitio en la pared principal del salón de mi casa, no me sirve. De más provecho que el oro y los diamantes concibo la idea de personarme en la administración que corresponda para utilizar los fondos obtenidos gracias al azar.
Y he leído que otras celebridades exigen a sus compañeros de fama —y a otros que deambulan por la vida sobre escalones inferiores— lo que llaman acuerdos de confidencialidad: NDA, por sus siglas en idioma inglés. ¿Para qué? Para que no vayan contando por ahí, entre otras muchísimas cosas —por no decir todas—, las joyas que tienen.
O sea: tenemos trato, hacemos negocio, ocupamos una cama para yacer al modo bíblico, lo que sea, y tú no dices ni un tanto. Otra cosa que no necesito.
Prefiero, simplemente, mantenerme alejado de la humanidad. De la célebre y de la común. De esta manera, no hay bocas a las que someter con un cepo. Porque, además, si triunfa el interés de los afectados, dirán. Siempre se termina diciendo. Todo se sabe. Basta con poner un precio. O poner una joya. O acercar al tenor o a la soprano el tesoro que tanto se busca en las ciudades. En todas. Incluso en aquellas donde los trenes, por unas razones o por otras, no circulan cuando se acordó. Y se producen los amontonamientos tercermundistas: por emplear una expresión técnica y bastante manida, he de reconocerlo.
De esto último, no quisiera tener. Pero, como usted, señora, tengo un ministro que valida nuestro desastre poniéndonos ante la estampa del desastre de otros países. Nos dice que somos el tuerto en el país de los ciegos. Y que esta ceguera parcial durará, al menos, un par de años.
Una joya de ministro. No lo necesito.
Me destoso.
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona COPILOT.




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