LEEN TRES Y LOS ENTIERRAN EN MADERA
Buenas noches nocturnas… Dentro de uno de esos contenedores de noticias, en los que se deja en franco revoltijo un aviso acerca del último capricho de la estrella del momento junto con los detalles que conciernen a la más reciente consecución científica, localizo una pieza que me dirige a *eldiario.es*. Se trata de la entrevista realizada por Jordi Sabaté a Enrique Murillo. Murillo es traductor, autor, periodista y, sobre todo, editor de libros. Su nombre estuvo vinculado a empresas como Anagrama, Bertelsmann, Planeta y Santillana.
Pero la reproducción de sus palabras en el periódico, relacionadas con el interés por la publicación de un libro de memorias suyo —*Personaje secundario*— me interesa por el párrafo que propongo, tal y como aparece en la publicación, acto seguido:
“Sin duda. Si tú comparas la cantidad de novedades que se lanzan con los índices de lectura reales, te das cuenta de que el sector camina hacia el colapso a pasos agigantados. ¡Si España es un país en el que casi nadie lee! ¿Cómo puedes explicar que tenga uno de los mayores índices de novedades de Europa? Pues, entre otras razones, porque aquí se lanzan novedades para maquillar los números y tapar las devoluciones que se producen cada mes, que son muchísimas. Así mantienes una ratio de libros en circulación potente y parece que vas como un tren, pero en realidad lo que haces es atormentar al librero, al que se le dispara la cota de devoluciones.”
Es la respuesta a la pregunta que se le hizo —“Habla en el libro de este personaje como epítome de lo que funciona mal en el mundo editorial. ¿Es el sector un gigante con pies de barro?”— y pareciera pertinente, a propósito de esta serpiente de verano originada por las opiniones de una mujer, dedicada a cultivar el intercambio de intereses con otras personas, mediante los usos que se permiten en las plataformas de comunicación llamadas redes sociales.
Estarán al tanto, incluso si ha sido contra su voluntad. Pero resumo. Una persona apellidada Pombo, ser humano femenino, hace saber a su parroquia que leer podría estar sobrevalorado. Que la lectura no confiere calidad por sí misma, no hace mejores a quienes la practican. En estos rincones de internet yo mismo hice mención al asunto. No obstante, tampoco será objeto este particular de comentarios o valoraciones porque tengo la sensación además de que esta *influencer* no hablaba en serio.
Lo que importa es lo que se deduce al examinar las palabras de un editor notable, de un profesional conocedor de los entresijos del oficio y de la industria: que esto de leer —de leer de verdad, digo, a solas con un libro, sea en el soporte que sea— es cosa solo de unos pocos. Veamos, si no, de nuevo:
“Si tú comparas la cantidad de novedades que se lanzan con los índices de lectura reales, te das cuenta de que el sector camina hacia el colapso a pasos agigantados.”
Muchas publicaciones como señuelo. Para dar la impresión de un interés inusitado. Para que algunos crean que, de hecho, las cosas cambian y lo hacen a mejor. A mejor, considerando que la lectura sea un bien.
Puede que el negocio se sustente en la cíclica aparición de fenómenos propulsados por la fama y que el auge de esos autores en los medios de comunicación ofrezca una idea de interés generalizado por la lectura. Mas, no creo que se corresponda con la realidad. Y tampoco me entristece. Eso es lo cierto.
A mí me gusta leer como me gusta escribir, aunque desempeño mejor lo primero; si otros tienen gustos distintos, no pasa nada. No pretendo convencer a nadie. Es solo que se confirma, por lo menos mediante voces autorizadas, algo que pone en solfa la creencia mayoritaria y nutre la presunción más adversa: no leen los jóvenes, no leen los simplemente adultos y no leen los viejos.
¿Hay personas que leen? Desde luego. Muchas menos que las que declaran que lo hacen. Esta es la cuestión.
Me destoso.
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona ChatGPT.




Comments
Post a Comment