LUMBRE
Buenas noches nocturnas… Es un perro muy pequeño. Ignoro cuál es su raza. Ni siquiera sé si pertenece al grupo de estos animales, domésticos o salvajes, que lo son. Está enredado, pues permanece sujeto a una correa, a las piernas de la dama que ha de ser su dueña. A ella no se le ve el torso ni la cara. Lleva medias. Al ver la captura de ese momento, pienso que la criatura está pensando en acabar mal, o está confundido, o recorre el territorio a expensas de una adulta que obra según su capricho, a pesar de que lo alimente. Puede que nada de esto sea realidad. Pero quemo la foto.
Cinco bailarinas. Se elevan al cielo puestas en puntas. Creo que se dice así. Ignoro cuál es la realidad física de la danza clásica y sus inconveniencias, pero pienso en otras mujeres —también, por qué no, alguna de estas— sometidas al espanto de calzados diseñados para gustar, cuyos resultados facilitan a las interesadas una autobiografía del daño propio, del dolor. Quemo la fotografía.
Un niño corre por las calles semidesiertas de una ciudad, y llora. No puedo saber si huye de algo; no puedo saber si la congoja es producto de la necesidad de amparo, de la rabia o de la desorientación. No puedo saber si es un heraldo que anuncia el fin de los tiempos o si es incapaz de encontrar a su mascota. Con todo, estimo un universo de posibilidades en esta fotografía, que quemo también.
En la siguiente, de las que tengo en el álbum, aparece de nuevo una sala de baile. Dos bailarinas saltan con las piernas en compás. Es casi la única parte de sus cuerpos que se ve. Como están en paralelo, pienso en los arcos de un puente. Uno de esos que han cruzado los atletas a quienes tanto admira nuestro presidente, Pedro Sánchez —, según expresó, próximo a la risa floja—, participantes en la Vuelta Ciclista a España. De esto no quiero hablar ahora. Me produce desasosiego. Quemo la foto.
Y otra más; otra que irá al fuego. Un hombre aguarda en la acera. A juzgar por lo que se ve, la escena ocurre durante la noche. Las inclemencias del tiempo son evidentes: humedad y frío. Pasan, por la calzada, varios autobuses. Parece un desfile. Una procesión fantasmal. Un cortejo entre mágico y funesto. Acaso puede que se trate de lo mismo: saludos a la llamarada.
¿Una tragedia? La de este chico asomado a las alturas de lo que parece un edificio en ruinas. Gesticula y ríe. Parece seguro. Sin duda, lleno de temeridad. Insolente ante el gasto de su propia vida. Tal vez ignorante. Tal vez sobrado porque ve cosas que yo no veo. Debe arder, y arde.
La verdad es que debiera haber dado esta colección a la hoguera y, sin embargo, voy deshaciéndome de las instantáneas una a una. Alguien me diagnosticaría algún supuesto traumático. Como para urgirme a solicitar la asistencia de uno de estos especialistas que arreglan a las personas. Socialmente, empiezas a no ser nadie si, al llegar el final del verano, aseguras no tener contrato con terapeuta alguno. Es como ir al gimnasio o tener actividades extraprofesionales. Conviene ir a la moda. Contarlo todo. Confesar con alguien a quien pagarás por conocer tus secretos, en vez de hacer como esta pareja de la foto que tengo entre las manos.
Varones, vestidos de oscuro: por la penumbra no puedo asegurar que se trate de riguroso negro. Están próximos a un quiosco de prensa. Mal sitio. Turbio. Uno de ellos, por la pinta, debe ser quien atiende el negocio. Hay una bici. Alguien partirá de inmediato. Ignoro qué se traen entre manos. Otra incógnita. Otro asunto sin resolver.
Quizá reúna todas las fotos de mi pasado y convierta una de las habitaciones de la casa en una incineradora para lograr calor cuando llegue el invierno. Desde luego lo voy a pensar. Tengo que meditarlo.
Me destoso.
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona DEEP IA




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