POR SUS ACTOS LOS CONOCERÉIS
Buenas noches nocturnas… Dos críos, en apariencia muchacha y muchacho, llegan al límite de una acera con la calzada. Van "a bordo" de sus patinetes. Dan por concluida su ruta hasta nueva orden. Sus padres vienen con un indiscutible retraso. Al menos el suficiente como para reaccionar tarde en caso de peligro.
El padre se aproxima con un bebé en brazos. La madre atiende el teléfono. Los niños deben estar bien instruidos. Probablemente, eso evita que se produzca un desagradable acontecimiento.
El semáforo está en rojo para los peatones. No hay mucho tráfico. Algunos adultos, ajenos a esta familia, atraviesan la calzada. Lo hacen mientras envían un mensaje evidente: “Paso porque las normas no van conmigo”.
Actúan, desde luego, a su entera libertad. Son muy dueños de ellos mismos. Lo son cuando se desentienden de las normas que regulan el tráfico. Y también cuando se exponen a sufrir graves lesiones o a perder la vida ante el avance de cualquier vehículo.
Estos, como otros, salvan el lance sin reproche. Nunca he visto que se multe a un peatón. Sé que existen sanciones de ese tipo. Pero creo que moriré sin observar que tal cosa suceda.
En su defensa dirán que, cuando ellos atravesaron las calles, no circulaba nadie. Dirán, no obstante, que sería intolerable tener que esperar ante un paso de cebra con el disco del semáforo en verde para ellos, porque un automovilista decidió proseguir, ya que, en ese momento, no se divisaba a viandante alguno.
Dirán que, por otra parte, ellos no están obligados a contribuir al orden social. Ni a dar ejemplo. Dirán que son libres de hacer lo que se les antoje.
Y esto, creo yo, explica bastantes cosas. Son, a mi entender, un indicativo. Una tendencia. Una mancha innecesaria. Un desperfecto humano que puede comprenderse —al fin todos necesitamos acudir al taller o a la ducha para procurarnos reparaciones y aseo— aunque también debe subrayarse a la hora de glosar lo que seamos, una vez nos atribuimos idoneidades o alguien es capaz de designarnos conforme a esos valores.
Hay que ser indulgentes. Pero si la ropa necesita lavados, a la lavadora.
Convendría cierto propósito de enmienda. Como recuerdo que se decía en algún rezo. Voluntad de mejorar. No hasta el punto de la autodisolución, en el caso de admitir una vuelta a las andadas. Sino de tomar conciencia. Y poner todo lo que esté en manos de uno al servicio de la fecundidad. De la multiplicación del bien.
Nadie puede garantizar que no dirá tonterías. Que no cometerá estupideces.
Y, cuando se trata de charlotadas cuyos protagonistas son personas conocidas y de un recorrido biográfico manifiestamente dotado de irrelevancia, en vez de entrar al trapo, y responder, y pretender autoridad demoledora contra esas gentes que dicen que cultivar plantas en tu domicilio no te hará mejor persona —cosa en la que puedo coincidir— es mejor arrebatarles el beneficio de la publicidad: "Que hablen de mí, aunque hablen mal".
Lo digo porque están comentándose por ahí los pareceres de cierta estrella de las redes sociales. Ha dicho —o ha dejado de decir— algo acerca de la lectura. Si lo que sostiene esta afamada señora es asunto edificado en la insolvencia, no debiera provocar otra cosa. Lo mismo que en el caso de haberse producido una ventosidad.
Abundar en esas peripecias lleva a la magnificación de quien no lo merece.
Por lo tanto, hagan como conmigo: den por simpática intrascendencia lo reunido en este comunicado. Porque no llegarán, con ello, a ningún sitio.
Este es material para una de esas ocasiones en las que no importa perder el tiempo. No hay más.
Me destoso.
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona FREEPIK y se editó después.




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