RETRASO PLUSCUAMPERFECTO
Buenas noches nocturnas… Según algunos expertos, la puntualidad —“cuidado y diligencia en llegar a un lugar o partir de él a la hora convenida”; “cuidado y diligencia en hacer las cosas a su debido tiempo”; y “certidumbre y conveniencia precisa de las cosas, para el fin a que se destinan”, de acuerdo con lo que figura en el diccionario de la Real Academia— implica acudir en el plazo exacto a citas, reuniones y eventos, o realizar tareas sin ocasionar retraso alguno. En definitiva, se trata de un valor colectivo fundamentado en la demostración de respeto por el tiempo propio y el de los demás.
Por otra parte, esto de ser puntuales tiene sus ventajas. Por ejemplo, si se respetan los horarios, existe la posibilidad de adquirir mejor reputación, de generar confianza, de experimentar orden y mejoras productivas, de evitar ansiedades, de afianzarse en ciertas disciplinas y de actuar en sociedad como faro de solvencia.
Por lo tanto, nunca conviene adelantarse en exceso, y obrará absolutamente en contra insistir en la demora. Es un parecer rebosante de cordura… salvo que estemos en disconformidad. ¿Es eso posible? Sí, lo es.
En algunos casos —tal y como aprendí de una amiga, hace mucho tiempo— llegar tarde puede ser elegante. Llegar tarde puede ser elegante y es elegante: lo afirmo. No por descuido ni arrogancia, sino por la tensión teatral que genera. Existe una pulsión coreográfica en aparecer después de la hora convenida. Los artistas de todo el mundo suelen hacerlo. Usted compra unas entradas para una función que tiene su inicio a las 20:30. ¿Comenzará en ese momento del día? No lo espere. Nunca ocurre así.
Y si estos inconvenientes se producen, es porque hay una intencionalidad implícita. Todos los ojos, distraídos hasta entonces en la espera o en charlas banales, se detienen en la persona que, al fin, se presenta. Abandonar los escrúpulos británicos cuando de una cita se trata, si se hace con medida, no es impuntualidad: es aparición.
El que no está cuando dijo que se presentaría no entra: irrumpe. Su presencia se carga de una especie de magnetismo involuntario, como si el tiempo se hubiera puesto de acuerdo, tras estudiadas negociaciones, para darle entrada. Lo miran porque ya estaban mirando el reloj. Lo miran porque ya se habían preguntado si vendría. Y entonces, cuando llega, cada gesto suyo se amplifica: el modo en que se quita el abrigo, cómo sonríe o no, cómo toma asiento, si saluda con solemnidad o despreocupación. Todo en él, o en ella, se vuelve acto escénico involuntario.
Y si no siempre se puede calificar de elegancia el acto de entretenerse con la vida a sabiendas de que otros aguardan —puede ser torpeza, cinismo o provocación—, cuando se perciben las formas de quien, haga lo que haga, se conduce con gusto y equilibrio, es de una impecabilidad inobjetable.
Por eso, en estas circunstancias, sería inconcebible protagonizar una de estas actuaciones a la vez que se solicitan disculpas. Antes bien, sin desentenderse de las cosas, el artista sabe que está a tiempo de robar la escena.
Y aún hay algo más: quien espera, observa, está pendiente, figura como público que desea satisfacción; quien llega, define la memoria de ese momento. De ahí que se diga que los que en verdad son elegantes, aparecen cuando todo comenzó, para hacerse inolvidables. No por aquello de lo que son portadores, sino por el modo trascendente con el que entran…
Verán, asimismo, que si este escribidor acudiera tarde a cualquiera de estas citas, pretendería el asombro antes que una sacudida de reproches. Y si todavía no alcancé la gloria, en aras de lo expuesto anteriormente, es porque he entrenado poco. He de enmendarme.
Me destoso.
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona COPILOT, y fue editada después.




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