UN LUNES SIN ORIENTACIÓN PARA APOSENTAR EL TRASERO CORRECTAMENTE
Buenas noches nocturnas… He tenido que tomar un libro para confirmar que estaba en lo cierto. Y lo digo sin menoscabo: tener libros y recurrir a la lectura siempre es una excelente idea. Sin embargo, en algunos círculos, mencionar que se hace esto puede suponer un desdoro inmediato, una caída en el escalafón social. Muchos estudiantes, por ejemplo, se preguntan de qué puede servirles leer, salvo en casos relacionados con la materia que examinen para progresar en la profesión a la que creen estar destinados. Por ende, ya sea por utilidad o por refinamiento —salvo en el caso de haberse hecho a la idea de que procede lanzar algunos ejemplares a modo de proyectil o munición en caseta de ferias—, adelante con los libros.
Con este, en concreto, que digo ha venido a mis manos: *El tocho cheli*. Una publicación del año 1993 firmada por José Ramón Julio Márquez Martínez, “Ramoncín”: cantante de rock, actor, escritor y presentador español. Y, para quien no lo sepa, “cheli”, como recordaba Carlo Prego en *Xataka*, es:
«Un sociolecto, una habla, una especie de dialecto sin fijar pero con abundante vocabulario, una seña de identidad asociada a una ciudad (Madrid) y un tiempo (sobre todo los años 80 y los primeros 90), un ‘argot generacional’, en palabras del novelista Paco Umbral… O si le preguntamos al diccionario de la RAE, una ‘jerga con elementos castizos, marginales y contraculturales’.»
¿Y qué tenía que corroborar yo? Pues que, en algún momento, se había utilizado la expresión “abrirse” como sinónimo de apartarse, de emprender la marcha al abandonar el sitio en el que uno se encontrara. ¿Me equivoqué? No. En *El tocho cheli*, Ramoncín sostiene, entre “aborto” y “abroncado”, que “abrirse” significa: “Marcharse, irse. Hacer humo”.
Así que, ya tranquilo, me voy. Me retiré, para ser más preciso: lo que narro ahora sucedía a continuación de lo que acabo de declarar. Me abrí en busca de materias menos atosigantes que las comunes del acontecer cotidiano. Y, por aquello de figurarme que entro en la cocina, dispuesto a mancillar el nombre de tantos hombres y mujeres —aquellos que ante los fogones han sido y siguen siendo—, presté atención a una receta sin duda fuera de mi alcance. Eso, a pesar de que los autores de la sugerencia advertían sobre la simplicidad mecánica del asunto.
No obstante, me desalentaron los ingredientes, como es usual en mí. O, mejor dicho, alguno de ellos. El titular de la noticia decía: “5 formas de comer garbanzos que van más allá del cocido: recetas nutritivas y de entretiempo para disfrutar de la reina de las legumbres”. Y, de los cinco, elegí el hummus: ¡error! Para hacerlo correctamente, se necesitan 60 g. de tahini… ¿Tahini? Pues sí: “El tahini es una pasta de sésamo o ajonjolí, también conocida como tahina, tahine o incluso como crema de sésamo”. ¡Crema de sésamo! Yo no tengo sésamo. Habría de comprar sésamo. Muy mal.
El único sésamo que se me ocurría, en las inmediaciones de mi nido, es el que remite a los relatos de *Las mil y una noches*, el de la cueva de los ladrones: ¡Ábrete, sésamo! ¿Y qué debía haber hecho? Abrirme por segunda vez. Pero, ¡oh perdición!, otra vez al bulto.
Sésamo, estuve pensando, es aquello que debían decir quienes adquieren una de esas cajas sorpresa —tan de moda, según dicen— en las que se pueden encontrar valiosas novedades. Ignoro cuáles son los motivos que impulsan a las personas entretenidas en ese fabuloso deporte, aunque se explique, salvo por la relatividad del dinero —porque se tenga a manos llenas o porque se dilapide con alegre displicencia— y la hartura.
Bien es verdad que quien es comprador, compra lo que sea. Lo que sea, como yo, que no compro, pero me distraigo con banalidades. Eso me pasa.
Me destoso.
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona ChatGPT




Comments
Post a Comment