CONTAR PARA CONTAR POR ÚLTIMA VEZ
Buenas noches nocturnas… Puede ser que los cuervos hubieran revoloteado sobre su casa, graznando; puede que se hubieran detenido los caballos, negándose a pasar frente al portal de ese mismo edificio; puede que la lechuza, uno de los heraldos de la muerte, compareciera en algún lugar para avisarla. Pero todo esto sucedió mucho después.
Se había jubilado, luego de toda una vida dedicada al servicio público. Fue empleada del Estado, funcionaria. Esa tropa de burócratas que despiertan admiraciones y concitan reproches, sin graduación: o se les quiere, o se les odia.
No obstante, ya libre de sus obligaciones laborales, decidió dedicar parte de su vida a contar historias, a visitar mundos del todo distintos a aquel en el que permaneció (o eso cree ahora) demasiado tiempo. Y se puso a buscar dónde, con quién y de qué manera hacerlo. Prefería aprender mediante la tutela de los que sí saben, porque era una disciplina de la que, en realidad, desconocía casi todo, por más lectora y escuchante que hubiera sido.
Y llegó el día de su estreno. Estuvo durante varios cursos en una academia para alcanzar ese momento. Con motivo de un certamen de aficionados, para descubrir nuevos talentos, concurriría con una historia que eligió y en la que advertiría acomodo a fuerza de impregnarse de las razones del protagonista y del resto de los personajes. Estaba presta para ser la cronista de un episodio vital, simpático y emocionante.
Por eso, cuando escuchó su nombre, electrizada por los nervios —más allá de lo que debe sentirse cualquiera al salir a un escenario—, llegó al centro, a su marca, y, tan pronto sucedió tal cosa, hizo mutis. ¿Por dónde? Por las escaleras centrales, espacio habilitado para que subieran algunos invitados con butaca entre el público. Se situó al lado de su instructora y le dijo:
—Me he bajado.
Ella, su maestra, respondió:
—Ya lo sé. Ahora, te levantas y regresas para hacer eso que tú sabes.
Luego le dio una palmadita en el trasero, y, la alumna, al recibirlo, se puso en marcha hasta alcanzar el sitio desde donde llegó, como impulsada por un resorte poderosísimo. El público la recibió con una ovación generosa. Y se sintió bien.
A partir de ese momento, perdió la virginidad… en lo tocante a la narración oral escénica. Y se consagró. Obtuvo el tan deseado éxito, al darse cuenta de que ese arranque dubitativo iba transmitiéndose como un rasgo original, distintivo, capaz de entretener a gentes de todas las edades.
Como bien se sabe —por razones que podrían explicar los especialistas—, tenemos una especial necesidad de que nos repitan aquello que nos ha gustado mucho: el helado de chocolate, *Penélope*, de Serrat; la teta, de Rigoberta Bandini… Y, si no nos lo dan, nos sentimos defraudados.
Así que ella, simplemente, salía a recibir la luz de los focos, y se quedaba quieta y callada, cada vez durante más tiempo. Como si estuviera en trance. Luego, al igual que algunos experimentan el riesgo bajándose en marcha de una atracción circular, dejaba en suspenso sus alocados pensamientos y, con la última resonancia, armaba una historia. No necesariamente una nueva. Una existente o una ya dicha de la que se apropiaba.
De esta manera, pasó el tiempo. Sus crisis duraban cada vez más. Daba lo mismo, porque la gente se mantenía sobre los asientos con aplomo: la promesa de una pieza de orfebrería en los labios de su narradora favorita merecía la pena.
No obstante, un día salió. Digo, del teatro. Pasaron las horas, los días, los meses… y las personas, el público, llenaba la sala cada veinticuatro horas, porque esperaban su regreso. Si cada vez que estuvo en silencio administró los verbos como maravillas estelares, qué no haría esta vez.
Pasaron los años. Y un día, por fin, regresó. Había estado de viaje y había visto a los cuervos graznando sobre el tejado de las varias casas que tuvo, y supo que las caballerías no sobrepasaban los portales de las viviendas en las que descansó, y acababa de ver a la lechuza, uno de los heraldos de la muerte.
Una vez frente a su público, sin explicaciones, narró aquella historia que se atribuye al escritor y ensayista argentino Enrique Anderson Imbert…
“La automovilista (negro el vestido, negro el pelo, negros los ojos, pero con la cara tan pálida que, a pesar del mediodía, parecía que en su tez se hubiese detenido un relámpago), la automovilista vio en el camino a una muchacha que hacía señas para que parara. Paró.
—¿Me llevas? Hasta el pueblo no más —dijo la muchacha.
—Sube —dijo la automovilista. Y el auto arrancó a toda velocidad por el camino que bordeaba la montaña.
—Muchas gracias —dijo la muchacha con un gracioso mohín—, pero ¿no tienes miedo de levantar por el camino a personas desconocidas? Podrían hacerte daño. ¡Esto está tan desierto!
—No, no tengo miedo.
—¿Y si levantaras a alguien que te atraca?
—No tengo miedo.
—¿Y si te matan?
—No tengo miedo.
—¿No? Permíteme presentarme —dijo entonces la muchacha, que tenía los ojos grandes, límpidos, imaginativos, y enseguida, conteniendo la risa, fingió una voz cavernosa—. Soy la Muerte, la M-u-e-r-t-e.
La automovilista sonrió misteriosamente.
En la próxima curva el auto se desbarrancó. La muchacha quedó muerta entre las piedras. La automovilista siguió a pie y, al llegar a un cactus, desapareció.”
Desapareció. Digo que ella, la narradora, tras unos segundos más de silencio, de propina, se adentró en el teatro, tras los cortinajes, allá en lo oscuro, evitando la luz definitivamente. Había concluido su larga marcha.
Me destoso.
https://ciudadseva.com/texto/la-muerte-anderson/
La imagen se obtuvo gracias a los servicios que proporciona COPILOT




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