DE ESA LUZ MINÚSCULA QUE ALUMBRA A LOS QUE SON VISTOS SOLO POR LOS DESPREOCUPADOS
Buenas noches nocturnas… Los grandes nombres propios de la humanidad están escritos en los libros de historia, aparecen en los medios de comunicación o se citan sus actos y pertenecen al conocimiento popular, en alguna medida. Sin embargo, existen personajes que tuvieron su época y dejaron huella, aunque quedaran sepultados bajo el paso de los gigantes de siempre.
En la “Gaceta de los Curiosos y los Raros”, publicación del año 1783 que se puede consultar mediante el acceso a las bibliotecas estatales, se registraron las referencias biográficas necesarias para comprender lo que supuso, para el siglo XVII y principios del XVIII, el singular caballero don Alfonso Mier Coles de Bruselas y Caldero. Nada que ver, por cierto, con familia alguna radicada en la ciudad belga, al menos en cuanto a procedencia y antepasados directos.
En la publicación dicha se lee:
“Nacido en fecha nebulosa, aunque sin duda bajo el signo de Saturno, el señor Mier Coles de Bruselas y Caldero fue único vástago de una estirpe que supo conjugar el boato del terciopelo con la frugalidad de la zanahoria hervida. Su morada, situada en el barrio de las Letras, olía perpetuamente a alcanfor, y en ella se conversó como si se temiera despertar a los muertos.”
Aunque su familia se originó en torno a un empresario del gremio de las artes gráficas, poco más se sabe. Las crónicas enseguida refieren algún notorio pasaje de juventud, como aquella ocasión en la que paseó por la plaza de Cascorro, no con un guacamayo escarlata —cosa que habría supuesto, a ojos de los demás, un símbolo de lujo reservado para la nobleza—, ni con un ave del paraíso —claro indicio de riqueza y gusto sofisticado, digno de un coleccionista de historia natural—. Paseó llevando consigo a un pequeño mamífero exótico: un armadillo. Porque pensó que, incapaz de asumir la representación social que suponían los animales anteriores, ni contaba con el brillo del dinero para sostener semejante gala, con un animalillo así toda la ciudad iba a comentar lo sucedido.
Entonces dijo que todo aquello eludía la gratuidad de las acciones improvisadas, y que estaba hecho para tributar a la zoología cuando los intereses melancólicos de la vida dominaban el paso vacilante de la humanidad. Se sabe que escandalizó a las damas del barrio y fascinó a los niños. Algunos consideraron que se trataba de una fórmula de duelo inacabable, y otros reconocían ser de la parte en la que las inquietudes estéticas del momento afloraban.
Cerca de la madurez, Mier Coles de Bruselas y Caldero se entregó a la contemplación de lo inerte. El lugar donde se alojaba, según testigos, parecía más gabinete anatómico que dormitorio. A los treinta años publicó —gracias a la condescendencia familiar— un opúsculo titulado “Sobre la textura del silencio”, del cual se conservan dos ejemplares ilegibles puestos a la venta en distintas plataformas en las que se comercia con artículos de segunda mano. El texto, de acuerdo con lo que manifestaron lectores que no han querido identificarse, “pretende instruir al lector en una técnica respiratoria capaz de dilatar el tiempo, o bien de abolirlo”.
En su madurez, sin embargo, exploró nuevas vías de creación. En cierta ocasión se valoró con entusiasmo su destreza para conseguir graciosas esculturas mediante el tratamiento de pan semiendurecido. Y, por esa apreciación positiva, el caballero se consagró a la recreación de escenas históricas con esos mismos materiales. Esta práctica, que le valió la admiración de un crítico marginal y la enemistad del gremio de la panadería, fue tenida como una muestra de un futuro arqueológico, a propósito del contacto con materiales míseros.
Su marcha de este mundo no fue menos enigmática. Parte de las gentes que lo conocieron y admitieron acordarse de este personaje aseguran que se desvaneció como lo hace incluso el humo más espeso; otros, que fue absorbido por una de sus propias instalaciones. Lo único cierto es que, en su buhardilla, se halló un cartel manuscrito que rezaba:
“El que bien se retira de la ventana, deja paso a la luz.”
No por lo que hizo, sino por la forma en que se ausentó, su nombre, aunque apenas un murmullo, merece figurar entre los ilustres de la rareza.
Me destoso.
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona GROK





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