DE ESTRANGULAR FOTOGRAFÍAS MEDIANTE LA PALABRA
Buenas noches nocturnas… Como no tengo más compromiso al redactar estos comunicados que el de mantenerme fiel a lo que deseo o me propongo, quien desee acercarse y leer lo hará libremente, y quien me ignore o desconozca todo de mí, o conociéndome considere que esto que ofrezco no merece la pena para gastar su preciado tiempo, hará bien en actuar como le plazca. Pero como no tengo otro compromiso con personas ni con situaciones, sino con lo que me apetece, doy por establecido que repetir temas, de un día para otro, es una arriesgada apuesta y, a la vez, irrelevante. Por eso, una vez más, hablaré de frases hechas o por hacer, de otras frases…
Imaginen. Una pareja sentada bajo un árbol permanece quieta. Están observándose. El tiempo transcurre con sosiego en un espacio donde predomina la naturaleza sin intromisiones. Y nada más. El autor de esta instantánea, preso de sí y de sus emociones, edita la foto para compartirla en las redes sociales y escribe: «La mayor declaración de amor es la que no se hace; el hombre que siente mucho, habla poco. Platón». Porque, si uno se sirve de autoridades clásicas, el asunto se ennoblece muchísimo. Digo yo que piensan esto. En plural porque no son uno ni dos ni tres. Un recurso, una iniciativa, a la que suelo dar esquinazo. Como decía la gente joven hasta hace poco: siguiente.
Me parece una forma de recargar aquello que se ve, que habla por sí solo, o que no habla —el silencio es, por supuesto, otra forma de comunicación— tan contaminante como otros usos en el presente tenidos por perniciosos en distintos ámbitos. La superposición de motivos lleva desde el exceso al asco, creo. Cansa, repugna. Y si mencionamos a las brigadas de implementación de sentencias edulcoradas salidas del horno de la autoayuda, corremos el riesgo de adquirir el germen de la bondad simplona, de la verdad mágica, del zurcido con hilos de adamantina y la cura sana culito de rana. Entre el misticismo barato y la grandilocuencia de parque de bolas, esa corriente salvadora del mundo cala, y sin darse cuenta, uno puede emitir estrofas de consolación como rosarios hechos con dientes de unicornio. Una grave enfermedad que, en algunos casos, no tiene cura.
Ahora imaginen de nuevo. De Goya, *El 3 de mayo de 1808*, también conocido como *Los fusilamientos*. Óleo, pintado en 1814, que representa la ejecución de patriotas españoles por parte del ejército napoleónico tras el levantamiento del 2 de mayo en Madrid. La escena se desarrolla de noche, iluminada por una linterna que proyecta sombras dramáticas y acentúa el horror del momento. Lo actualizo, por si alguno no conoce, o no recuerda, o tiene pereza en el caso de buscar una reproducción en internet.
En el centro, un hombre con camisa blanca y brazos abiertos se enfrenta a los fusiles. Su expresión mezcla terror y dignidad. A su alrededor, otros condenados esperan su turno o yacen muertos en el suelo, con rostros desfigurados por el miedo o la muerte. Los soldados franceses, alineados como una máquina impersonal, disparan sin mostrar sus rostros: son una masa anónima, deshumanizada. El fondo muestra una colina oscura y edificios lejanos, reforzando la sensación de aislamiento y tragedia.
Pues bien, supongan que Goya fuese uno de esos capaces de endilgar frases donde no hace falta. Y que Paulo Coelho hubiese sido contemporáneo del maestro aragonés. Y que de este autor hubiera elegido, para acompañar lo ya descrito, este conjunto de palabras, gloria del pensamiento occidental: «El dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional»… ¿Se dan cuenta? Este es el caso. No caigan en ello. O hagan lo que estén dispuestos: hacer el ridículo también es humano.
Me destoso.
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona GROK





Comments
Post a Comment