TERAPAUTA
Buenas noches nocturnas… Porque estoy mirando a través de la ventana y observo el asfalto mojado, y húmedas las hojas de los árboles, las aceras y los autos que pasan, y gris el cielo, uniforme ahora, nada amenazador. Surge la pregunta de si habrá algún tipo de terapia para superar la melancolía de un viernes de riguroso paraguas. O si la contemplación de este panorama urbano será terapéutica.
Son solo dos variantes. Puede experimentarse añoranza o identificarse fortalezas en el mismo devenir de una jornada como la descrita. De hecho, en una sociedad enferma, deudora de asistencia sanitaria especializada para restaurar el equilibrio perdido a causa de agentes externos e internos que acosan, se necesita cura. Es una apreciación que surge al advertir que todo lo que se hace, o es terapéutico o exige terapia.
Se daba noticia de una función teatral y se mencionó la terapia como elemento diferenciador y valor añadido, propio de productos culturales que se equiparan a otros en igualdad artística y filosófica, que distraen mucho y entretienen, pero merecen la pena por ese sobreañadido mediante el que se perfila a la venta todo lo que se menea. Es decir, como en otras ocasiones, se está en el mercado. Un zoco en el que proliferan los artículos terapéuticos y en el que puede adquirirse de todo: bueno —caro, porque si no, aseguran, no es bueno de verdad— y sanador, para durar muchos años.
Terapéutico es el canto de los pájaros. Según algunos estudios, el canto de las aves mejora el estado de ánimo y reduce los síntomas de la depresión y de la ansiedad. Hay quienes aseguran que treinta segundos de exposición a esas manifestaciones sonoras pueden generar un impulso emocional equivalente a varias horas de bienestar. De hecho, cuando en los espacios urbanos predominantemente verdes existen aves cantoras y se tiene la oportunidad de escucharlas, los beneficios obtenidos son mayores. Y la diversidad de especies contribuye aún más a esa adquisición de bienestar. Porque la naturaleza ayuda mucho. La misma naturaleza que, vaya por Dios, hoy se ha tornado incómoda, si no peligrosa.
Pero hay quien estima que, como sucede —dicen— con las adversidades económicas, el mal tiempo es una oportunidad. También de estos reveses pueden extraerse enseñanzas que restauren. Basta recordar la cuarentena del año 2020, durante la epidemia de la que íbamos a salir mejores. Se aprendió mucho sobre uno mismo. Tanto que se sigue haciendo lo que se hacía, pero con más conciencia. Con remordimientos o sin ellos, pero más despiertos.
Hoy es terapéutico el agua con limón y la fabada asturiana, la música a trueno limpio y la meditación yoga todo en uno. Nada se salva de la etiqueta. Lavar a mano es terapéutico, como lo es arar la tierra con bueyes. Son terapéuticos los videojuegos y la degustación de aros con cebolla en restaurante de tres estrellas o más. Es terapéutica la cita familiar, como adquiere calidad de lo mismo personarse en un servicio de acondicionamiento estético de las zarpas, por el que se pagará no sé cuántos dineros: en sobre o al contado, depende…
Este texto puede acreditarse como terapéutico y ofrecer razones que lo respalden. Cuando la hegemonía de algo se impone, todo pertenece a ese principio rector. Todo es terapia, todo terapéutico, y esta escritura lo es porque ha de vincularse al deseo de inclusión al que todo comunicado tiene derecho.
Al lector le parecerá muy curativo si le gusta, porque habrá incorporado otro valor a su vida —cuestión de rentabilidad—; y si le parece un bodrio, participa del denominador triunfante, porque reconocerá patrones indeseados y logrará identificar, a la primera, lo que le hace perder el tiempo. Es seguro que será así.
Por eso, me destoso.
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona ChatGPT.





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