VESTIDOS PARA LA OCASIÓN
Buenas noches nocturnas… Me he fijado en la fotografía sin que mediara gusto estético ni otro interés que se alejara de la idea de contraste. Se trata de un hombre, farmacéutico, según se informa en la noticia —o reportaje, o referencia publicitaria, que de todo eso hay—, a quien bien se podría tomar por un modelo de pasarela, si no se hubiera indicado previamente su profesión. Incluso cabe la posibilidad de que compagine ambas actividades.
Este hombre, por modelo, por ejemplo, es el punto de apoyo mediante el cual sostendré la palanca de un prejuicio. Uno propio.
Imaginemos que me presento en un taller mecánico —cosa improbable, porque carezco de automóviles o cualquier otro tipo de vehículo— y me reciben el dueño, el empleado o ambos, con uniformes impecables. En ese instante, se instalaría en mí la duda. Y, de inmediato, la sospecha. Si la labor que desempeñan personas habituadas a mancharse la ropa —porque tratan con materiales, como mínimo, grasientos— no puede ser examinada a simple vista, respaldada por los hechos, algo extraño ocurre. Puede que acaben de empezar, que estrenen uniforme, que sea lunes y aún no hayan tenido tiempo de ensuciarse. Sin embargo, son demasiadas coincidencias.
Así pues, abogo por aquello de que la mujer del César, «además de honrada, debe parecerlo». Los recelos, siempre que puedan ser fundados, originan inquietud. Y bastantes se rifan todos los días, con la certeza de que más de uno nos ha de tocar, porque llevamos papeletas de todos los colores.
Por lo tanto, no. El mecánico, hasta las trancas de aceites y otros ungüentos. El farmacéutico, con bata. Con su ropa de trabajo, para no caer en el error. Al menos, para que yo no me equivoque. Y afirmo, además, que si tuviera que elegir —sobre todo cuando no se conoce nada más de la otra persona—, me sentiría más próximo a quien parece ser lo que es.
Ahora bien, reconozco que este personaje al que me he referido estaría ejerciendo parte de su profesión. Más aún si, a las labores propias del despacho de medicamentos, se suman la venta de productos de cosmética y la asunción, en las propias carnes, de la idoneidad de aquello que se ofrece como producto excelentísimo, el aderezo estético prima y la bata sola podría empobrecer la imagen del hombre anuncio.
Porque, creo, de esto hablamos al final: seres humanos con virtudes y destrezas que se colocan en el escaparate como parte del producto mismo que desean hacer llegar a los otros.
Si, regresando al ejemplo del taller, por hermosos que sean sus trabajadores, demuestran estar en consonancia con lo que dicen que hacen —a juzgar por los resultados visibles de sus actos—, este caballero que he visto, con nombre de «guerra», como los artistas, simplemente trabaja en lo suyo, diversifica sus intereses y, seguramente, alcanza nuevas metas y crece económicamente. Muy bien.
Dicho esto, si tuviera que confiarle algún aspecto de mi salud y me lo encontrara en plena demostración de sus habilidades como prototipo de belleza glamurosa —al borde del inicio del desfile y enseguida foco de atención en la fiesta que venga después—, pues qué quieren que les diga: mejor con las luces normales, la ropa aseada conforme a la función clásica y el mostrador. Siempre el mostrador. Es un gran invento el mostrador.
Sobre uno de ellos, ahora mismo, podría dejar las conclusiones de esta perorata, para que no piensen ustedes que abandono esta tarea comunicativa a medio terminar. Ninguna otra cosa me ha interesado de un señor que ni siquiera nombro —porque no me parece relevante, aunque tal vez lo sea—, ni lo fueron las notificaciones que acompañaban la pieza de prensa a la que aludí. Solo mi prejuicio. Mi antigüedad. Mi aspecto caduco.
Me destoso.
https://www.elmundo.es/yodona/vida-saludable/2025/10/03/68bad702fdddff402b8b4575.html
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona ChatGPT y fue editada más tarde.




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