AGUA LICUADA
Buenas noches nocturnas… Por causas que no tengo del todo claras, simpatizo con algunas manifestaciones culturales pensadas para la infancia. Asimismo, me atraen ciertas elaboraciones que no pretenden otra cosa que entretener y se asocian al mundo de los más pequeños. Puede decirse —si se intenta administrar, desde fuera, las posibles explicaciones que se deriven de una conducta así— que aflora la criatura que, según algunos, nunca deja de alojarse dentro de nosotros. Es una suposición, no cabe duda, pero la niego con vehemencia. No porque reniegue de mi infancia ni de la infancia ajena —a no ser que me perjudique—, sino porque ahora me valgo de recursos de adulto que, cuando fui un chaval, ni siquiera consideré.
Por otra parte, habrá algo de fundacional; será lo que me conecte, un principio adquirido durante esos tiempos, claro. Sin embargo, por fortuna, mis límites se han ensanchado y mis apreciaciones están sujetas a la evolución que me deja en el tipo que escribe y agradece, en este sentido, la atención que se le presta.
Dicho esto, porque escuchaba la tele —si se puede ver la radio, como es común hoy en día, no sé por qué no puede atenerse uno, tan solo, a lo que por conducto auditivo llega de una emisión televisiva—, escuchaba, digo, fragmentos de la película *Gru, mi villano favorito 2*, y me di cuenta de que existe una publicidad dedicada a esa gente, tratada en una canción por Joan Manuel Serrat como “esos locos bajitos”.
En efecto, había sintonizado un canal exclusivamente dedicado a los chiquilines. Y, como tele comercial, periódicamente se interrumpía lo que fuere que se estuviera ofreciendo para informar a los entusiastas de este formato de comunicación que existen productos muy de su interés. Especialmente ahora, que llegan esas festividades pródigas en el gasto —¡cuáles no lo son!— y, una vez más, los adultos están dispuestos a dejarse llevar por las ganas.
No me impresionaron las ofertas, primero porque algunas eran reelaboraciones de juegos ya conocidos, y segundo porque la mayoría me parecieron de carácter extraterrestre. Además, una conocida marca de muñecas terminaba su exposición con el eslogan: “Puedes ser lo que quieras”. Un valor que me pareció sospechoso. Ahí, en la linde entre la fantasía y la rentabilidad del futuro como persona triunfante al servicio del sistema. Pero, vale. Al fin y al cabo, cuántas cosas espinosas no son cactus haciéndose pasar por rosas.
En este anecdotario de la jornada, será mejor que apunte lo registrado unas horas antes. La mar se había licuado para recibir a los pescadores. Me refiero a que, tan líquida como siempre, en una de sus versiones mansas, límpidas, adorables —de agua cuando se piensa en agua solo para bien, sin sustos—, permanecía dentro de sus límites, incluso contenta de los aparejos humanos con los que estos madrugadores pretendían atrapar esas sombras escurridizas que habitan no lejos de la costa.
Ahora bien, como sabemos, esta forma de apreciar lo que nos rodea es provisional, por cuanto el objeto de lo que se observa cambia. El objeto, la razón de ser y la misma estructura o la esencia de lo que se examine. Cambiamos, en realidad, todos. No obstante, ocurre —contra lo común— que sobreviene la sorpresa en los cambios marinos al acelerarse los procesos y presentarse el arrebato. Entonces tenemos al océano con otra cara. Un rostro fascinante, por un lado, y de despiadado ejecutor, si se consideran las terribles consecuencias a las que puede conducir. Como fuere —y puedo atestiguarlo—, la cara despejada del horizonte no supuso inquietud ni cuidado.
Por otra parte, otra cosa diré del recinto del desayuno en el momento en el que vinieron ellos. Los otros. Sobre todo una tropa con líder locuaz, empeñada en que nos enteráramos de los pormenores de su vida, cosa para la cual no hizo falta que los tímpanos de todos los presentes se esforzaran demasiado.
En estos casos me pregunto si algún genio loco de estos de película, admirable científico, mago imparable o dueño del absurdo —como Joseph Albert Nefario, más conocido como el Dr. Nefario, compinche o socio del “malvado” Gru, al que me refería cuando este comunicado daba comienzo—, podría hacer algo beneficioso para la humanidad y librarnos de los sonidos indeseados. Como el que tiene un sonotone y lo apaga. Claro que igual hay que pasar por una sordera previa. Habrá que estudiarlo.
De lo que queda de domingo al lunes.
Me destoso.
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona COPILOT




Comments
Post a Comment