JIRAFA
Buenas noches nocturnas… Algunos expertos a los que he consultado tienden a descartar todo peligro. Pusieron el acento en la seguridad, toda vez que el análisis del presente les invita a concluir con una idea sustentada en la improbable marginación explícita. Si bien es cierto que hay circunstancias activas que suponen un riesgo de estigma social al no participar en la tendencia mayoritaria, la sospecha de la que se parta es una reacción inherente a la naturaleza humana. El precio de ser “raro” en esta nueva cultura de convivencia ha de ser la incomodidad social constante y el peso de las asunciones negativas.
Y, sin embargo, en medio de esta lógica de exclusión sentimental, se me ocurrió una solución tan absurda como inevitable. Todo porque me he estado preguntando por las mascotas. Otra vez. Al observar que la población de perros, gatos, loros, ratones y otros distinguidos miembros de la fauna más o menos doméstica crece asociada a la complacencia humana por estas criaturas, advertí la ocasión de que se establezca un cordón sociosanitario dentro del cual quedarían relegados los que ni tenemos animales ni pensamos tenerlos. Es decir, un gueto. Un apartado donde habríamos de juntarnos los extravagantes, los peculiares.
Esta mañana, durante el día de la fecha que acabará como uno de los últimos de la temporada en el chiringuito que más frecuentamos a la hora del desayuno con vistas, a pesar de acercarnos a hora temprana, la disyuntiva era: niño con tropa de adultos muy altos a la izquierda, señora con perrito a la derecha. Difícil elección. Los cuadrúpedos ya son norma. Es raro acudir a cualquier sitio sin tener cerca, además de insectos y pájaros, a otros con permiso para aposentarse como si tal cosa. Y no hablo de los niños.
Eso sí: en el caso de las criaturas humanas y en el de los canes, su capacidad de deambular libremente nunca se observa afectada.
De hecho, muchas veces, los perros —seres que, por razones obvias, transitan por el suelo, y se ensucian por tanto— son depositados en las sillas dispuestas para ocupar sitio junto a una mesa como todo hijo de vecino. En igualdad de condiciones. Ahora: ni los dueños —digo, madres y padres de los animales— ni el servicio de hostelería, al menos en la experiencia a la que me refiero, se preocuparon— ni se preocupan en general— por servirse de los materiales de limpieza correspondientes para restaurar el mobiliario a su estado de uso inicial. Que supongo es excelente. O debería serlo.
Pero no lo hacen. No.
Y, como no lo hacen, he decidido huir hacia adelante. “Si no puedes con el enemigo, únete a él”, se dice. Pues más lejos. Domesticaré a una jirafa común, *Giraffa camelopardalis*, a fin de llevarla conmigo, como otros llevan palomas. Algunos incluso tienen amigos que trabajan en la NBA y miden un poco menos de la mitad que una jirafa. Por otra parte, tienen sus indudables atributos de fortuna.
Podría colaborar con los servicios de socorro en las playas: desde allá arriba, nada se les escapa a las del alargado pescuezo. También con los paparazzi, que agradecerían su cuello telescópico para espiar desde el paseo marítimo. Y, por supuesto, sería una atracción turística de primer orden: donde se aparece una jirafa, una peregrinación de devotos modifica su número hasta alcanzar el grado de multitud.
¿Educación ambiental? Perfecta. ¿Fertilización ecológica? También. ¿Terapias asistidas? Por supuesto. Todo son ventajas.
Habría que hacer, no obstante, cambios que, dada la inestabilidad de los apoyos políticos actuales, están muy al alcance de ser conseguidos. Solo hay que saber a quién embarcar en el proyecto y establecer las alianzas necesarias. Cabe señalar la “Normalización del gigantismo doméstico”; el diseño de una “Nueva etiqueta urbana” favorecedora de actualizadas reglas de cortesía específicas; un programa pionero de reeducación infantil indicado para que los niños aprendan en la escuela cómo convivir con jirafas; un plan de adecuación del ocio y la movilidad que tendría como objetivo incluir a las jirafas en parques con árboles altos, cines al aire libre con visibilidad adaptada a sus condiciones físicas, etcétera.
Sin olvidar que, para todo esto, serán decisivas las normas y decisiones legislativas tendentes a garantizar este tipo de consecuciones. Porque, digo yo: ¿no tendré derecho a amar a las jirafas, a empadronarme con una de ellas como compañera de vida y a ser aceptado como otro ciudadano más?
Ahí queda la pregunta. Un interrogante para el que espero urgente respuesta. Tomen nota aquellos a quienes corresponda.
Me destoso.
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona COPILOT





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