LO QUE SE VE, LO QUE SE VELA
Buenas noches nocturnas… Dos personas en el momento de la captura. Un ojo humano, perteneciente al ser profesional responsable de las acciones que vienen a continuación, percibe formas, texturas, luces, un devenir. La persona, experta en apoderarse de los momentos, actúa mediante ingenios mecánicos con el fin de sostener que eso que pasaba, ocurrió. En la sala de exposiciones puede comprobarse.
Montan en bicicleta. Solo una de ellas pedalea. La otra se deja llevar como pasajero, en clave circense. Ambos visten ropas de trabajo y, a juzgar por lo que puede observarse, las consecuencias de la labor que desempeñan origina manchas, produce deterioro. No se sabe si van o si vienen. Ni a dónde.
Al fondo hay un muro de piedra envejecido, con grietas, como las que tienen las personas que acreditan haber vivido lo que les correspondía y más. En la esquina superior derecha hay una ventana con barrotes… es decir, “barrotes”, basta escribir la palabra para que, en quien comunica, aparezcan imágenes de encierro o de recogimiento extremo, justo al terminarla.
Los dos hombres podrían ser compañeros, incluso familiares. El artista tal vez haya preferido el blanco y negro para acentuar el carácter documental de lo que muestra. Como si dijera, con las pruebas en la mano: “Esta es la vida”.
Sin embargo, en esta colección hay otras fotos que no se verán. O mejor dicho: no todos llegarán a tenerlas a la vista. Para descubrir lo que ofrecen, sus detalles, hay que concordar con este supuesto: del mismo modo que en cada uno de nosotros habita el bien y habita el mal, la realidad de las cosas puede estar compuesta de equilibrio y desorden, de su lado cierto y su oposición. Por eso, cuando miramos, tal vez algo de lo que lleguemos a apreciar esté superpuesto y oculte algo que podríamos ignorar eternamente.
Si quieren probar, contemplen y analicen conmigo. ¿No son también dos hombres los que están empezando a descubrir? Dos jóvenes, impecablemente vestidos, con ropa de diseño, sobre una bicicleta estática en un gimnasio de lujo. No hay sudor ni riesgo de futura carga de trabajo. Se mantienen relajados, atentos a una cámara cuyos secretos conocen, y a un fotógrafo tan artista como cualquiera que haya elegido este otro mundo para desarrollar lo que, por destreza y talento, lo ha llevado a donde está.
Como en la fotografía anterior, no aparece en la imagen. Puede que los dos hombres a los que prestamos atención estén siendo retratados para una campaña publicitaria. Quizá sean famosos y hayan accedido, mediante algún tipo de pago, a posar en esas instalaciones que administrarían o con el propósito de promocionar sus propias vidas, que interesarán mucho a consumidores ávidos de saber a qué se dedican sus vecinos en el planeta.
El fondo es una pared blanca. Inmaculada. Casi refulgente por las exigencias de ser como objeto de joyería. Hay un espejo que duplica la escena. Duplica la artificialidad del conjunto. Por lo demás, todo está limpio. Es simétrico. Sin otra dinámica que pueda presuponerse.
Con la serenidad de las evoluciones publicitarias, los personajes sonríen y no se cansan. Aquí solo hay evasión, simulacro y estética de manual. Bajo la poderosa historia de cabecera, esa que sí se puede ver, reside un volátil infortunio de plástico. Piedras antiguas y seres que laten, aupados desde la supuesta cumbre del artificio universal.
Me destoso.
La fotografía es una obra de Enzo Sellerrio y aparece en:
https://www.tumblr.com/joeinct/800739295733432320/the-naval-shipyards-palermo-photo-by-enzo




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