MUESTRARIO DE SINTAGMAS REALIZADOS PARA ANUNCIAR EL NOMBRE PROPUESTO MEDIANTE EL QUE SE DESIGNE UNA OBRA CIENTÍFICA, CULTURAL, O DE VARIEDADES
Buenas noches nocturnas… En la radio, dos escritores, también periodistas, hablaban, a instancias del presentador del programa —como los invitados, perteneciente a los mismos gremios— de sus dos últimos libros, del contenido de dichas publicaciones y de la actualidad. Explicaron, entre otras cosas, el origen de los títulos que cada uno de ellos tomó para aludir a los asuntos de su creación.
Fue cuando uno de los dos estuvo refiriéndose al curioso quehacer que emprendiera tiempo atrás: elaboraba títulos que guardaba en una gaveta para tenerlos allí y servirse de esa reserva en caso de necesidad, o como futuro regalo para otras personas.
Él lo escuchó todo y, como reconocía en sí una incapacidad categórica para hacer cualquier tipo de literatura, pero estaba muy interesado en la indescifrable oportunidad de un título, decidió coleccionarlos.
Desde joven supo que no compondría poemas memorables, ni la prosa lo acogería como hace, en ocasiones, con aquellos que están en las cumbres de la cultura.
Pero le fascinaban esas frases cortas, comprensibles aunque, a la vez, armadas con el ánimo de dejar cierto margen a la interpretación o al misterio. Aquellas que conectan con el contenido, con el tono o con el núcleo emocional de la obra.
Le parecían preciosas porque se distinguían al evitar las apelaciones o lo genérico, porque salvaban el escollo del mucho uso y, en los casos en que suponían la circulación de un río de palabras, abundaban en ritmo o fuerza poética.
Sabía que un buen título puede oler, sonar, pesar o aludir sin decirlo todo. Estos son fáciles de pronunciar, asequibles al recuerdo y dejan impresiones duraderas.
No obstante, el contraste y la paradoja confieren potencia y no deben desdeñarse a la hora de titular. Como fuere, los buenos admiten lo concreto y lo abstracto. Y se adaptan: funcionan bien en portada, en un cartel, en un programa, etcétera.
Era lo primero que le llegaba, lo que le quedaba zumbando en la mente. Para él, un buen título tenía que ser como un nudo que uno no quisiera desatar, o como una puerta cerrada cuya llave debía encontrarse para superar el umbral que permanece cancelado.
Lo más paradójico es que no cabría tildarle de lector, no como concebimos que es un lector. De hecho, no leía los libros: examinaba con júbilo la inscripción de la portada, hasta el punto de no querer más. Clasificaba, anotaba, traducía, incluso corregía los que le parecían fallidos. Con los años, esa urgencia se convirtió en obsesiva cotidianidad.
Y, por fin, tras la emisión de radio que acababa de escuchar, los títulos que otros elaboraban iban a pasar a ser de su propiedad. Empezó a imaginarlo. Los copiaría en cuadernos con tapas de hule, luego en tarjetas clasificadas por emociones, géneros, palabras clave. Y tendría secciones enteras: “Títulos con animales”, “Títulos que son preguntas”, “Títulos con estaciones del año”, “Títulos prohibidos”.
La fama llegaría, pero no de frente. Tal vez uno de esos verdaderos escritores lo citaría en una entrevista: “El título no es mío, me lo regaló...”. Desde ese momento, algunos autores acudirían a visitarlo o le escribirían, buscando la gloria de un nuevo título. Se abstendría de convertir su pasión en dinero, pero habría que respetar sus condiciones: “El título elige al libro. No es al revés”.
Y si alguien llegaba a descubrir que en su residencia se encontraban archivados papeles sueltos con nombres de novelas que no existían, películas que jamás se filmaron, cuadros que nadie pintó, juraría que eran reales, ciertos, evidentes, precisos, antológicos, inenarrables: una verdad larga, cargada de peso escrito, como lo era el título de su colección.
Me destoso.
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona DEEP.AI




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