PÓLVORA PARA NADA
Buenas noches nocturnas… Desconozco la naturaleza de la festividad del día de hoy. A ver: sí que sé que es uno de noviembre y que los comercios, en general, más allá de las salvedades oportunas, están cerrados; no solo porque es sábado, sino porque cesan las obligaciones laborales a causa de las albricias que confiere la celebración a la que aludo. Y que se desarrollan ritos que tienen que ver con la iniciativa del papa Gregorio III, allá por el siglo octavo, al dedicar una capilla en la Basílica de San Pedro en honor de Todos los Santos. Y sé que las personas compran las últimas flores y acuden a los cementerios. Lo sé.
Sin embargo, esta mañana las campanas ardían sobre los campanarios. La frecuencia de uso superaba todos los récords. Cuando no eran tañidos, eran explosiones pirotécnicas... o ambas cosas a la vez. Y eso me recuerda aquella vieja leyenda.
Se dijo de Santa Marta Randela del Obispado —según la traducción al español—, localidad fronteriza situada cerca del lago de Lugano, en la provincia de Varese, en Italia. Santa Marta fue una población que se desarrolló en torno a la fuerte guarnición militar dispuesta en tal enclave. La misión de aquellos soldados consistía en avistar tropas enemigas y proceder a su primera neutralización.
Aunque los riesgos figuraban en el mapa de la zona, las gentes que residían en Santa Marta gozaban de una bien ganada prosperidad. Como todo centro entre territorios, el comercio ofrecía oportunidades: gestionadas por algunos para bien y, en otros casos, con constantes apelaciones al abuso. No obstante, las personas lograban apañarse sin caer en la idea de poner sus ojos en otros emplazamientos donde refundar sus vidas.
Por otro lado, así como se reseñan las ventajas, cabe considerar los inconvenientes de cada jornada. El cuartel de artillería funcionaba como un reloj de los que se fabricaban en el país vecino. A las seis en punto, un vigía subía a la torre del campanario con un catalejo ceremonial. Tras observar el horizonte y examinar la frontera con Suiza, asentía como estaba convenido por las ordenanzas. Entonces, el oficial eclesiástico daba la orden, y las campanas de la capilla del cuartel sonaban para dar aviso a las del oratorio de Santa Marta.
Comenzaba un largo toque con el que se avisaba a la población de la estabilidad en la línea —así llamaban a la ausencia de enemigos—. A la vez, los cañones de artillería resoplaban fuego sin munición, a dúo con los bronces del campanario. Y esto podía durar horas.
Tal vez por eso, los censados en Santa Marta, todo lo más, se mantenían en número. Por muy bien que se viviera allí, la idea de experimentar esa costumbre tranquilizadora disuadía a casi todos los forasteros.
Y si de costumbres hay que hablar —y de rigores— no ha de olvidarse la precisión sagrada con la que llegaban los suministros: en especial pólvora y proyectiles. Convenía que el puesto no estuviera desabastecido nunca.
A nadie se le ocurrió detenerlos. El mandato venía de arriba —aunque nadie supiera quién o qué era arriba exactamente—. Para explicar este desorden, quienes estaban en disposición de hacerlo se remitían a antiguos contratos firmados en tiempos de guerra, ministerios que ya no existían y sellos oficiales que ninguna mano viva pudo desobedecer.
Las salvas que sonaban cada tarde, a decir de quienes comparaban en los mentideros de la plaza, no suponían rito, sino desahogo: necesidad. Tanta pólvora se acumulaba que no quedaba sitio, así que había que quemarla. Y lo de las campanas, solo habilidad para enmascarar ceremonialmente lo que no tenía otro propósito.
Los comerciantes sacaban provecho de la maniobra. Vendían tapones para los oídos, postales con escenas de cañonazos y pequeñas figuras de artilleros hechas de pan duro. Las tabernas ofrecían el menú de alerta, consistente en platos de cocina concebidos para una digestión tranquila, a pesar de lo agitado del acontecer en Santa Marta.
Los monjes del oratorio llegaron a desarrollar una teología sobre el disparo ritual. Decían que el estruendo mantenía alejado al diablo, como un conjuro mecánico. Incluso lo rezaban:
“Líbranos del invasor, aunque no venga. Protégenos del olvido, aunque no haya amenaza.”
Total, que —a lo mejor, o a lo peor— estaban desarrollándose movimientos estratégicos bajo la divisa, “mucho ruido y pocas nueces”. Digo aquí, hoy, sábado. Tal vez porque se avizore el lunes y se espera del domingo que combata contra el despiadado restaurador de las tareas obligatorias. Ya se verá.
Me destoso.
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona COPILOT
Selección gráfica del día...
FRANCISCO OLEA en Instagram 1 de noviembre de 2025






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