CUCHILLO CALIENTE ATRAVESANDO MANTEQUILLA
Buenas noches nocturnas… Como se sabe, la frase más emblemática del personaje interpretado por el actor George Peppard, durante su intervención en la serie *El Equipo A*, John “Hannibal” Smith, es: “Me encanta que los planes salgan bien”. De modo que la he tenido presente y ya puedo decir, a modo de paráfrasis, que “me encanta que las compras salgan bien”.
Me refiero simplemente a lo que se deduce de las siguientes condiciones: cuando acudo a uno o varios comercios, he de saber exactamente lo que deseo adquirir —porque me haya cerciorado antes o no de que la tienda elegida dispone de la mercancía necesitada— para encontrar satisfechas mis demandas; los precios han de ser razonables conforme a mis propios presupuestos, y es preciso que consuma el mínimo tiempo posible en realizar esas operaciones. Entonces, como dice Llácer —o lo ha dicho alguna vez, ejerciendo de “payaso” en la emisión televisiva *Tu cara me suena*—: “Éxito seguro”. ¡Éxito seguro! Y no porque me gusten las compras. Precisamente por todo lo contrario.
Incluso con el advenimiento del comercio en línea, hay que aguardar a que te lleven el producto a casa —con la servidumbre que lleva aparejado citarse a una hora que se desconoce a priori— o acudir a un centro de recogida que puede estar cerca del propio domicilio, o no. Hasta que se invente un dispositivo como aquel que suele aparecer en los distintos episodios de las varias series de la marca *Star Trek*, capaz de materializar los alimentos y las bebidas, y quepa contemplarlo con la misma eficacia para cualquier tipo de enser, las incomodidades son manifiestas.
Por cierto que ahora que estoy pensando en esto, nunca se habla, en esta parte de la ficción que transcurre en tiempos futuros, durante expediciones a otros mundos, de conflictos laborales. ¿Qué cobrarán los militares del ejército “clon” en *La guerra de las galaxias*? Lo que sea, será poco, si se tienen en cuenta las remuneraciones que se estiman como sueldo medio de un agente de los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado —los policías autonómicos deben ser otra cosa— o de un soldado del ejército. Claro que desconozco lo que cobran por este mismo trabajo en otros países y, entonces, entonces, como dice Sánchez, puede que “rente” en esas otras naciones.
Pero, a lo que iba. A comprar. Y que no me gusta. Sé que hay personas, muchas, solas o en compañía, entusiasmadas con el hecho, con la oportunidad, de salir de sus domicilios a recorrer trayectos que no considerarían ni en broma, con tal de sobrepasar —con la vista— los cristales de los escaparates, pasearse por el interior de los comercios y, con dinero o sin dinero, comprar. Comprar lo que sea. Da lo mismo. Comprar, que como decía Sara Montiel, como cantaba en una de sus famosas canciones acerca del humo, “es un placer genial, sensual”.
Y, si es así, al menos podrían poner, en especial durante estas “fechas señaladas” —lo escribo entre comillas por haberse constituido en un sinónimo recurrente y, desde el primer momento, gastado, para referirse a las Navidades—, un carril para personas como yo. O sea, gente que sabe qué, dónde, cómo y cuándo. En algunos supermercados existen lo que llaman “cajas rápidas”, pensadas para clientela que ha hecho compras menores y absorben ese tipo de “tráfico”. Mas no es a esto a lo que me refiero. Estoy pensando en “Buenos días, quiero esto; tome usted; qué le debo; ‘taitantos’; cóbrese…”. Rápido y sencillo como cuchillo caliente atravesando la mantequilla.
Lo digo aunque sé que eso no va a ocurrir. Los comerciantes desean que permanezcamos el mayor tiempo posible en sus establecimientos. Están seguros de que, al igual que la cercanía con el infectado produce contagio, terminaremos por padecer alguna forma de desembolso. Por lo tanto, si van a comprar, aconsejo mascarilla.
Me destoso.
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona DeepIA




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