EL PRECIO DE SABER, EL COSTE DE VIVIR
Buenas noches nocturnas… Tras el muy breve repaso a la prensa del día de hoy —nada distinto en cuanto a la materia informativa principal facilitada— a pesar de haber sido parte del pregón de ayer martes—, me quedo con una entrevista que se publicó en *La Vanguardia*, en la que las preguntas las hace Josep Fita y las respuestas las da Ignacio Morgado (San Vicente de Alcántara, Badajoz, 1951), catedrático emérito de Psicobiología de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB).
Pues bien, a fin de concretar —en sintonía con los propósitos de este comunicado—, de entre todo el material escrito (muy interesante, por cierto), luego de conocer que se le requieren explicaciones acerca de una conjetura según la cual “la capacidad del cerebro para entender el fenómeno de la consciencia podría no haber evolucionado al no tener valor adaptativo”, Morgado reacciona de este modo:
“Es cierto. Un chimpancé tiene un cerebro consciente, que pesa alrededor de 500 gramos, pero que no sabe hacer raíces cuadradas. Es un cerebro con limitaciones. ¿Por qué vamos a pensar que el nuestro, que pesa algo menos de un kilo y medio, tiene capacidad para entenderlo todo? Es probable que no tenga capacidad para entender qué es la consciencia en su intimidad. ¿Lo vamos a saber algún día? Puede ser. Dentro de, pongamos, diez millones de años, los seres que nos hayan sucedido en la evolución puede ser que tengan un cerebro capaz de entenderlo. Lo que ocurre es que es muy probable que tengan otros problemas que ahora nosotros no tenemos, y ese será el precio que tengan que pagar por haber accedido a la promoción de saber qué es la consciencia. Un mono no sabe hacer una raíz cuadrada, pero no tiene el problema de saber qué es la consciencia; ese problema lo tendrá cuando sepa hacer una raíz cuadrada. Tener limitaciones y desconocer la naturaleza íntima de la consciencia tiene otras ventajas”.
Mas, si la vida consistiera en deambular por un gran mercado, ¿qué podríamos decir? En este sentido, “coste” sería el equivalente a una inversión: en tiempo, en esfuerzo, en emociones, en energía, en salud, en vivencias sociales. Es un pago sin moneda, sin materiales tangibles de intercambio, efectuado tras cada acción o renuncia. El “precio”, por otra parte, tiene que ver con la evaluación de cada cosa que se obtiene o que se pierde: algo designado por uno mismo o por la sociedad. Y este factor puede ir cambiando, como cambia en un establecimiento comercial cualquiera, en ese caso de acuerdo con la ley de la oferta y la demanda.
Según esto, creo que nos pasamos la vida “de compras”. Al menos, somos inversores. Por eso no es de extrañar que tantas personas se sientan “abducidas” por los periodos de rebajas. En estas ocasiones, facilita la tranquilidad del comprador desconocer el precio real de lo que adquiere antes de que se produjera esa convocatoria. De saberlo, se originaría un problema, quizá constitutivo de “cortocircuitos emocionales”.
El catedrático habla de “precio”. Precio que se paga por conocer. Lo que no sé es si utiliza esa palabra o se sirve de otra: “coste”. Me ha pasado a mí, en ocasiones, cuando pienso que todo cuesta y, por lo tanto, tiene un precio. Porque sucede que “coste” es el valor que debe asignarse a la cuantía de producir o adquirir un bien o servicio. El “precio” es el importe que el comprador paga por esa modalidad de pertenencias. O, dicho de otro modo: el valor de venta. Por lo tanto, en el contexto que nos remite de nuevo al diálogo entre el periodista y el científico, lo más adecuado sería utilizar “coste”. *Coste*, pues estamos refiriéndonos al gasto personal, emocional, físico, mental o incluso existencial que implica hacer o vivir algo.
Precisamente hoy también, en otra noticia ofrecida por la cabecera fundada por los hermanos Carlos y Bartolomé de Godó, se daba cuenta de un proyecto conforme al cual acceder a la Fontana de Trevi puede que deje de ser gratuito. Al menos para los turistas. Una medida que se propone para que el ayuntamiento disponga de una nueva fuente de recaudación y para descongestionar de público la zona.
Como se ve, hay intereses cuyas “limitaciones crecen”. Al coste de desplazarse a una ciudad donde uno no reside, y todo lo que conlleva en gastos, se une el precio a pagar por algo que no lo tenía. Las cosas han cambiado. Conocemos otras cosas. Tenemos otros problemas. Pero la mecánica no cambia.
Me destoso.
https://www.lavanguardia.com/vida/20251216/11367781/dos-euros-lanzar-moneda-fontana-di-trevi.html
https://es.wikipedia.org/wiki/La_Vanguardia
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona GEMINI




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