ESTILO REMORDIMIENTO
Buenas noches nocturnas… En la página web de **Nave 10 Matadero**, teatro dedicado a las creaciones dramáticas contemporáneas en Madrid, figuran los datos de la obra dirigida por Luis Luque, *Filosofía mundana*, adaptación del libro del filósofo Javier Gomá. Este, también director de la Fundación March, difunde desde su cuenta en X diversas referencias al recorrido y a la recepción del espectáculo. A propósito de lo comunicado por otro usuario, que manifestaba haber adquirido entradas para asistir a la función, Gomá dejó escrito, a la vista de todos, lo siguiente:
“Hoy esa entrada vale oro. No la revendas ni por un chalet estilo remordimiento como el de Ábalos.”
Javier Gomá tiene, entre otras cosas, un acusado sentido del humor, y a esa característica me acojo ahora. Si se considera —y estamos por ese cauce—, el pie que ofrece el escritor puede entenderse como una **llave para adentrarse en territorios menos transitados**, a partir de la cual sería posible identificar el llamado *estilo remordimiento* como un conjunto de atributos que no proceden del objeto en sí, sino de la personalidad o de las circunstancias del creador o del propietario del bien que se examina para su valoración.
Podría decirse que las condiciones sociales del propietario quedan vinculadas, por tensión, con el objeto, con independencia de su diseño, realización o calidad. Desde este marco, cualquier obra de arte —o cualquier otro bien— puede adscribirse al *estilo remordimiento* si concurren simultáneamente tres particularidades:
Desproporción: el objeto es legítimo en términos técnicos, legales o estéticos, pero aparece desajustado respecto de la biografía moral de la persona que responde legalmente por él.
Conciencia: el tenedor sabe —o intuye— que esa desproporción existe. No hace falta culpa explícita; basta con que el objeto deje de ser inocente a la luz de los usos morales vigentes.
Exposición: el bien es visible, narrable o imaginable por otros. Aunque permanezca oculto, el sujeto sabe que podría ser sometido a escrutinio, le agrade o no. El remordimiento, además, requiere siempre un público potencial, identificable o supuesto.
Un mismo chalet, un mismo cuadro o una instalación de jardinería pueden cambiar de estilo sin alterar su forma. No se trata de reinterpretaciones estilísticas, sino de una **recalificación ética** que se produce por efecto de conductas atribuidas públicamente a quienes poseen ese tipo de bienes. No es que los objetos envejezcan: es que **quedan afectados y comprometidos**.
En síntesis, el *estilo remordimiento* sería un modelo en el que los objetos, sin modificarse materialmente, se cargan de una **estética involuntaria**, producida por la conciencia de quien los posee cuando la posesión deja de ser inocente. Es un estilo que no se elige: **se sufre**.
Un ejemplo ya clásico —y en su formulación más extrema— es el de **Charles Foster Kane**, protagonista de la película *Ciudadano Kane*. Su palacio, Xanadú, puede entenderse —si aceptamos que el remordimiento es fruto del pecado— como el exponente de un mundo erigido para sostener una idea equivocada. El remordimiento no proviene de haber construido esa ficción —una ficción dentro de otra ficción—, sino de haber comprobado que funcionaba exactamente como debía y, aun así, era incapaz de ofrecer rasgos que remitieran a posibilidades para sentirse redimido. Kane constituye, de acuerdo con esto, un modelo particularmente fidedigno del *estilo remordimiento* aquí descrito.
Cabe imaginar la creación de un organismo encargado de rehabilitar estos bienes y devolverlos a la sociedad libres de toda mancha. O, quizá, su demolición, su liquidación definitiva, su traslado a un almacén donde todo acaba por olvidarse. No sé si conviene ir tan lejos.
Me destoso.
https://www.nave10matadero.es/actividades/filosofia-mundana
https://x.com/JavierGomaL/status/2000587879551025260
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona GROK
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