GANAR LOS ESTRIBOS
Buenas noches nocturnas… Algunas personas se distinguen por la **abundancia**, y no me refiero solo a los ricos. Podrían haber experimentado numerosas emociones, protagonizado muchas aventuras o dispuesto de un gran número de oportunidades profesionales antes de alcanzar la jubilación. Y pasa lo mismo con **localidades** que todos tenemos en mente. Digo que podemos aludir a poblaciones famosas por algún **exceso**, sin importar que tal proliferación de activos resulte positiva o negativa. Por ejemplo, si valoráramos la posibilidad de establecer cuál es el enclave que acredite el mayor censo de ganado ovino de toda España, habríamos de considerar que tienen mucho mérito **Hinojosa del Duque**, en Córdoba; **Belalcázar**, también en Córdoba; **Ejea de los Caballeros**, en Zaragoza, y **Bermillo de Sayago**, en Zamora. No obstante, tal vez tengamos que referirnos —referirme, porque estoy yo solo— a otros especialistas.
Desplacémonos, por tanto, a **Villalonga de los Estribos**, un territorio rural situado entre las provincias de Ávila y Segovia, de acuerdo con el atlas que examiné para poder situarme mejor. Es una zona conocida por sus mesetas, su historia medieval y la trashumancia, que requerían grandes extensiones y el uso intensivo del caballo. El pueblo se fundó en el siglo XI por un caballero templario llamado Don Álvar de Valonga. El nombre no se debe a un camino largo, sino a que el pueblo fue construido **alrededor de la herrería más importante de la ruta**, donde se forjaban y reparaban los **estribos** de las monturas de los ejércitos y de la nobleza en tránsito entre el norte y el sur de la Península. La iglesia local, conocida como la **Ermita de San Martín del Estribo**, alberga una reliquia: el **estribo de plata** del rey Alfonso VI, supuestamente perdido allí durante una cacería. Hoy, el pueblo subsiste gracias a un turismo rural temático centrado en el caballo y la cetrería. Es el único lugar en España donde los estribos de montar se siguen forjando a mano con métodos ancestrales.
Pero lo más peculiar tiene que ver con otra clase de estribos. Para ser precisos, conviene referirse a los **peldaños**. **A los escalones** de las escaleras. Basta cruzar la plaza principal para que algo desarme cualquier idea previa. Decenas, **cientos de ellas:** apoyadas en las fachadas, reclinadas en los árboles, suspendidas de balcones, plantadas como estandartes frente a cada puerta. No hay vecino sin su escalera. Y ninguna se parece a otra. Hay quien tiene una escalera de solo tres peldaños, tallados con escenas de la infancia. Otros se alzan con estructuras imposibles, retorcidas. Hay escaleras talladas, pintadas, con espejos o con inscripciones líricas; otras, gastadas hasta el último nudo de la madera. Cada una de esas escaleras tiene su propósito y su origen.
Según los lugareños, se trata de una costumbre que tiene al menos **140 años**. Dicen que todo empezó con un carpintero sordo y mudo. Construía escaleras para dar a entender alguna de las cosas que era incapaz de expresar de maneras más convencionales. Es decir, como otros artistas, este artesano intentaba explorar caminos que se desconocían, o que los demás desconocían, al menos, de momento. Lo que no han querido, en Villalonga de los Estribos, es **comercializar** esta costumbre. Consideran allí que aquello es muy "de los del pueblo"; que no ocultan esa realidad, ni piensan hacerlo, pero es un asunto reservado que desean mantener puro, intacto y al margen de toda degradación. Lo consideran un bien cultural que —de acuerdo a lo manifestado en tantísimas ocasiones— los hace distintos.
Me destoso.
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona COP
ILOT




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