LA ORACIÓN DE LA CAJERA
Buenas noches nocturnas… Queridos hermanos: cuando se acerca la hora y, antes de dar paso a cada uno de los consumidores —clientes de este negocio que, por civilizado orden de llegada, mostrarán en caja los productos que se llevan y con los que disfrutarán a partir de estos momentos, una vez satisfecho su valor, reflexionemos. Detengámonos a pensar en el hecho de la compra. En cualquier otro momento retiramos mercaderías con el propósito de corresponder a distintas necesidades que nos acucian o para dar respuesta a la pulsión recreativa de obtener algo a lo que podríamos denominar capricho. Eso hacemos, con desigual fortuna, durante casi todo el año. Pero, en estas fechas señaladas, hacemos otra cosa. El mecanismo, la particularidad consciente, la iniciativa dominada por la pasión logran el refrendo de los supuestos más estimables.
A este respecto, debemos prestar oído a lo declarado por gentes que, como ustedes y como yo, salen de sus casas persuadidos de hacer lo que no puede discutirse: “Se gasta más porque sale del corazón”. Son palabras de una dama que, a las afueras de un centro comercial, de esos estupendos, como este en el que nos encontramos —no mejor, pero igualmente maravilloso— declara haber invertido más en bienes y regalos porque se piensa mucho en la familia y en los amigos. A partir de esta justa prioridad, el dinero nunca quema en las manos ni la tarjeta de crédito se chamusca. Ellos lo merecen todo y, al fin, como se sabe, solo hay una ocasión cada trescientos sesenta y cinco días para demostrar que, cuando decidimos que queremos, lo hacemos bajo una lluvia de oropel.
Y ¿qué nos enseña esto? Como en la fábula de “Los dos amigos”, de Jean de La Fontaine, basta con que uno presuma de las dificultades que pueda tener el otro para que, sin ningún aviso, se presente y, antes de que este diga nada, solicite explicaciones a la vez que pone a disposición del otro cuanto tenga y cuanto pueda. Por eso, más aún con los familiares, sangre de nuestra sangre, personas importantísimas a las que debemos gran parte de los bienes que nos deleitan día a día y en quienes confiamos para administrar, en el futuro, un moderado patrimonio a ellos debido, que han de figurar en nuestra lista como destinatarios de las ofrendas de amor y fraternidad nunca relegadas al olvido.
Y si hay que destinar a estos altares de la vida más dinero, más dinero. Y si lo que les compramos no sirve para nada, más dinero. Y si les entregamos algo que van a retirar de sus estantes tan pronto como nos ausentemos, porque no es de su gusto o prefieren su equivalente en vil metal a fin de convertir resplandor en destello de supernova, más dinero. Que salga el dinero de las piedras. Que se obre la magia del dinero que llama al dinero. Esto es. Compramos por amor. Compramos para que nuestro amor contagie y origine amor en los que queremos y, desde esta chispa entrañable, surja un fuego sagrado que permita cerrar el círculo de la luz y del confort.
De esta manera, ellos se sentirán amados y nos querrán, demostrando sus afectos con productos y servicios que van a llegar a nuestras manos y proporcionarán a nuestras existencias un sentido episodio de felicidad. En consecuencia, tranquilos, en orden. Cada cosa en su lugar. Sin ansiedades. No cabe empujarse ni llamar la atención de los otros porque parezca que uno se cuela. Debe estar presente en este oficio de ternura toda la espiritualidad conforme de quienes vienen al supermercado, no solo a retirar un carnero para la cena del día 31 y un barril de whisky, sino también a compartir con sus semejantes esta era de la abundancia, un poco sobrada de precios, pero correcta, ya que todo lo aquí puesto a disposición de los compradores son artículos de extraordinaria calidad. Lo mejor de lo mejor, dicho como un mantra, cuatrocientas mil veces, así penetre el convencimiento de la calidad hasta los huesos.
¿Preparados entonces?
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La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona COPILOT





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