LOS REYES Y LOS VIRREYES TIENEN MUCHOS GATOS
Buenas noches nocturnas… Estuve examinando el escaparte de una librería y no advertí manchas en los cristales. No digo que estuvieran limpísimos, además no soy parte especializada para juzgar, sino que me interesaron otros detalles. Entre ellos, el título de un libro: "Leonor y los virreyes", de José Antonio López Nevot, Premio Ciudad de Salamanca de Novela. Según una información publicada en septiembre de este año en el diario "Tribuna de Salamanca", con la firma de Daniel Bajo Peña, se afirma que: “‘Leonor y los virreyes’ explora los entresijos del poder, la ambición, el papel de la mujer en contextos dominados por la política virreinal y las tensiones entre lo privado y lo público. Su valor reside en rescatar un pasado histórico con mirada contemporánea, aportando sensibilidad y perspectiva crítica hacia la construcción del poder y la identidad femenina”. Valoración que, según se dice en el artículo, proviene del mismo ayuntamiento salmantino. Al no haber leído la novela, poco más puedo contar.
A raíz de esto, cavilé acerca de la posibilidad de que, en las distintas administraciones, sin contar a la jefatura del estado —el Rey—, a partir del presidente del gobierno, y empezando por las comunidades autónomas, los virreyes continúen en ejercicio. Virreyes, hoy presidentes autonómicos, que deben su lealtad a la Corona y al Gobierno de la Nación, pero que, al establecer las normas de sus territorios, de acuerdo con lo que la mayoría que los apoya decide en los parlamentos de esas comunidades, muchas veces, se oponen a la autoridad superior. No están tan lejos como los de antaño, en ultramar, pero tampoco tan cerca como parece. Ni siquiera están cerca de los ciudadanos como tantas veces se nos quiere transmitir. Enseguida pensé en la señora Ayuso. Digo señora, aunque podría no ser el tratamiento adecuado. Pido disculpas si no es así.
En todo caso, no es un análisis político lo que pretendo, a pesar de que la fuerza que representa la dirigente del Partido Popular —en la comparación que sostuve anteriormente, virreina— es uno de esos ejemplos de enfrentamiento y de ambiciones cuyo desenlace, si supone el sometimiento del rival, depara a los ganadores— sea quienes fueren— una cuota de poder superior, aunque ya se tenga mucho. Parece una obviedad, pero creí interesante verlo de este modo. Y, como he de apartarme de estos argumentos, si no quiero caer en contradicciones indeseables, tengo por aquí el resumen de una historia de virreyes. De un virrey. Uno que, como todos los líderes políticos, como todos los que ocupan posiciones de poder, admiten asesores que terminan por multiplicar sus necedades hasta el punto de que, queriendo que todo cambie, se transforme en una parodia de lo que se trataba de enmendar.
Esta narración, que se cuenta en Argentina y que ahora resumo con menos detalles, ayuda a comprender precisamente esta idea. La historia se desarrolla en 1798, en el Palacio del Virrey Olaguer en Buenos Aires. Una mañana, el Virrey tronó, exasperado por la “inmensa y caótica población de 359 gatos” que infestaban su residencia (la gota que colmó el vaso: encontrar cinco gatos jugando al mus en el baúl de sus pelucas). Inmediatamente, ordenó el “desalojo total” de los felinos, dejando el palacio sumido en una extraña ausencia. Pocos días después, apareció un “gato forastero llamado Feliu”. Este se presentó al Virrey con gran educación, asegurando haber olido un “repugnante ratón” en el palacio y ofreciéndose a cazarlo. El Virrey, pensando que un solo gato no era un problema, aceptó encantado la oferta. Feliu inició la cacería de un ratón que nadie más había visto. Rápidamente, argumentó necesitar “dos ayudantes” para vigilar una cueva y, al no ser suficientes, pidió la incorporación de “ocho gatos más”. Como el ratón nunca aparecía, Feliu convenció al Virrey de que las aberturas debían cubrirse por completo, solicitando “70 gatos de guardia más siete organizadores”, lo cual fue concedido. La escalada continuó. Feliu informó haber encontrado al ratón en el granero y solicitó un “batallón de 120 gatos” para mover el alpiste a cien leguas de distancia y “asegurar” el granero. Finalmente, al reportar que el ratón había atacado la biblioteca, el Virrey, harto, volvió a tronar, exigiendo su expulsión inmediata. Feliu respondió contratando “150 gatos adicionales”. Ese mismo día, Feliu se presentó ante Olaguer e hizo una profunda reverencia. Le anunció emocionado: “¡El ratón no va a molestar nunca más! Acabo de verlo salir por esa puerta”. El Virrey Olaguer, emocionado por la aparente victoria, abrazó a Feliu y, uno por uno, a los “359 gatos” que ahora custodiaban el palacio... “por si acaso volvían los ratones”. Así, la “solución al problema de los gatos se convirtió en la reinstalación exacta del problema original”, bajo el pretexto de una vigilancia necesaria.
Creo que lo que quería ilustrar de otro modo se ha hecho. Les ocurre a los virreyes y a los reyes les ocurre, y les ocurre a los que mandan menos, a ustedes, a mí: de todas formas, como diría José Mota, “somos mu’ tontos”.
Me destoso.
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona COPILOT
RICARDO en El Mundo 4 de diciembre de 2025




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