QUEDAR
Buenas noches nocturnas… Traducido literalmente, significa “Feria de la Jarra” o “Festival de la Jarra” y alude a una peregrinación propia de la India, al parecer “con profundas raíces mitológicas, religiosas y culturales”. Sucede en cuatro localizaciones, a las que acuden los fieles y los interesados, que albergan el festival, en las cuales “cayó una gota de néctar de la inmortalidad, de una vasija disputada por dioses y demonios: una batalla mitológica de la que nació la festividad Kumbh Mela”. Se reconoce a este encuentro como la más grande reunión pacífica de personas en el mundo. En su edición de 2019, se estimaron hasta 50 millones de peregrinos solo en la jornada más concurrida.
Cada 12 años realizan una de las mayores quedadas del mundo. Es cierto que una quedada es algo distinto. Habremos de atender a ese término —“Acción de quedar o concertar una cita un grupo de personas”— considerando implicaciones de esparcimiento familiar, amistoso o entre compañeros de trabajo. De modo que, aunque a la “Feria de la Jarra” acudan familiares, amigos y compañeros, “no se trata de un evento organizado con invitaciones formales, sino de una llamada ancestral a la que responden por devoción los fieles hindúes, indistintamente de su clase, casta u origen”.
Así que, después de todo esto, cabe preguntarse: en su festival, en su celebración, ¿con cuántas personas van a quedar ustedes? Porque tendrán que quedar con alguien antes de que finalice el año. Digo que, como ocurre casi siempre, ante la pretensión de coincidir en plaza neutral con los ajenos, por mucha profesión de fe sentimental que se haga, todo se posterga y se posterga, y se acaba el almanaque y siguen pasando los días, cada vez con menos credibilidad.
Y eso que tiene, quedar con quienes se quede, sus muchos beneficios de salud. Por ejemplo, se sabe —según el Instituto Internacional de Quedología Aplicada— que durante estas reuniones se fortalece el sistema inmunológico gracias a los abrazos inesperados y los brindis sin control de gérmenes, porque lo que no mata es un refuerzo perimetral que engrosa las paredes de nuestro contorno defensivo. Mejora la memoria. Sucede un examen: se recuerdan y actualizan nombres de gente con la que se compartió presencialidad hace mucho, mucho tiempo. Ese ejercicio adquiere una solvencia raramente conseguida. Disminuyen los índices de colesterol, merced a las explosiones de velocidad para dar calurosos abrazos que se realizan al encontrar a los perdidos. Se previene la alopecia, porque reírse a carcajadas evita que nos arranquemos los pelos por culpa de la pandemia de estrés que parece que estemos experimentando —aunque no se objete, ya que la economía de los sanadores no se toca—. Se promueve el ejercicio de la empatía, especialmente cuando se escucha por cuarta vez la misma historia transmitida por los amigos dramáticos. Se mejora la vista, porque existen muchas posibilidades de que estos actos se desarrollen en lugares con exceso o con falta de luz, y en ambos casos, la fortaleza de la retina, puesta a prueba, ofrecerá la verdadera medida de sus capacidades. La salud cardiovascular mejora si la quedada incluye una partida intensa de karaoke. Y, por último, la longevidad de las personas asistentes está casi garantizada si sobreviven al evento.
Hay lugares, no obstante, en los que quedar es una cosa de todos los días. Por ejemplo, el pequeño estado Lunjaria Insular, un territorio volcánico al sur de Albania, entre las rutas marítimas menores que conectan Grecia e Italia. Apenas visible en los mapas, pero reconocida como microestado soberano. Su perímetro puede recorrerse a pie en menos de una hora. Tiene una población de 35 habitantes permanentes (según el último censo consensuado por todos ellos en una sobremesa), y se trata de una república rotatoria: cada año, el liderazgo es asumido por quien haya horneado el mejor pan de aceitunas, según votación popular. Tienen un lema que dice: “Somos poco, pero nos basta”.
De modo que estas gentes quedan todos los días y no han de esforzarse, ni peregrinar en busca del colectivo durante todo el año, ni sufrir decepciones, ni telefonear a establecimientos de restauración pidiendo la vez, ni hacer equilibrios sobre el alambre de la incertidumbre de casar las cosas de tal manera que cuadren y cuadren y vuelvan a cuadrar. Una felicidad. Un alivio para la pureza de la quedada. De hecho, si quisiera quedar con alguien, me trasladaría a esa isla. Una vez en ella, todo sería coser y quedar.
Me destoso.
https://es.wikipedia.org/wiki/Kumbhamela
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona GROK.




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