UNA MERIENDA DE DOS HUEVOS DE VERDAD Y OTRO AUSENTE


Buenas  noches nocturnas… Hace apenas unos minutos lo dijo. Me pareció una frase excelente. Tomé las precauciones adecuadas —vanas, lo sé ahora— a fin de recordar lo escuchado con exactitud. Pero ya no estoy para esos trotes. Soy un organismo que se dirige a su futuro al paso, y todo aquello que ocurra sin anotación será relegado por mi mente, que es muy suya. Sea como sea, ELLA sostuvo algo relacionado con la posibilidad de merendar como uno de los bienes supremos de su vida, ya que raramente puede cumplir con esa cita a mitad de obra, cuando trabaja. De hecho, se acostó para reposar calentita después de comer, como acostumbra, y encontraba pocos motivos para abandonar su lecho, salvo el indicado. Hoy es domingo, y los domingos puede disfrutar de una merienda sosegada. Tremendo lujo. Esto puede considerarse una broma leve. Casi mera simpatía, por lo que no cabe tener el asunto en cuenta si se quieren examinar las oportunidades festivas de este 28. Además, como tantas otras cosas colindantes con la risa, desde la atalaya de distintos observadores se recibe con hilaridad y desde la de otros con drama.


Supongamos. Una de estas reuniones familiares, de amigos o de compañeros de trabajo, tan habituales, al menos, hasta el día 31. Todo está a punto de comenzar y ya se habría inaugurado lo que fuere, de no ser porque uno de los congregados tarda en comparecer. Cuando se presenta, no se han producido conatos de indignación reseñables. Quien más quien menos hace horas que mantiene un idilio con el alcohol y se promueve la francachela. Por hacer la gracia y acoger al recién llegado con una broma, el avispado de turno dice:


«¡Mira quién llega tarde, como siempre!»


Claro. Todos aflojan sus ropas y muestran al desnudo la más desconsiderada de las carcajadas. Todos menos la persona aludida, que lleva semanas lidiando con la zozobra producida por la necesidad de atender sus muchas obligaciones y vive un momento de tensión inesperado. Nadie se contuvo, aunque en el origen del asunto se invirtieron no otra cosa que deseos de júbilo. Pero, en ocasiones, incluso se supera lo que podría denominarse humor negro. Casos hay. Nada que deba declarar a estas horas, porque ni siquiera se me ha puesto una zancadilla. Por lo menos, si recibí burla, si aún la recibo, soy como el tranquilo viandante que pasea su humanidad con un muñeco prendido en la espalda. No siento, no padezco; puede que sea un zombi y me incline a considerar si no son horas ya de dar algún bocado. Es lo que tenemos los zombis: que no pensamos en otra cosa que no sea comer.


Por otra parte, ni que decir tiene que he declinado actuar en favor del escarnio ajeno, sobre todo porque no encontré materiales ni víctimas. O sea, que no soy un ángel y, para demonio, predomina en mí la torpeza. Me quedo con uno de esos cuentos leves de don Juan Valera, más cercano al chiste que a otra cosa, ejemplo de bromistas escaldados. Y dice:


«De vuelta a su lugar, cierto joven estudiante, muy atiborrado de doctrina y con el entendimiento más aguzado que punta de lezna, quiso lucirse mientras almorzaba con su padre y su madre. De un par de huevos pasados por agua que había en un plato escondió uno con ligereza. Luego preguntó a su padre:


—¿Cuántos huevos hay en el plato?


El padre contestó:


—Uno.


El estudiante puso en el plato el otro que tenía en la mano, diciendo:


—Y ahora, ¿cuántos hay?


El padre volvió a contestar:


—Dos.


—Pues entonces —replicó el estudiante— dos que hay ahora y uno que había antes suman tres. Luego son tres los huevos que hay en el plato.


El padre se maravilló mucho del saber de su hijo, se quedó atortolado y no atinó a desenredarse del sofisma. El sentido de la vista le persuadía de que allí no había más que dos huevos; pero la dialéctica especulativa y profunda le inclinaba a afirmar que había tres.


La madre decidió al fin la cuestión prácticamente. Puso un huevo en el plato de su marido para que se lo comiera; tomó otro huevo para ella y dijo a su sabio vástago:


—El tercero cómetelo tú.»


Con esto, y un bizcocho de asadura de semejante que me voy a comer en un periquete, se cierra la cita escrita de hoy. Que ustedes lo lleven con sonrisas.


Me destoso.



https://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/la-risa-en-la-literatura-espanola-antologia-de-textos--0/html/ffc84ab4-82b1-11df-acc7-002185ce6064_44.html#I_52_



La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona COPILOT





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