AMENDIGADOS DEL MUNDO
Buenas noches nocturnas… La luz exterior, a estas horas, comienza a ser insuficiente. Es necesario conectar algún terminal dentro de la casa para que las operaciones propias se desarrollen sin grave quebranto. Los proveedores de electricidad, por tanto, están satisfechos: nosotros hacemos el gasto que corresponde y, como hubo sol en abundancia, evitan experimentar la culpa que, sin duda, se origina cuando los trastornos del clima imponen una disminución lumínica.
Estas personas son muy sensibles y no desean, "en absoluto", nuestro mal. Saben que cuando las nubes se adueñan de las alturas por completo, empezamos a necesitar auxilio. Si la mayoría de sus clientes "llegaran a la mendicidad", la caja que tanto estiman, en vez de brillantes monedas, acogería plateados hilos de arácnidos. Así que, como ciertos virus, nos desangran con temeridad. No aprietan lo suficiente como para liquidarnos, aunque en ocasiones lo hacen. Este es, sin embargo, el dilema diario de todo depredador, pues cada cual tiene lo suyo. El depredador no se apiada de la criatura que caza cuando tiene hambre. Y nosotros, o víctimas o parasitados.
Esto es algo distinto a lo que manifestaba el cantante Víctor Manuel, entrevistado para "La Vanguardia" por Víctor M. Amela, al especular sobre lo que hubiera sido de él si le hubiera faltado su esposa Ana Belén:
«Amendigado», es decir: semejante a un mendigo. Lo que podríamos ser ustedes o yo, de no contar con la suficiente suma de dinero para abonar las tarifas de esos comerciantes que nos dan servicio todos los días. En Cuba, por cierto, si es verdad, como dicen, que dependen del petróleo de Venezuela (si se concede que sea el 30 % de los recursos hasta ahora conseguidos provenientes del país violentado por Estados Unidos), ya son mendigos del todo. Porque si la falta de amor puede llevarnos a una catástrofe similar a la indigencia, no digo nada de lo que debe ser estar a oscuras y sin otras posibilidades de asistencia y servicios.
Dado que pulsamos el interruptor y la habitación se ilumina, estamos en el paraíso. Lo estamos. Y no se espera, por esto de la energía tan solo, que suspendamos pagos. Antes bien, ya nos enredaremos en otras cosas, en otras insensateces, con el fin de acabar en las calles y no precisamente de paseo. Somos muy capaces. Lo sé. Y sé más cosas. No demasiadas, es cierto, no vaya a ser que mañana lo sepa todo y me encuentre infinitamente ocioso.
Sé, porque lo he averiguado esta tarde a la luz de mi lámpara, que hay libros con mendigos —novelas, cuentos, poemas—, así que, por si acaso alguna vez acontece que hay que solicitar a desconocidos alguna moneda para la dieta obligada de los que al menú del día de una taberna ponen cara de lo que se suponga que sea escalar una montaña de las de Marte, cabe leer, para saber de qué va eso. Y, como muestra, esta pieza de Nicanor Parra:
En la ciudad no se puede vivir
Sin tener un oficio conocido:
La policía hace cumplir la ley.
Algunos son soldados
Que derraman su sangre por la patria
(Esto va entre comillas)
Otros son comerciantes astutos
Que le quitan un gramo
O dos o tres al kilo de ciruelas.
Y los de más allá son sacerdotes
Que se pasean con un libro en la mano.
Cada uno conoce su negocio.
¿Y cuál creen ustedes que es el mío?
Cantar
mirando las ventanas cerradas
Para ver si se abren
Y
me
dejan
caer
una
moneda.
Mañana, suelo decirlo los sábados, será domingo. Si la hucha aguanta, tendremos luz. Y si no, hasta el amanecer siguiente.
Me destoso.
La imagen se obtuvo gracias a los servicios que proporciona FREEPIK




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