CARTOGRAFÍA SONORA DE UN TERRITORIO INQUIETO
Buenas noches nocturnas… No recuerdo ahora a partir de qué, pero he tenido la necesidad de reunir una serie de recursos para identificar el sitio. Los versos que voy a escribir acto seguido, pertenecientes al poema «Los ruidos del alba», de Efraín Huerta, pueden ser una primera aproximación:
Y el silencio se aparta, temeroso
del cielo sin estrellas,
de la prisa de nuestras bocas
y de las camelias y claveles desfallecidos.
Casa con lo que pienso, pero no quiero nombrarlo todavía. Suenan los automóviles, pero antes, en el interior de las casas, suenan alarmas, suenan persianas que se deslizan con estrépito para que entre luz por las ventanas, suenan los aparatos sanitarios, suenan los electrodomésticos y, afuera, sí, afuera, suenan los automóviles, los medios de transporte público, los camiones, las furgonetas, las motos y suenan las bocinas. Y las sirenas. Suenan mucho las sirenas.
Inmediatamente, porque los peatones se multiplican a pie, como antes proliferaron al volante, salen solos o con sus mascotas. Las paredes mencionan la cotidianidad del habla humana, el ladrido de los canes y los cantos —a veces insoportables chillidos— de los pájaros. Todo, esto último y lo anterior, como la presencia de una tormenta que se estuviese acercando. Es decir: crece.
Como los enseres de los que las personas se valen, que también tienen su voz. Maletas que ruedan, y ruedan los carros de la compra y saltan en las intersecciones de las baldosas, y todo ese roce se manifiesta de fondo y participa del clamor general. Aparecerán los niños, que no solo no entienden de regulación, sino que, deseando hacerse oír, como las crías de las aves en un nido demandando su alimento, pugnan por lograr sus minutos estelares sobrepasando cualquier otro sonido. Con ellos, los militantes se convierten en legión.
Y se suman los comerciantes y el resto de trabajadores —por ejemplo, en un mercado—, que hacen y dicen, y de la actividad que realizan se desprende otro fragor, tal vez otro espanto. Puede que a esas horas o a cualquiera suenen las campanas, algunos cuadrúpedos con o sin pedigrí busquen un lugar en el que esconderse porque la pirotecnia anuncie la celebración de turno, o sople el viento con feroces efectos, o, de nuevo, la tormenta incremente el estrépito. Estos dos últimos agentes, sin embargo, no están empadronados: vienen de visita con cierta asiduidad.
Hablo, como ya se habrán dado cuenta, de los elementos sonoros que, expuestos solos, sin palabras, remiten a lo que entendemos que es una ciudad, una urbe, un territorio abigarrado y sin casi siquiera lugar para un respiro. No sé si nos gusta el ruido. Digo que carezco de datos para expresar ese placer o lo contrario y, por lo tanto, debo ejercer cierta prudencia.
Lo que sí parece claro es que, independientemente de que tanta actividad origine esa expresión inconveniente de la vida —y de lo citado o de lo que falte por citar no retiro nada al mencionar inconveniencias—, hemos aprendido a contemplar esa adversidad como parte de los efectos de un mal que, si no va a mayores, si no nos mata, insiste en molestar. Eso, y que algunos de nosotros nos irritamos cuando se nos hace ver que la contribución al estrépito registrada durante el desempeño de los hábitos de vida que nos son comunes supera e incrementa el dolor.
Supongo que, si una ciudad se define, entre otras cosas, por el gran número de personas que se juntan como residentes, los usos del amor también son ciudad, y son ruido. Con ese ruido —no del amor, sino del amor quebrado— cabe cerrar este paquete de amenidades deudoras del alboroto, y con las palabras de una poeta, de Elvira Sastre, que ha dejado dicho en «Ruido»:
Si te marchas
hazlo con ruido:
rompe las ventanas,
insulta a mis recuerdos,
tira al suelo todos y cada uno
de mis intentos
de alcanzarte,
convierte en grito a los orgasmos,
golpea con rabia el calor
abandonado, la calma fallecida, el amor
que no resiste,
destroza la casa
que no volverá a ser hogar.
Hazlo como quieras,
pero con ruido.
No me dejes a solas con mi silencio.
Así pues, con mi silencio, con la contribución al deseado silencio que aliviaría a las ciudades, a pesar de que, en ocasiones, ni siquiera sane, reduzco mi voz. Me callo: no soy urbe, pero tampoco campo.
Me destoso.
https://www.poesi.as/eh060101.htm
https://www.poesi.as/es020.htm
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona GROK




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