EN DEFENSA DEL VERBO JUSTO
Buenas noches nocturnas… En los primeros instantes quise servirme de la palabra «desmantelar». Sin embargo, de acuerdo con la precisión léxica con la que debe contar cualquier comunicación, estaba en un error. Al objeto de describir lo que he observado, conviene, es más acertada, la voz «desmontar». Y, aunque se aleja de las intenciones que yo impondría de ser omnipotente, porque no soy bueno, he de aceptar el hecho: las cosas raramente son como se desean; si acaso, se aproximan. Aun así, no importa.
Además, con el término «desmontar» conviven —una manera de referirse a las cercanías, en este caso— con algunas otras palabras que circulan por los aledaños de la idea que tengo. Por ejemplo, «desencabalgar»: «Desmontar una pieza de artillería». Un propósito que va más allá de emprender las maniobras adecuadas para retirar el artefacto bélico. Supone tanto como descomponerla, pieza a pieza, para guardarla, por la razón que sea, conforme a las órdenes provenientes del alto mando.
¿Y qué me dicen de «derriscar»? Otro verbo para dar el primer paso de la ofensiva que se espera de mi parte. «Derriscar»: en Canarias, Cuba y República Dominicana, despeñar. Y, ya en desuso, «Limpiar, desmontar, desembarazar». «Desembarazar»: «Quitar el impedimento que se opone a algo, dejarlo libre y expedito; evacuar y, dicho de una persona: apartar o separar de sí lo que le estorba o incomoda para conseguir un fin».
Pero esta palabra que escojo y escribiré a continuación es mi favorita: «desguabilar». En el diccionario figura anotado que, coloquialmente, en Honduras y Nicaragua, significa «Destrozar o desmontar desordenadamente un aparato eléctrico o un automóvil». También equivale a «desvencijar» en Honduras. Y, otra vez en Nicaragua, «Partir longitudinalmente una pieza de madera o de otro material». Aquí sí, aquí ya hay una intención demoledora. Y esto es lo que me gusta. Sin embargo, he de hacer gala de contención, porque no es lo que corresponde. Me manifesté, al principio, partidario, «por imperativo legal», de la palabra «desmontar». Y sigo ateniéndome a tal compromiso.
Desmontar, por ejemplo, los adornos que figuran en las fachadas de los edificios dispuestos con motivo de las Navidades, porque mañana será el tercer día tras los festejos y no puedo creer que las personas carezcan del tiempo necesario para retirar tanta quincalla. Retirar las luces adicionales mediante las que nuestro municipio se sumó a esa aventura contaminante de desafiar al sol y a su brillo. Todo ello, dicen, para estimular la ilusión ciudadana —sea lo que fuere eso— y lograr que nos sintamos contentos y acudamos a dejarnos los euros en los comercios. Y quitar las galas ornamentales del interior de los domicilios privados, que se ven desde las calles, pues hay casas con grandes ventanas y se aprecia todo. Y retirar, desmontar, de nuevo, cualquier otro signo de lo que ha sido esta época que dura cada vez más.
Puede que un día las Navidades, que acaban el día 6 de enero, empiecen el día 7. Que la vida sea una sucesión de acontecimientos festivos con los que nos regalemos para celebrar esas cosas que decimos que nos gusta vivir, gracias a que los robots y la inteligencia artificial se ocuparán de todo, por lo que no habrá de lo que preocuparse. Algunos lo deben creer así. Como otros piensan que la Tierra es plenamente horizontal, como una tabla para la plancha.
De modo que, a desmontar, amigos y amigas. Desmonten antes de que me arrepienta y salga en busca del napalm.
Me destoso.
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona GEMINI




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