ENTRE LABORAL Y FANTASIOSO
Buenas noches nocturnas… Para expresarlo, me remito preventivamente a la impresión de estar aludiendo a un suceso, hoy por hoy, más cercano a la fantasía que a la realidad. Y es que he de referirme a un primer contacto, expresión propia de lo que pueda estar relacionado con la llegada de habitantes de otros planetas. Por lo tanto, gente que se presenta o percepción de gente que ya estaba allí.
Abandonando el plural, porque se trataba de un solo individuo, confirmo que me di cuenta de su presencia y que lo tomé por un solitario deportista especializado en tablas de patín, mientras caminaba ya de regreso a casa. A esas horas —seguramente concluyendo un distraído acontecer entregado a las maniobras que se pueden realizar en las instalaciones municipales, donde en otras ocasiones evolucionan muchachos y muchachas—, este tipo se dirigía a la salida del recinto acompañado por su perro.
Y fue este animal, minutos después, ya que me sobrepasaron, quien llamó mi atención: portaba un solo calzado deportivo sujeto entre sus dientes. Al punto, busqué si el humano tras el que se desplazaba el ejemplar de una raza de la que no puedo aportar detalles —por la ignorancia que tengo acerca de estos temas— llevaba los pies “vestidos” o no. Y verifiqué que no caminaba descalzo.
Luego, aguardaron junto a una señora y a escasa distancia por mí mismo, todos a la espera de que el semáforo cambiara de color, señal de paso para quienes circulamos a pie. A este respecto, es imperioso precisar que las personas, mayoritariamente, evitan la confirmación del verde: están sobre la acera el tiempo necesario para calcular si la distancia entre el último coche que pasó y el siguiente ofrece oportunidades para atravesar la calzada. Esto es así. Siempre. Las normas, papel higiénico para ellos.
Por otra parte, antes de que los que estábamos en este punto pudiéramos reanudar la marcha, la señora dialogó con el joven, asunto del que tampoco puedo dar fe con exactitud porque escuchaba un pódcast. Sin embargo, por los gestos, comprendí que intercambiaban pareceres acerca de las “pertenencias” circunstanciales del desaseado chucho.
Más tarde, aún pude ver cómo los dos compañeros se dedicaban al examen y valoración de lo depositado en los contenedores de la basura. Junto a ellos —a distancia, pero cubriendo el mismo trayecto— comprobé que la labor se desarrollaba sin éxito y que el animal, aparentemente inseguro acerca del camino que habrían de emprender tras cada uno de los altos, esperaba a dos metros de su patrón. En ningún caso dejó de lado su zapatilla.
Claro, sé por experimentos efectuados en el entorno doméstico de otras personas que, para algunos canes, la novedad de gente a la que reconocen, muchas veces con entusiasmo, queda refrendada por una interacción cuyo exponente es, precisamente, el calzado. Los expertos explican esto mediante varios considerandos. Por ejemplo, el olor de la persona que usa esos complementos y de los lugares que ha visitado. Cuenta también la textura y la forma de los zapatos, porque suelen ser de materiales interesantes desde el punto de vista de la funcionalidad para morder, agarrar y sacudir. Es como una conexión con su instinto de caza y una posibilidad de juego.
Debe figurar en esta lista de posibilidades el carácter de sabueso que pueda tener el ejemplar en cuestión. Son animales dados a investigar el mundo también con la boca, no solo con la nariz. O puede que estén aburridos. O actúen por instinto y herencia.
Al fin, cuando me hube alejado, valoré la opción de que, una vez llegaran a un lugar conveniente, este perro desconocido, portador de la deportiva que tal vez usara alguna estrella de esa demostración atlética cuyo nombre no sé precisar en estos momentos, pudiera escarbar en el suelo para enterrarla. Y que, muchos siglos después, siendo esta ciudad un enclave ruinoso recién descubierto por arqueólogos del futuro, encontraran los restos de ese material enterrado y naciera, gracias a ese hallazgo, una nueva historia.
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona ChatGPT




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