EOLO ESTUVO DE VISITA
Buenas noches nocturnas… Observo el exterior a través de la ventana. Es un día incómodo para realizar cualquier desplazamiento o actividad a la hora en la que redacto la pieza en curso. Sopla un viento que, según me dicen mis informantes, suena como el ensayo de una película de terror. Sus acometidas más intensas producen los efectos apropiados para que, quien recele, tema con el respaldo de los hechos.
Por la calle, a pesar de todo, las gentes a pie no parecen experimentar dificultades y el tráfico evoluciona cual es común en días a medio camino entre lo laboral y lo ocioso. Una señora en bata entra en la tienda de la esquina. Su atuendo me hace pensar en su domicilio, que no debe de estar alejado. Y como la prenda, de un color entre Adviento y Semana Santa, llega hasta sus pies, comunica en mi mente con la imagen que tengo de esas obras cinematográficas del oeste norteamericano, cuando los intérpretes, varones recios y nada complacientes, aparecen arropados por unos sobretodos interminables que semejan armaduras.
Tal vez la dama dicha haya prescindido de la coquetería para resolver la necesidad inmediata de ese momento con pragmatismo no carente de la más elemental de las protecciones. Al fin y al cabo, una bata lidia con lo que se haya de presentar y cumple sus funciones sin atisbos de desmayo, especialmente en invierno. Ahora bien: una bata no es un abrigo, eso está claro y, como el temporal arrecia y en los noticieros los especialistas en asuntos de la climatología ofrecen detalles de la nieve y el frío —verbigracia, lo que suele ocurrir en invierno—, cabe examinar la historia porque conozco detalles que me remiten a glaciaciones en el pasado.
Es decir: hoy es un día molesto, al que no se puede perder de vista porque los árboles pueden quebrarse y los elementos exteriores de los edificios y las instalaciones urbanas pueden desprenderse con grave riesgo para las personas; pero heladas de verdad se han vivido en otros instantes y latitudes. Por ello elijo como primera y única estación de estudio un artículo publicado en la web “Wenyuan Clothing” titulado “La evolución de los abrigos: un viaje de moda y funcionalidad a través de la historia”. Justo al comenzar, en el segundo párrafo, proponen:
«Mucho antes de que existiera el concepto de moda, los primeros humanos usaban pieles y cueros de animales para protegerse de las inclemencias del tiempo. La evidencia arqueológica sugiere que los neandertales usaban capas de pieles para sobrevivir a los gélidos inviernos europeos. Estas prendas primitivas fueron la forma más temprana de lo que hoy conocemos como abrigos: sencillos, funcionales y esenciales. A medida que las civilizaciones se desarrollaron, también lo hicieron los materiales y métodos de confección de abrigos, y la lana, el lino y, posteriormente, la seda se convirtieron en tejidos comunes en el antiguo Egipto, Mesopotamia y China.»
No me hubiera atrevido a señalar épocas ni civilizaciones, pero no hablamos de cualquier cosa. Por ejemplo, en la Edad Media hubo prendas, cotas de malla, concretamente, usadas por los caballeros debajo de las túnicas, que, con el tiempo, se transformaron en abrigos largos y ajustados que llevaban símbolos heráldicos como adorno. Por supuesto, se empleaban materiales preciosos como el terciopelo, la seda o telas nobles forradas de piel, emblema de la riqueza y el poder de sus dueños, atributo y posición social vedados a las clases más humildes.
Mucho más tarde, con la revolución industrial, la llegada de la maquinaria textil, la lana y el algodón se volvieron más accesibles y comenzó a hablarse de producción en masa. Un periodo en el que se alentaron estilos icónicos como el abrigo largo, el chaquetón y el sobretodo: prendas prácticas y elegantes, diseñadas para uso militar y para desplazamientos urbanos.
Y en la actualidad la moda contempla otros asuntos y proposiciones no menos interesantes desde el punto de vista de la evolución de las sociedades. Cabe que omita pormenorizaciones porque es un asunto que da para mucho y este es un simple comentario. Sin embargo, antes de concluir, un par de referencias literarias originadas en el acervo popular. Un refrán:
«En invierno no hay tal amigo como una capa de buen abrigo.»
Que aparece en el libro *Los Refranes del Tiempo de Navarra*, del autor Javier María Pejenaute Goñi. Y ese otro que conoce todo el mundo:
«Hasta el cuarenta de mayo no te quites el sayo.»
Por lo que pudiera ocurrir, digo yo, de mi cosecha.
Me destoso.
https://wenyuan-clothing.com/en/articles/10460?utm_source=chatgpt.com
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona GEMINI




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