LA VIDA SIGUE IGUAL
Buenas noches nocturnas… Es día uno de enero: vaya novedad.
Como en uno de esos vídeos que se colocan en redes sociales, sin principio ni fin, puesto que todo se repite, cuando concluyen las imágenes armadas para comunicar lo que sea, se disparan automáticamente las primeras que se vieron, continuamos. Nada se interrumpe. La diferencia tiene que ver con la probabilidad de que algunas cosas de las que hagamos o experimentemos resulten, en verdad, distintas. Desde luego, no va a ocurrir con todo. Pero los cambios existen; se certifican porque se pueden medir. Aunque sean minúsculos, imperceptibles para nuestros sentidos, salvo en el caso de que contemos con ayuda. Si digo que es uno de enero, es porque la fecha que lo precede es, siempre, treinta y uno de diciembre. Cierto que no anotaremos los acontecimientos que ya suceden conforme a un orden sucesivo: a dos mil veinticinco le sucede dos mil veintiséis. Mas, por muchos festejos y rituales que pongamos de por medio, como dijo el clásico, “la vida sigue igual”. Igual.
Aludir a un estreno, en estos casos, es el ejemplo claro de exagerar con el único fin de proporcionarnos una excusa. Son razones de organización propia, de condiciones colectivas que ayudan a disponer de referencias de catalogación naturalmente admitidas en la actualidad. Y, en ese afán de proseguir, mediante la justificación de estar a punto de comenzarlo todo, hacemos lo que venimos haciendo desde tiempo atrás. En el caso de este escribidor, por ejemplo, salir a caminar. La mayoría de las veces, en sintonía con la puesta en marcha de mi organismo, a fin de emprender un itinerario ocioso para activar funciones locomotoras que nunca deben estar en barbecho. Hay ocasiones en las que predomina la necesidad de desplazarse por la conveniencia de resolver cualquier recado. Y, si hay que hacerlo, se hace. No obstante, todo este empeño, siempre, como cuando se redacta a mano: despacito y con buena letra. Que uno ya no tiene edad para ser opositor a figurar en el libro ese de las proezas.
Además, hoy, como postre de lo anticipado el veinticinco de diciembre, las tareas para atender las eventualidades de almacén o de servicios que suelen surgir no son posibles. O tal vez sí. Digo que los comercios están cerrados y las oficinas, así que solo cabe salir a la calle conforme a los modos del paseante sin matices. Luego, ya casi de regreso, me he dado cuenta de que estaban abiertas casas de alimentación, cafeterías y otros sitios parejos. Así pues, algunos habrán recorrido un trayecto solos, como servidor, manteniendo el diálogo que cada uno sostiene consigo mismo; y quienes son incapaces de permanecer quietos o activos sin compañía, ya puestos sobre ese peligroso territorio reservado a los peatones, que no respetan ni ciclistas ni usuarios de vehículos de desplazamiento personal, a los que llamamos aceras, habrán tenido un problema —otro— serio. Porque, sin entrenamiento, toda vez que la conversación ha de desarrollarse durante, quién sabe, cuarenta y cinco minutos, una hora, más tal vez, faltarán las palabras o, mejor, las ideas.
Durante los días comunes, mientras las calles bullen de gente y de automóviles, con miles de estímulos de por medio, todo se fragmenta, se comprime, se vuelve errático y no importa ir del pescado a la máquina de coser. Entonces, ¿qué le diría yo a la persona que me acompañara durante un paseo en la mañana de este día primero del año, cuando los fenómenos atmosféricos no son rigurosos en lo tocante a esta zona? Pues lo que estuve pensando antes de redactar todo lo que acaban de leer: “En aras de la continuidad, cosa que me interesa porque las manecillas del reloj ni se abrazan, ni se besan, ni se apuñalan, ni se traicionan y, en función de ser los objetos que miden el tiempo que son, están enseñándonos que lo que es, era. Y que no hay necesidad de pararse para tomar carrerilla y saltar al otro lado superando un abismo. Podrían inventarse nuevos nombres para los meses. Por ejemplo, llegados al mes de diciembre de este año, dos mil veintiséis, que lo sucediera, en verdad, un mes nuevo. Un mes cuyo nombre ahora desconozco. De esta manera, esas ansias de estrenar que tenemos estarían mejor representadas. Y, con igual fortuna, el resto de los meses del año. Y luego otra tanda de doce más, y doce más, y doce más…”.
Ahora, ¿qué opinan?
Mientras me responden, voy a cerrar el chiringuito.
Me destoso.
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona GEMINI




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