RITOS Y RITUAL
Buenas noches nocturnas… Suele preocuparme el inicio de cualquiera de estos comunicados. A veces, lo que se dice en la primera frase supone un muy bien calculado punto de partida. Otras veces, no solo no es así, sino que no hay otra salvo apañarse con recursos utilizados anteriormente. Por eso, porque espero algo del rito y del ritual —volveré luego sobre estos conceptos—, invoco a José Antonio Ramos Sucre, poeta, ensayista, educador, autodidacta y diplomático venezolano, nacido en Cumaná el 9 de junio de 1890 y muerto en Suiza el 13 de junio de 1930:
"Me habían traído hasta allí con los ojos vendados. Llamas sinuosas corrían sobre el piso del santuario en ciertos momentos de la noche sepulcral, subían las columnas y embellecían la flor exquisita del acanto.
Las cariátides de rostro sereno sostenían en la mano balanzas emblemáticas y lámparas extintas.
Me propongo dedicar un recuerdo a mi compañero de aquellos días de soledad. Era amable y prudente y juntaba los dones más estimados de la naturaleza. Aplazaba constantemente la respuesta de mis preguntas ansiosas. Yo le llevaba unos años.
Él murió a manos de una turba delirante, enemiga de su piedad. Me había dejado en la ignorancia de su origen y de sus servicios.
Yo estuve cerca de abandonarme a la desesperación. Recuperé el sosiego invocando su nombre, durante una semana, a la orilla del mar y en presencia del sol agónico.
Yo retenía un puñado de sus cenizas en la mano izquierda y lo llamaba tres veces consecutivas”.
La repetición de las formas, la costumbre, la insistencia; en este caso, para trascender, para emocionarse. Mas, en ocasiones, eso que hacemos para expresar lo que nos ocurre, lo que sentimos, funciona de modo similar: busca darnos sosiego, control, distracción, simple fortaleza. Por eso me remito, en primer término, a una ceremonia que confesó la periodista Lorena G. Maldonado durante su conversación con Javier Aznar en el pódcast “Hotel Jorge Juan”.
A esta andaluza de origen, le gusta meterse en la cama con los calcetines puestos, a conciencia, solo para retirarlos, ya arropada, con los pies mismos y sentir, después, el roce de las sábanas con esa parte de sus extremidades desnuda. Sostiene que se siente muy bien haciendo este tipo de maniobras. Una clase de confort y de placer asumible.
Una vez supe esto, me hice la pregunta: ¿Y tú? Y yo, nada. Es verdad que suelo abordar todo lo que hago con cierto orden, con el orden que yo considero como tal, pero eso no es una garantía por sí mismo. Ni siquiera como ejemplo al que remitirse. No tengo el gusto por hacer algo antes o después de lo que quiera que sea la tarea principal que me haya propuesto. Por eso me resulta sugerente, por curiosidad, lo que hacen otros en este sentido.
Y conozco alguno de esos casos. Cito, a continuación, un ramillete de supuestos:
De acuerdo con lo que me han dicho —si no es verdad lo que sigue, se elaboró con poso de certeza—, Borges disfrutaba con el hecho de pasar la mano por los lomos y las páginas antes de leer, incluso después de perder la vista, como un placer táctil independientemente del contenido. Agatha Christie era partidaria, como yo por cierto, de lavar los platos a mano. Ella lo hacía por el hábito de pensar y adquirir ideas mediante ese gesto repetitivo, que encontraba muy agradable por el agua caliente y la textura de la loza; y servidor porque lo fregado ha de encajar en un recipiente de plástico en el que se secan las distintas piezas, lo que da lugar a arquitecturas domésticas que, una vez conseguidas, me resultan estimulantes.
Joan Didion, otra escritora, consideraba que hacer la cama con cuidado, lenta y concienzudamente, suponía para ella una forma de marcar territorio y orden interno, atendiendo a la textura de las sábanas y al gesto repetido.
Por último, de los de mi lista, un escritor: Kazuo Ishiguro, británico de origen japonés, Premio Nobel de Literatura 2017. Comentó que le gusta desplazarse por su casa con poca o ninguna luz, guiándose por la memoria corporal del espacio.
Como se ve, cada uno tiene lo suyo y, quienes conocen lo que se hace, lo admiten o se dispersan, se van, se desvanecen. O se buscan un lugar desde el que hacer la contraoferta de sus demandas. Es el caso de este poema de Pablo García Casado, que se llama “Ritos”:
los recuerdos son facturas a tu nombre
sé que el adiós tiene su rito y el tuyo
es dejarme vacía la despensa de los sueños
a veces me pregunto qué hicimos mal
te mandaré flores cada otoño puedes venir
por las facturas al menos las de la luz
estoy a oscuras por culpa de tus ritos
No hay más que decir, señoría. Esto lo acuña el autor del comunicado; no es parte del poema. Para suspender el contacto por hoy. Mañana: viernes.
Me destoso.
https://www.poesi.as/jrs29a002.htm
https://mavazquez.wordpress.com/2015/08/17/ritos/
La imagen se obtuvo mediante los servicios que proporciona COPILOT.




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