UNA DUALIDAD POSIBLE


Buenas noches nocturnas… Virtud y vicio, claro y oscuro o antes y después. Son antónimos. Palabras que, respecto de otras, expresan una idea opuesta o contraria. Es el significado de ese adjetivo, de acuerdo con lo que figura en el diccionario, en expresión que prescinde del orden y, sin embargo, procura decir lo mismo.


Para hablar, existe callar; para leer, solo no hacerlo. Para proseguir, detenerse; aunque ahora no sea el caso. Al fin y al cabo, acabamos de comenzar. Y, aunque es cierto, he de decir que lo que tenga que ser no va a demorarse mucho. Porque estas frases anteriores son frases hechas. Parecidas a algunas de las que siguen.


He aquí, por ejemplo, un refrán que hace alusión a los refranes: “A buen entendedor, pocas palabras bastan”. Y, ahora, otro que podría estar diciendo algo contrario: “No hay peor sordo que el que no quiere oír”. Si estamos de acuerdo, podría explorarse la posibilidad de encontrar más refranes antónimos o contrarrefranes. Valga esta pareja: “En la mucha necesidad, se conoce al amigo de verdad” / “No hay amigo ni hermano, si no hay dinero en la mano”. Pero que no se quede sola: “La cara es el espejo del alma” / “Las apariencias engañan”. Y, como no hay dos sin tres, “El que la sigue la consigue” / “Tanto va el cántaro a la fuente que al final se rompe”.


Del mismo modo, estuve pensando en personas que sean antónimas de otros de sus iguales. Para resolver rápidamente esta cuestión, que hoy ya es tarde, he consultado con los expertos más veloces que se hayan conocido. A juicio de ellos, lo que viene a continuación no es mera enumeración, sino torneo. Por un lado, aparecen en esta escena de escritura sabatina, en primer lugar, Leonardo da Vinci contra Marcel Duchamp; en segundo lugar, Nikola Tesla contra Henry Ford; en tercer lugar, Frida Kahlo contra Andy Warhol; en cuarto lugar —vamos por la mitad—, William Shakespeare contra Samuel Beckett; en quinto lugar, Albert Einstein contra Stephen Hawking; en sexto lugar, Carl Jung contra Sigmund Freud; en séptimo lugar, Marie Curie contra Rosalind Franklin; y, en octavo lugar, Pablo Picasso contra Mark Rothko.


De estos duelos, en un principio, resultaron vencedores: da Vinci, por la síntesis de arte y ciencia a la que se puede apelar considerando su talento de creador constructivo, superando a Duchamp, más inclinado a destruir como provocación. Tesla, autor imprevisible y brillante; frente a Ford, útil, pero no más allá de lo que se pudiera esperar. Kahlo, mejor que Warhol, por la pasión y el dolor auténtico frente a la frialdad pop. Shakespeare, con más amplitud de registros, humanidad y emoción que Beckett. Einstein, como fundador de una nueva visión de la realidad. Jung, representante de una mayor amplitud simbólica, profundidad espiritual y apertura. Curie, a consecuencia del impacto inmediato de sus hallazgos y doble Nobel: una pionera irrebatible. Y, por último, en esta primera ronda, Picasso vencedor: más influyente, más plural, más revolucionario.


En la siguiente ronda, Leonardo, Shakespeare, Einstein y Picasso se imponen a Tesla, Kahlo, Jung y Curie. Ya en semifinales, Leonardo da Vinci se impone a William Shakespeare, y Albert Einstein triunfa sobre Pablo Picasso. Por lo tanto, la final, fruto del cotejo de las intelectualidades y de los pros y contras de cada una de estas eminencias —siempre conforme a la idea de los expertos consultados—, tuvo de un lado a Albert Einstein y, del otro, a Leonardo da Vinci.


Entonces, porque a pesar de las galas indiscutibles de Einstein, de su genialidad y de ocupar un lugar entre los grandes, entre otras cosas por simbolizar la revolución moderna, Leonardo —científico, inventor, artista, anatomista, visionario— es una figura que anticipa muchas de las categorías que Einstein consolidará siglos después. Es el símbolo del saber sin fronteras.


Temo que, de haber preguntado a personas que participan igual en una encuesta de jabones que responden a trivialidades expuestas por un reportero de televisión en un mercadillo, la opinión sería otra. Probablemente influida por emociones, ideologías actuales, notoriedad mediática y otros atributos de la comunicación y los intereses más cercanos a la pachanga. Porque no todos somos iguales. De hecho, muchas veces, somos contrarios: el puntual se corresponde con el que se retrasa siempre; la cauta contrasta con la impulsiva; y la que solo sabe decir “sí” contrasta con el que acuña, por costumbre, un rotundo “no”. Así es la vida.


Me destoso.



https://medymel.blogspot.com/2025/04/refranes-y-contrarrefranes.html



La imagen se obtuvo gracias a los servicios que proporciona ChatGPT





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